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«Puedo soportar el dolor, no que me traten como un trozo de carne»:
Un viaje a los «eutanasiables».
Amanda Achtman, canadiense licenciada en Ciencias Políticas y Estudios Judaicos, ha iniciado el proyecto «Dying to meet you» («Muriéndome por conocerte») para entrevistar a personas amenazadas por el sistema MAiD de suicidio asistido en Canadá.
Según reporta Caterina Giojelli en Tempi, el proyecto de Achtman ofrece un contrapunto humanizador a la visión de la eutanasia como algo «compasivo». Su objetivo es dar sentido al sufrimiento y al tiempo de enfermedad, en lugar de presentar la muerte como un «deber».
Achtman relata casos como el de Tracy Polewczuk, quien padece espina bífida y a la que le han ofrecido la eutanasia en dos hospitales diferentes.
«El dolor da asco. Puedo sobrevivir a esto. Pero no puedo sobrevivir a ser tratada como un trozo de carne», declaró Polewczuk a CTV News.
Ofrecer el protocolo MAiD como «cura» se ha vuelto una práctica en el sistema de salud canadiense. Quienes no pueden costear un tratamiento piden la eutanasia ante la negativa de cobertura. El Estado chantajea a residencias de ancianos para que provean el servicio.
La eutanasia mata a 16.000 personas al año en Canadá. El país se jacta de ser «el matadero mundial» de la eutanasia, promoviéndola entre enfermos terminales, discapacitados, pobres, deprimidos y dementes. Ahora le toca el turno a los drogadictos.
Christine Nagel, nacida en 1935, lleva tatuado «No me eutanasies» luego de haber intentado suicidarse en el pasado.
«Durante la guerra solían imprimir estas tarjetas para ponerlas en la cartera. Decían: ‘Soy católico. En caso de accidente llame a un sacerdote’. Cuando llegué a Canadá me di cuenta de que una cartera podía perderse, así que decidí hacerme un tatuaje», explica.
Según Achtman, la mayor dificultad es que los canadienses deban justificarse y explicar con palabras por qué se oponen a la eutanasia, tan normalizada por el Estado.
Sus historias buscan dar voz a aquellos a los que se les ofrece la muerte en lugar de ser «deseados» en su valor y dignidad. Pretenden promover un verdadero diálogo cultural en un país donde impera una «muerte sin cultura».
Italia debería prestar atención a la parábola de Canadá, donde a la eutanasia le abrió el camino una sentencia de la Corte Suprema. Lo que empezó con «cercos» y garantías en 2016, hoy permite que cualquier ciudadano acceda fácilmente a la inyección letal.
Fuente: «Puedo soportar el dolor, no que me traten como un trozo de carne»: un viaje a los eutanasiables