Fe

El plan que revela la Navidad

Escrito por Redacción R+F

El nacimiento del Niño Jesús en Belén hace comprensible el drama de la vida humana.

En uno de los prefacios de Adviento, leemos la siguiente oración: “Él vino por primera vez en la humildad de nuestra carne, para realizar el plan de redención trazado desde antiguo, y nos abrió el camino de la salvación”. Un plan puede incluir, pero convertirse totalmente, en azar. Necesariamente debe haber alguien que hace el plan. Un camino de salvación se abrió para nosotros a través de este plan.

El concepto de plan encaja perfectamente. Requiere inteligencia y una trayectoria. Lo que ocurrió en la primera Navidad no que un mito. Formó parte de una historia más larga de lo cual el nacimiento en Belén era su característica central. Una vez que ocurrió este nacimiento, por ser quién era el que nació, nada siguió igual.

Los cristianos no creemos en algo que nunca sucedió. La evidencia a favor y en contra del nacimiento de Cristo ha sido estudiada como ningún otro acontecimiento en la historia de la humanidad. Muchos parecen desesperados por demostrar que es falsa, como si el que fuera verdad les afectara directamente y, claro que lo haría.

Si este plan no existe, no tiene por qué preocuparnos. Si no pudiera encontrarse ninguna evidencia convincente y sólida sobre su autenticidad, ningún cristiano insistiría en tomarlo seriamente.

Si no existieran pruebas, la Navidad no pasaría de ser un sentimiento piadoso. Sin embargo, dice tratarse del nacimiento real de un niño humano que al mismo tiempo era  divino. Así que lo primero que debe tener en cuenta sobre la Navidad es la afirmación de que sucedió de una forma muy parecida a como los Evangelios lo relatan.

Por supuesto que deberíamos estar molestos si los Evangelios no dijeran la verdad. En ese caso, no sería más que cualquier otra leyenda que nunca ocurrió.

Sin embargo, deberíamos molestarnos aún más si estos hechos ocurrieron tal como se narran y no pudiéramos reconocer que son verdad. En ese caso, si nos negamos a aceptar su autenticidad, necesitamos inventar contra-narrativa para explicar de qué manera esos hechos no pudieron haber sucedido.

En otra oración tradicional de Navidad leemos que, en Belén  “nuestro Dios se hizo visible“, y a través de El no enamoramos del “Dios que no podemos ver”. Así que de entrada tenemos a dos “dioses”, uno que vemos y otro que no vemos. Así que una parte de este plan es enseñarnos acerca de Dios. Dios es en realidad uno, pero dentro de su mismo ser, tenemos diferentes personas El “Dios hecho visible”, la Palabra, es una de estas personas. Más tarde en su vida, ese “Dios hecho visible” como un ser humano, se refiere al “Dios que no podemos ver”, como su Padre.
Y cuando venga a morir en la Cruz, este “Dios hecho visible” nos dice que él enviará su Espíritu, como es llamado, y no es ni el Padre ni el Hijo. De modo que el sólo hecho de que podamos reconocer a estas personas distintas, nos muestra que el plan ha funcionado, y es el que conozcamos algo de la vida íntima de Dios en la medida que conocemos quién es el Hijo.

¿Cuál es el plan de la historia de la Navidad?

El plan es más o menos así. El mundo tuvo un principio (algo en lo que la ciencia parece coincidir), pero sin embargo Dios no tuvo un principio. Así que en un principio existía Dios, pero no el mundo. La vida trinitaria dentro de la Divinidad era completa y suficiente para sí misma.

El mundo no era “necesario” para resolver un tema de soledad o de necesitar algo que hacer. Si Dios no hubiera decidido no crear ni el cosmos ni al hombre, a Dios no le habría hecho falta nada.

De modo que la existencia de algo distinto de Dios sólo puede explicarse en la abundancia y en la libertad de Dios, más no en alguna necesidad que tuviera ese Dios. En otras palabras, ni el mundo, ni el hombre dentro de él, tenían por qué haber existido.

Por lo tanto, el mundo surge de la bondad, no del mal. Esta fuente se expresa en el relato del Génesis, cuando en cada una de las creaturas, así como en la creación como un todo, se juzga que eran buenas. Pero es poco probable que la causa real de la existencia del cosmos físico era que Dios sólo quería estuviera allí para mirarlo. Dentro de ella había una criatura racional cuya mente estaba abierta al universo y era capaz de conocerlo.

