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En un tranquilo suburbio de Miami, donde las palmeras bordean las calles residenciales de Hialeah, la iglesia católica de San Benito se ha convertido en epicentro de un fenómeno espiritual en crecimiento: la adoración perpetua. Luisa Argüello y su esposo, fieles devotos, dedican las primeras horas de la madrugada a orar frente al Santísimo Sacramento. «El reloj biológico se acostumbra. Sientes que el Señor te abraza y todo cambia«, comparte Argüello, coordinadora de la capilla desde su inauguración en 2019.
Esta práctica, que se extiende por cientos de parroquias estadounidenses, refleja una tendencia ascendente en la devoción católica. Los fieles se turnan las 24 horas del día, los siete días de la semana, para mantener una presencia constante ante la presencia real de Cristo en la Eucaristía.
La capilla de San Benito, con sus 400 adoradores comprometidos, representa un microcosmos de esta renovación espiritual. Alfredo Janson, ingeniero de comunicaciones, dedica una hora diaria antes de su jornada laboral. «Si no le entregas 15 minutos del día en hacer esta Amistad, ¿cómo vamos a pasar una eternidad en el cielo?«, reflexiona, llamando al recinto «la fábrica de milagros«.
El movimiento ha cobrado tal relevancia que el Vaticano celebrará un evento especial del Año Santo denominado «24 horas para el Señor«, promoviendo la adoración continua en iglesias de todo el mundo. El pasado verano, miles de peregrinos atravesaron varios estados estadounidenses para participar en el Congreso Eucarístico Nacional, el primero en más de ocho décadas.
El reverendo Yonhatan Londoño describe la capilla como «un oasis» donde la espiritualidad real y concreta fluye libremente. La práctica, que tiene raíces en la iglesia primitiva, experimentó un florecimiento durante la Edad Media tras la institución de la fiesta de Corpus Christi. Durante la pandemia de COVID-19, la adaptabilidad de esta tradición se manifestó cuando el predecesor de Londoño llevó la custodia por las calles del vecindario en una camioneta, evocando las acciones de san Carlos Borromeo durante la peste del siglo XVI en Milán.
Timothy O’Malley, director académico del Centro de Liturgia de la Universidad de Notre Dame, señala que la práctica atrae especialmente a los jóvenes contemporáneos. «Tienen mucha ansiedad y aquí tienen algo —por supuesto, yo diría una persona— en lo que pueden enfocar toda su atención, que está allí para que estén presentes en silencio, sin tecnología«, explica.
El Santo Padre, Juan Pablo II, en su encíclica de 2003, enfatizó:
«El culto que se da a la Eucaristía fuera de la misa es de un valor inestimable en la vida de la Iglesia… Es hermoso estar con Él (Cristo)… palpar el amor infinito de su corazón«.
En la parroquia de Santo Tomás Apóstol, otro suburbio de Miami, el reverendo Alejandro Rodríguez Artola mantiene la adoración durante 12 horas diarias, permitiendo que familias y estudiantes participen antes o después de sus actividades cotidianas. «Una iglesia pasa la mayor parte de la semana vacía, pero esta no«, afirma.
La experiencia de los adoradores refleja una profunda espiritualidad y encuentro personal con el Señor. Lastenia Vivas, quien cubre el turno de medianoche, resume este sentimiento compartido: «Solo me da por mirarlo. El sí habla conmigo. Muchas veces uno llega cansado, pero la paz que se siente es única«.
Sabemos que es mucho, muchísimo más que un simple descanso y que una paz ocasional. El Señor ha dicho y prometido: “Venid a Mí todos los que estáis cansados y agobiados, y Yo os aliviaré”. “Mi yugo es suave y mi carga ligera”. “Mi Paz os dejo, mi Paz os doy, no como os la da el mundo”.
Fuente: La adoración perpetua, una tendencia creciente entre los católicos – Los Angeles Times