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“¿Cómo amar al Amor viviendo solo para mí misma?” Testimonio de una joven misión

Escrito por Invitado

22 de febrero de 2018, frente a la casa de Puntos Corazón en Ecuador cuando me iba a regresar.

Por: Laura Gutiérrez, joven universitaria.

Esta es una historia de amor, de uno de los mayores encuentros con el Amor que he tenido en mi vida. Se había aparecido ya en una canción, “Alma misionera”, que a veces cantaban en la iglesia. Me gustaba mucho. De algún modo, me parecía que yo quería que mi vida fuera como esa canción. Aunque apenas era una niña, así que no creo que llegara a entender bien lo que significaba.

¿Quién soy yo? Mi nombre es Laura Gutiérrez, estoy a punto de terminar la carrera de Estudios Literarios en la Universidad Javeriana, tengo 20 años. Crecí en una familia católica y, para complementar la crianza de mis padres, Dios me ha ido llevando por esos caminos que solo Él conoce. Desde niña me dio por rezar el Rosario. Conforme fui creciendo, mi relación con Dios lo hizo también. Cuando estuve lista, me llamó a servirlo en un apostolado provida llamado Camp for Life. También con eso Él me iba formando y dando herramientas para lo que se venía. Hoy puedo mirar atrás y darme cuenta de lo mucho que he crecido por medio de este camino.

Cuando se fue acercando el momento de mi graduación universitaria empecé a preguntarme qué haría después. El panorama que me ofrecía la vida laboral no me llamaba la atención, no llenaba mis expectativas. ¿Cómo amar al Amor viviendo solo para mí misma? En cambio, la idea de la misión se fue haciendo cada vez más fuerte. Y llegó el momento en el que decidí vivir la canción que me gustaba desde niña: decidí salir de misión por un año.

Más que una casa, son un corazón abierto para derramar consuelo y compasión.
Di muchas vueltas tratando de hallar una comunidad con la que pudiera hacerlo, pero Él ya sabía desde el principio a donde quería llevarme. En febrero de este año, por fin, me encontré con el hogar del Amor.

“Maestro, ¿dónde vives?”, preguntan dos discípulos, y Jesús les contesta: “Vengan y lo verán”. También yo pude ir por siete días a Su casa en Guayaquil, Ecuador: una casa donde vive siempre presente en el Santísimo Sacramento y en el amor de los misioneros.

Esta casa hace parte de una asociación católica llamada Puntos Corazón que invita a jóvenes de toda procedencia a vivir uno o dos años de entrega a los pobres. Tienen otras casas en barrios marginales de diferentes países, en cada una viven cuatro o cinco misioneros y, más que una casa, son un corazón abierto para derramar consuelo y compasión.

El día a día parece sencillo. Los misioneros se ocupan de las labores del hogar, el aseo, la cocina; también tienen una vida de oración intensa, una hora de adoración al Santísimo cada día, liturgia de las horas y, en la tarde, después del rosario con los niños, salen a visitar a los vecinos del barrio, o reciben a los niños en la casa para jugar con ellos.

En realidad, es una vida exigente y, al mismo tiempo, profundamente bella. Los misioneros de Puntos Corazón buscan ser amigos de los vecinos del barrio. Por eso, en ocasiones, las visitas se tratan de sentarse a charlar con una señora, escuchar de su vida, reír un rato. Pero no dudan en ir al encuentro del sufrimiento. Cuántas veces nos encontramos con una familia que sufría por su abuela hospitalizada de gravedad, con un anciano solitario, con una señora enferma. Y los niños, cuántos niños que no reciben cariño ni atención en sus casas, o que viven rodeados de violencia, o que no tienen un buen ejemplo a seguir.

Ante todo este dolor, Puntos Corazón hace como María al pie de la cruz. Ella no puede quitarle el sufrimiento a su Hijo, pero lo acompaña y lo consuela. Estar al lado de esas personas que sufren es una oportunidad para consolarlos, para recordarles que Dios los ama.

En realidad, es una vida exigente y, al mismo tiempo, profundamente bella. Los misioneros de Puntos Corazón buscan ser amigos de los vecinos del barrio.
Los misioneros están siempre disponibles para ayudar a los amigos en lo que puedan: los vi salir a donar sangre para una amiga enferma, los vi enseñar matemáticas a una niña, los vi celebrar tres cumpleaños diferentes en un día. Los amigos, por su parte, aman a los misioneros. Sin importar que sus casas fueran pobres o que no tuvieran mucho, sus brazos estaban siempre abiertos para abrazarlos y, entre lo poco que tenían, encontraban algo que brindarles.

Esta comunidad es mucho más grande de lo que parece: detrás de cada misionero está un grupo de personas que hace posible su presencia allí. Estos son los padrinos espirituales, que se comprometen con un misionero a orar cada día por él; y los padrinos económicos, que colaboran para su manutención. Cada dos meses, los misioneros les envían cartas, y oran por ellos cada día. Aunque no puedan ir personalmente, los padrinos son personas que participan plenamente de la misión: los misioneros son sus manos.

Después de esta pequeña visita a Jesús en su casa, no podría estar más feliz de que el Señor haya querido llamarme a mí a servirlo así. Ninguna otra posibilidad podría hacerme tan feliz. Hace poco me han dicho cuál es el país a donde voy a ir al encuentro de Jesús: Honduras. Serán catorce meses junto a Él. Espero con ansias a que llegue mi momento de ir a vivir en su casa, de continuar nuestra historia de amor.

Si te sientes llamado a ser misionero o si quieres hacer parte de la misión como padrino espiritual o económico puedes comunicarte conmigo al correo wadinowi@gmail.com o al teléfono 3142808597.