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Análisis Fe Iglesia

Monseñor Viganò: “Cristo Rey no sólo ha sido destronado de la sociedad, sino también de la Iglesia”

Realeza de Jesucristo
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Escrito por Redacción R+F

«Toda verdad, no importa quién la diga, procede del Espíritu Santo».

Santo Tomás de Aquino

Infortunadamente, no faltan quienes yerran –suponemos que por desconocimiento del Magisterio– diciendo que quienes reproducen los textos y comentarios de Burke, Müller, Schneider y Viganò «son enemigos del Papa».

A estos bien les vienen las palabras de Aristóteles contenidas en la Ética Nicomaquea (1096a11–15): «Amicus Plato sed magis amica veritas», que literalmente traducen: «Amigo soy de Platón, pero más lo soy de la verdad».

En particular, porque no saben lo que se pierden de Verdad, Bondad y Belleza al leer sus textos, por lo demás plenos de la sabiduría de la Iglesia, es decir, de su Doctrina, Enseñanza Perenne y Tradición, a la cual aman.

Y este texto, que con motivo de la Fiesta de la Transfiguración que tuvo lugar por primera vez en un contexto religioso frío y apático ante las Realidades Sagradas, reflexiona sobre la Realeza de Cristo en la Sociedad y en Su Propia Casa, la Iglesia, de la que es hoy El Esposo abandonado –reiteramos, este texto es de un enorme valor y peso teológico–.

Por ello, independientemente de posturas y prejuicios, invitamos a leerlo y a estudiarlo, pues es un documento de una época singular de crisis eclesial –o clerical– en la que nos ha tocado vivir y ser testigos.
Arzobispo Carlo María Viganò
Texto completo de sus comentarios en el encuentro anual de LifeSiteNews

TE ADORET ORBIS SUBDITUS

O ter beata civitas
cui rite Christus imperat,
quae jussa pergit exsequi
edicta mundo caelitus!

Ciudad tres veces dichosa
en que Cristo bien gobierna  impera,
la que obedece gozosa
la ley que del Cielo llega.

Tomó Jesús a Pedro, a Santiago y a Juan, su hermano, a un monte alto. Y se transfiguró ante ellos; brilló su rostro como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías hablando con Él. Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para Ti, otra para Moisés y otra para Elías». Aún estaba él hablando, cuando los cubrió una nube resplandeciente, y salió de la nube una voz que decía: «Éste es mi Hijo amado, en quien tengo mi complacencia; escuchadle». Al oírla, los discípulos cayeron sobre su rostro, sobrecogidos de gran temor. Jesús se acercó, y tocándolos dijo: «Levantaos, no temáis». Alzando ellos los ojos, no vieron a nadie, sino solo a Jesús. Al bajar del monte, les mandó Jesús diciendo: «No deis a conocer a nadie esta visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos» (Mt. 17, 1-9).

Permítanme, queridos amigos, que les transmita algunas reflexiones sobre la realeza de Nuestro Señor Jesucristo, que se manifestaron en la Transfiguración que celebramos hoy, después de otros episodios importantes de la vida terrena del Señor: desde los ángeles que se cernían sobre la cueva de Belén hasta su bautizo en el río Jordán, pasando por la adoración de los Magos.

He escogido este tema porque creo que en cierta forma sintetiza el hilo conductor de nuestro compromiso católico; no sólo en privado y en la vida familiar, sino también y ante todo en la vida social y política.

Para empezar, reavivemos nuestra fe en la realeza universal de nuestro Divino Salvador.

Él es verdaderamente Rey del Universo. Es decir, posee soberanía absoluta sobre toda la creación, toda la especie humana, incluso sobre quienes no pertenecen a su grey, que es la Iglesia Santa, Católica, Apostólica y Romana.

Toda persona es ciertamente una criatura de Dios. Toda persona le debe todo su ser, tanto en el conjunto de su naturaleza como en cada una de las partes que la componen: cuerpo, alma, facultades, inteligencia, voluntad y sentidos. Las acciones de dichas facultades, así como las de todos los órganos corporales, son dones de Dios, cuyo dominio se extiende a todos sus bienes como frutos de su inefable generosidad. La mera consideración de que nadie elige ni puede elegir la familia a la que pertenece en este mundo basta para convencernos de esta verdad fundamental sobre nuestra existencia.

De ello se desprende que Dios Nuestro Señor es el soberano de todos los hombres, tanto individualmente como reunidos en grupos sociales, pues aunque se agrupen en diversas comunidades no por ello pierden su condición de criaturas. Es más, la misma existencia de la sociedad civil obedece a los designios de Dios, que creó al hombre como un ser social por naturaleza. Por ello, todos los pueblos y naciones, desde los más primitivos a los más civilizados, están sujetos a la divina soberanía y tienen de por sí el deber de reconocer este dulce gobierno del Cielo.

LA REALEZA DE JESUCRISTO

Dios ha otorgado esa soberanía a su Hijo Unigénito, como atestiguan con frecuencia las Sagradas Escrituras.

