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Análisis Fe

¿Qué hay de la vida monástica fuera de La Iglesia?

Monacato
Escrito por Padre Henry Vargas

¿Hay elementos de Gracia y de Santidad fuera de la Iglesia? ¿Qué enseña ésta al respecto, particularmente a partir del Concilio Vaticano II?

La vida monástica o el monacato, del término griego ‘monacos’ (persona que vive sola), es la vivencia de un estilo de vida asumido dentro de un contexto religioso y, casi siempre, sujeto a determinadas reglas.

Y al miembro de una comunidad que vive una vida monástica se le denomina monje o monja. Algunos monjes o monjas viven como ermitaños(as) y otros en comunidad, dentro de un monasterio.

Los monjes se rigen por ciertas reglas propias de la orden religiosa a la que pertenecen, y llevan una vida de contemplación.

El fenómeno monástico, aunque haya encontrado en el cristianismo la forma más perfecta de ascesis, de mística y de organización, no es una realidad exclusivamente cristiana o eclesial. El monacato ya existía antes de Cristo en algunas realidades religiosas, y ha continuado a existir aun después de Él igualmente fuera del contexto eclesial.

La razón del surgimiento del fenómeno monástico o de su existir se descubre por el mero hecho de que existe el sentimiento religioso en el ser humano.

Cada concepción religiosa se basa, por definición, en la relación de dependencia que tiene el ser humano de Dios, aunque pueda ser una relación errónea y pueda que también haya una idea equivocada de Dios.

El ser humano –religioso por antonomasia–, tiende a depender de Dios y busca regular la propia vida en función de tal dependencia. Por esto le reza a Dios: porque, siendo débil o frágil, siente la necesidad de su ayuda, de su guía y le ofrece sacrificios para expiar las propias culpas.

Cuanto más el ser humano sienta una imperiosa dependencia de Dios, tanto más es llevado a hacer de Él el centro de la propia vida y de la propia cotidianidad; esta relación tiende a asignarle a Dios una prevalencia exclusiva por encima de otros intereses, circunstancia que lleva a la persona a apartarse del mundo para dedicarse sólo a las cosas de Dios.

Y para no distraerse de este propósito, se aleja de manera consciente, radical y voluntaria de los encantos terrenales (renuncia al manejo del dinero y a la familia, etc…).

Es aquí donde surge el fenómeno del monacato. El monacato es por esto una manifestación del sentimiento religioso, y puede encontrarse por tanto en varias concepciones religiosas o, lo que es lo mismo, en varias religiones (cristianismo, hinduismo, budismo, taoísmo, sintoísmo, etc…).

Fuera del cristianismo, o del ámbito eclesial, en virtud de la sensibilidad religiosa del pueblo hindú, han adquirido una cierta notoriedad los monjes budistas.

¿Qué busca el budismo? “En el Budismo, según sus varias formas, se reconoce la insuficiencia radical de este mundo mudable y se enseña el camino por el que los hombres, con espíritu devoto y confiado pueden adquirir el estado de perfecta liberación o la suprema iluminación, por sus propios esfuerzos apoyados con el auxilio superior” (Nostra Aetate, 2).

Pero aquí habría que formularnos una pregunta. ¿Todos los estilos de vida monástica fuera de la Iglesia están también fuera de la vida de gracia, de la vida sobrenatural?

A la anterior pregunta, habría que responder diciendo que las personas que perseveran en la vida monástica fuera de la Iglesia no están privadas de la gracia.

¿Por qué? Porque la gracia no está limitada o circundada exclusivamente al interior de los confines visibles de la Iglesia sino que los sobrepasa para ir al encuentro de todas las personas de buena voluntad que viven según los principios de la ley natural, obviamente respetándolos, en cualquier parte del mundo indiferentemente de la concepción religiosa donde se encuentren.

La Iglesia y los sacramentos son solamente el medio ordinario de la distribución de la gracia sobrenatural, no el medio único y exclusivo; de lo contrario Dios sería injusto y parcial.

Dios salva a todo aquel que lo busque “con la ayuda de la gracia” (Lumen Gentium, 16; catecismo, 847). Esto es una prueba de la universalidad de la gracia.

“Ante todo debe ser firmemente creído que la ‘Iglesia peregrinante es necesaria para la salvación, pues Cristo es el único Mediador y el camino de salvación presente a nosotros en su Cuerpo, que es la Iglesia’.

Esta doctrina no se contrapone a la voluntad salvífica universal de Dios; por tanto, ‘es necesario mantener unidas estas dos verdades, o sea, la posibilidad real de la salvación en Cristo para todos los hombres y la necesidad de la Iglesia en orden a esta misma salvación’…

La Iglesia es ‘sacramento universal de salvación’ porque, siempre unida de modo misterioso y subordinada a Jesucristo el Salvador, su Cabeza, en el diseño de Dios, tiene una relación indispensable con la salvación de cada hombre.

Para aquéllos que no son formal y visiblemente miembros de la Iglesia, ‘la salvación de Cristo es accesible en virtud de la gracia, que, aun teniendo una misteriosa relación con la Iglesia, no les introduce formalmente en ella, sino que los ilumina de manera adecuada en su situación interior y ambiental.

Esta gracia proviene de Cristo; es fruto de su sacrificio y es comunicada por el Espíritu Santo’ ” (Dominus Iesus, 20). “Conseguimos la santidad por la gracia de Dios” (LG 48).

Lumen Gentium 48

Es posible, por tanto, que también en las religiones no cristianas se encuentren personas no solamente honestas, sino también personas en posesión de un cierto grado de perfección alcanzando en algunos casos ciertos niveles ascéticos o místicos  y/o que, incluso, vivan una realidad personal que se pueda asimilar a la santidad cristiana.

Es que fuera de la estructura de la Iglesia se encuentran “muchos elementos de santidad y verdad que, como bienes propios de la Iglesia de Cristo, impelen hacia la unidad católica” (LG, 8).

“La Iglesia católica no rechaza nada de lo que en estas religiones haya de santo y verdadero. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas que, por más que discrepen en mucho de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres” (Nostra Aetate, 2).

Se reconoce, además, que en las diversas religiones no cristianas hay semillas del Verbo (Ad gentes, 11). Por la disposición de Dios hay en las religiones no cristianas cosas buenas y verdaderas (Optatam Totius, 16) y se encuentran elementos de verdad, de gracia y de bien no solamente en los corazones de los hombres, sino también en los ritos y en las costumbres de los pueblos, aunque todo deba ser «sanado, elevado y completado» (Ad Gentes, 9).


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