La dulce paradoja de seguir a Cristo

«…había escuchado que Dios de alguna manera, como recompensa a mi fe y a mi devoción, iba a colmar mis deseos humanos, cuando en realidad la invitación de Jesús no era otra que a dejar de lado mi yo, mi deseo, mi anhelo y negarme cada día a eso que formaba entonces el motor de mi existencia, una petición recurrente, obsesiva y constante a la realización de un hecho que dependía, además, de la voluntad de otra persona».