En sentido general, San Pablo afirma que Dios ha constituido a su Hijo «heredero de todo» (Heb. 1,2). Por su parte, San Juan corrobora en muchos pasajes de su Evangelio lo que dice el Apóstol de los Gentiles; por ejemplo, cuando recuerda que «el Padre no juzga a nadie, sino que ha entregado al Hijo todo el poder de juzgar» (Jn.5,22). De hecho, la prerrogativa de administrar justicia corresponde al Rey, y quien la tiene, la tiene porque está investido de poder soberano.

La realeza universal que el Hijo ha heredado del Padre no se debe entender meramente como la herencia eterna mediante la cual, en su naturaleza divina, ha recibido todos los atributos que lo hacen igual y consustancial a la Primera Persona de la Santísima Trinidad en la unidad de la esencia divina.

La realeza también se le atribuye a Jesucristo de un modo especial en tanto que es verdadero hombre, el Mediador entre los Cielos y la Tierra. Es más, la misión del Verbo Encarnado consiste precisamente en establecer el Reino de Dios en la Tierra. Observamos que cuando la Sagrada Escritura habla de la realeza de Jesús se refiere sin asomo de duda a su condición humana.

Él se presenta ante el mundo como el hijo del rey David, en nombre del cual viene a heredar el trono de su Padre, que se extiende hasta los confines de la Tierra y se hace eterno, por los siglos de los siglos. Así fue cuando el arcángel San Gabriel anunció a María la dignidad del Hijo: «Darás a luz a un Hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y llamado Hijo del Altísimo, y le dará el Señor Dios el trono de David su padre, y reinará en la casa de Jacob por los siglos de los siglos, y su reino no tendrá fin» (Lc.1,31-33). No sólo eso; los Magos que vienen de Oriente para adorarlo lo buscan como a Rey: «¿Dónde está el Rey de los judíos que acaba de nacer?» (Mt.2,2) La misión que el Padre Eterno confía al Hijo en el misterio de la Encarnación consiste en fundar el Reino de Dios en la Tierra, el Reino de los Cielos. Al fundar este Reino se concreta la inefable caridad con que Dios ama a todos los hombres desde la eternidad atrayéndolos misericordiosamente a Él: «Dilexi te, ideo attraxite, miserans». «Con amor eterno te amé; por eso te he mantenido favor» (Jer. 31:3).

Jesús consagra su vida pública a proclamar y establecer su Reino, al que unas veces se llama Reino de Dios y otras Reino de los Cielos. Con arreglo a la costumbre oriental, Nuestro Señor expone unas fascinantes parábolas para inculcar el concepto y la naturaleza del Reino que ha venido a instaurar. Sus milagros tienen por objeto convencer de que su Reino ya ha venido; se encuentra en medio de las personas. «Si in digito Dei eiicio daemonia, profecto pérvenit in vos regnum Dei»: «Si expulso a los demonios por el dedo de Dios, sin duda que el Reino de Dios ha llegado a vosotros» (Lc.11,20).

Hasta tal punto ha absorbido la misión de Jesús instaurar este Reino, que sus enemigos aprovecharon la idea para justificar las acusaciones que le hicieron ante el tribunal de Pilatos: «Si sueltas a Ése, no eres amigo del César; todo el que se hace rey va contra el César» (Jn.19,12). Corroborando la opinión de sus enemigos, Jesucristo confirma al gobernador romano que es verdaderamente Rey: «Tú lo dices, soy Rey» (Jn.18,37).

REY EN EL VERDADERO SENTIDO DE LA PALABRA

Es imposible poner en duda el carácter real de la obra de Jesucristo. Es Rey.

Ahora bien, nuestra fe exige que entendamos bien el alcance y sentido de la realeza del Divino Redentor. Pío XI rechaza desde el primer momento el sentido metafórico por el que calificamos de Rey y de real todo lo que hay de excelente en una manera humana de ser o de comportarse. No; Jesucristo no es Rey en sentido metafórico. Es Rey en el sentido propio de la palabra. En las Sagradas Escrituras Jesús aparece ejerciendo las prerrogativas reales de una autoridad soberana, dicta leyes y manda castigos para los transgresores. Se puede decir que en el famoso Sermón de la Montaña promulgó la Ley de su Reino. Como verdadero soberano, exige obediencia a sus leyes so pena de nada menos que la condenación eterna. Y también en la escena del Juicio que anuncia para el fin del mundo cuando el Hijo de Dios venga a juzgar a vivos y muertos: «Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria (…) separará a unos de otros, como el pastor separa a las ovejas de los cabritos (…) Entonces dirá el Rey a los que están a su derecha: “Venid, benditos de mi Padre” (…) Y dirá a los de la izquierda: “Apartaos de Mí, malditos, al fuego eterno (…) E irán al suplicio eterno, y los justos a la vida eterna» (Mt.25,31 ss.).