El mundo fue creado como un espacio en el que a su vez, l cada una de las criaturas racionales que lo habitaban, pudieran resolver su destino. Cada una de estas personas estaba llamada a participar de la vida íntima de la Trinidad. Esta participación, la razón de su creación, era más de lo le podría corresponder al hombre por naturaleza. El verdadero origen del hombre es sobrenatural, no sólo natural. Este hecho explica mucho de él, en especial sobre su incapacidad para encontrar descanso en algo distinto su destino trinitario, después de la muerte. El verdadero propósito de la creación era que otros seres libres, que no eran dioses en sí mismos, sino seres con mente y voluntad, pudieran aceptar una invitación. Dios no puede obligar a nadie a aceptar la invitación a participar en su vida interior.

Si él lo hiciera, desaparecería la libertad, y en esa medida no podrían existir ni el amor ni la amistad ni la alegría. De modo que este mundo presente está plagado de la contingencia que viene del conocimiento y de la libre voluntad. Es precisamente esa necesidad de aceptar o rechazar el lugar que le corresponde a cada uno en ese plan, lo que convierte a ese plan en un drama.

‘El Dios hecho visible’

Ahora necesitamos considerar el nacimiento de ese Dios que es “visible”. La invitación inicial para participar en ese regalo que se ofreció para vivir la vida eterna, fue rechazada. Y las consecuencias de rechazo tocaría toda vida humana de ahí en adelante. Dios no impidió que las cosas siguieran su curso, sino que respondió, por decirlo de alguna manera, con plan alterno dentro del plan original. Este plan alterno que entró en marcha cuando nuestros primeros padres cayeron, es lo que llamamos la redención. Significa efectivamente que se abrió un camino para lograr el propósito original de la creación.

De esta manera respeta la inteligencia y la libertad de la criatura racional. Sigue siendo libre para aceptar o rechazar la invitación. En efecto, esta libertad, cómo cada quien elige, es la marca principal de cada biografía humana.

La redención por parte del “Dios a quien no vemos” respetó lo que ya se había puesto en la Creación. En ese sentido, Dios se limitó a sí mismo: nadie que real y libremente quisiera aceptar su invitación a la vida eterna, la recibiría en contra de su voluntad. La elección de rechazarla, o lo que es lo mismo, de vivir según la forma como cada uno quiera definir su vida, es lo que llamamos infierno. La idea de un cielo lleno de gente que no quiere estar allí, es obviamente absurda. Lo que recibimos no es más que la consecuencia de nuestra libertad.

La otra cara de esta libertad, es que quienes aceptaran esta invitación deberían hacerlo de acuerdo con la vida del “Dios que se hizo visible”. Y este modelo incluye la Cruz; el sufrimiento hace parte de la redención. No es casualidad que los Evangelios inicien con invitaciones al arrepentimiento.

Si lo analizamos, el arrepentimiento es el reconocimiento de que el plan creador y redentor de Dios es auténtico. El pecado es un rechazo a aceptar algún elemento de este plan, como si pudiéramos inventar algo mejor.

De alguna forma, cientos de años de persecución y de martirio, a partir de la Crucifixión de Jesús, terminan siendo un testimonio de la negativa de muchas personas a aceptar ese plan. Y por eso fuimos advertidos de que eso llegaría a pasar.
Pero queremos enfocarnos principalmente en la Navidad. La Encarnación hace énfasis en la biología humana. La Anunciación, cuando María aceptó ser la madre de Jesús, fue el comienzo necesario de esa vida humana que era Cristo. La Natividad es la primera vez que se hace visible, a sus padres, a unos pastores, un poco más tarde a unos cuantos vecinos, parientes y personas en el templo.

El nacimiento de Cristo no fue un acontecimiento importante para el  mundo. Nadie en Roma o Atenas o incluso Jerusalén sabía que algo importante había sucedido en un pesebre en Belén. Pero así fue. Los testigos eran pocos, pero estaban ahí, y eso es todo lo que necesitamos saber.

Que este niño era también divino lo sabía su madre. Pero en la medida en que su vida siguió adelante y se fue haciendo pública, se convirtió cada vez más en una línea de separación entre quienes pensaban que el Dios invisible no podía habitar entre nosotros y quienes pensaban que sí, porque vieron que el Dios que era visible habitó por un tiempo entre nosotros. En Navidad, este es el hecho que recordamos. Es un hecho que transforma como entendemos el mundo y a nosotros mismos.
Fuente: Mercatornet.com Traducción realizada por R+F de un artículo publicado en ese medio por el padre James V. Schall SJ, jesuita que  durante muchos años fue profesor de ciencias políticas en la Universidad de Georgetow. Es autor de numerosos libros.