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Alasdair MacIntyre, el influyente filósofo católico que transformó el pensamiento contemporáneo, falleció dejando un legado que trasciende las fronteras entre el marxismo, el liberalismo y el catolicismo. Su muerte coincide con un momento significativo para la Iglesia Católica, cuando la elección de León XIV promete revitalizar la influencia aristotélica en el pensamiento teológico, un campo en el que MacIntyre fue pionero.
Nacido en Glasgow en 1929, MacIntyre emergió como una figura intelectual que desafió las corrientes dominantes del pensamiento político y filosófico del siglo XX. Su trayectoria académica, que incluyó posiciones destacadas en las universidades de Notre Dame y Duke, refleja una evolución intelectual extraordinaria: desde sus inicios como marxista convencido hasta convertirse en uno de los más prominentes defensores del tomismo católico.
La publicación de «Tras la virtud» en 1981 marcó un punto de inflexión en la filosofía política contemporánea. Esta obra magistral coincidió con el resurgimiento del interés por Aristóteles, ejemplificado también por el trabajo de Pierre Aubenque en 1977 con «El problema del ser en Aristóteles«. MacIntyre se distinguió por aplicar el concepto aristotélico de «areté» (virtud) para diagnosticar lo que él percibía como una crisis fundamental en la filosofía política y ética moderna.
Durante los años 70, mientras el marxismo perdía su hegemonía intelectual ante el avance del liberalismo representado por figuras como Rawls, Nozick y Hayek, MacIntyre desarrollaba una tercera vía. Su transición del marxismo al catolicismo no fue meramente una conversión religiosa, sino una profunda transformación intelectual que lo llevó a encontrar en Santo Tomás de Aquino una síntesis entre el pensamiento aristotélico y la teología cristiana.
«Sin un propósito común, las comunidades humanas se desintegran en meros contratos de conveniencia«, declaró MacIntyre en una memorable clase en Notre Dame, sosteniendo un ejemplar de la Suma teológica. Esta observación captura la esencia de su crítica al liberalismo contemporáneo, especialmente en su variante estadounidense, que él consideraba reducida a un «libertarismo» vacío de contenido ético.
Su crítica al individualismo moderno se cristalizó en una visión que entendía la justicia no como un mero acuerdo entre individuos autointeresados, sino como una práctica arraigada en la tradición. Como él mismo afirmó: «No podemos saber quiénes somos sin saber a qué historia pertenecemos«, una frase que resume su comprensión de la vida humana como un proyecto narrativo orientado hacia el bien común.
El legado de MacIntyre trasciende las fronteras académicas, influyendo en el pensamiento católico contemporáneo y en las discusiones sobre ética comunitaria. Su comunitarismo ha encontrado resonancia no solo en el Vaticano, sino también en diversos contextos culturales, desde Teherán hasta Johannesburgo, aunque esto ha generado debates sobre la universalidad de los valores tradicionales frente a los principios liberales de autonomía intelectual.
Una anécdota peculiar en su biografía involucra a Yoko Ono, a quien prestó una escalera, lo que indirectamente lo conectó con John Lennon y, según algunos, contribuyó a la disolución de los Beatles, un acontecimiento que algunos ven como simbólico de su crítica a la cultura liberal moderna.
MacIntyre nos deja un desafío intelectual: reconciliar la búsqueda de la virtud con las realidades de la sociedad contemporánea, recordándonos que la verdadera libertad requiere un propósito más allá del mero capricho individual. Su obra continúa inspirando debates sobre la naturaleza de la comunidad, la virtud y el significado de la vida buena en un mundo cada vez más fragmentado.