Considerarlo así basta para comprender lo vital que es identificar claramente dónde está el Reino de Jesucristo en la Tierra, ya que nuestro destino eterno depende de pertenecer o no a su Reino. Decimos aquí en la Tierra porque el hombre se hace en este mundo merecedor de premio o de castigo en la vida eterna. Por tanto, en la Tierra los hombres tienen que entrar en el inefable Reino de Dios e integrarse a él; Reino que es a la vez temporal y eterno, porque se forma en este mundo y alcanza su plenitud en el Cielo.

LA SITUACIÓN ACTUAL

El furor del Enemigo, que detesta al género humano, se desata en primer lugar contra la doctrina de la realeza de Cristo, porque la realeza está unida a la persona de Nuestro Señor, verdadero Dios y verdadero Hombre. El secularismo del siglo XIX, fomentado por la Masonería, ha conseguido reorganizarse con una ideología aún más perversa, pues no sólo ha extendido la negación de los derechos del Redentor a la sociedad civil, sino también al Cuerpo de la Iglesia.

Esta ofensiva se consumó con la renuncia por parte del Papado al concepto mismo de la realeza vicaria del Romano Pontífice, introduciendo con ello en la propia Iglesia las exigencias de la democracia y el parlamentarismo que ya se habían utilizado para socavar las naciones y la autoridad de los gobernantes. El Concilio Vaticano II debilitó en gran medida la monarquía pontificia como consecuencia de haber negado implícitamente la divina realeza del Eterno Sumo Sacerdote. Al hacerlo asestó un golpe maestro a la institución que hasta entonces se había mantenido como muralla defensiva contra la secularización de la sociedad cristiana. La soberanía del Vicario quedó menoscabada, y a ello siguió la paulatina negación de los derechos soberanos de Cristo sobre su Cuerpo Místico. Cuando Pablo VI depositó la tiara, haciendo alarde de ello, como si abdicara de su sagrada monarquía vicaria, despojó también a Nuestro Señor de su corona, reduciendo la realeza de Jesús a un sentido meramente escatológico. Prueba de ello son los significativos cambios introducidos en la liturgia de la festividad de Cristo Rey y el traspaso de ésta al final del año litúrgico.

El objeto de dicha fiesta, la celebración del Reinado Social de Cristo, ilumina también su puesto en el calendario. En la liturgia tradicional tenía señalado el último domingo de octubre, con la que la festividad de Todos los Santos, que reinan por participación, estaba precedida por la fiesta de Cristo, que reina de pleno derecho. Con la reforma litúrgica aprobada por Pablo VI en 1969, la festividad de Cristo Rey se trasladó al último domingo del año litúrgico, borrando con ello la dimensión social del Reinado de Cristo y relegándola a una dimensión puramente espiritual y escatológica.

¿Se dieron cuenta todos los padres conciliares que aprobaron con su voto Dignitatis humanae y proclamaron la libertad de culto de Pablo VI de que en la práctica lo que hicieron fue derrocar a Nuestro Señor Jesucristo despojándolo de su corona y de su reinado en la sociedad? ¿Entendieron que claramente habían destronado a Nuestro Señor Jesucristo de su dominio divino sobre nosotros y sobre el mundo entero? ¿Comprendieron que al hacerse portavoces de naciones apóstatas hicieron subir a su trono estas execrables blasfemias: «No queremos que reine sobre nosotros» (Lc. 19,14) y «no tenemos más rey que al César» (Jn.19, 15)? Pero Él, en vista de la confusa algarabía de aquellos insensatos, apartó su espíritu de ellos.

Quien no esté cegado por prejucios, no puede menos que ver la perversa intención de minimizar la festividad instituida por Pío XI y la doctrina que ésta expresa. Destronar a Cristo, no sólo en la sociedad sino también en la Iglesia, es el mayor crimen con el que se ha podido manchar la jerarquía, incumpliendo su misión de custodia de las enseñanzas del Salvador. Consecuencia inevitable de semejante traición ha sido que la autoridad otorgada por Nuestro Señor al Príncipe de los Apóstoles haya desaparecido sustancialmente. Lo hemos visto confirmado desde la proclamación del Concilio, cuando la autoridad infalible del Romano Pontífice fue deliberadamente excluida en favor de una pastoralidad que ha creado las condiciones para que se hagan formulaciones equívocas gravemente sospechosas de herejía, cuando no descaradamente heréticas. Con lo que no sólo nos vemos acosados en el plano de lo civil, en el que durante siglos las fuerzas de las tinieblas han rechazado el dulce yugo de Cristo e impuesto la odiosa tiranía de la apostasía y el pecado a las naciones, sino también en el ámbito religioso, en el que la Autoridad se derriba a sí misma y niega que el Dios Rey deba reinar también sobre la Iglesia, sus pastores y sus fieles. También en este caso el dulce yugo de Cristo es sustituido por la odiosa tiranía de los novadores, que con su autoritarismo no diferente de sus equivalentes seculares imponen una nueva doctrina, una nueva moral y una nueva liturgia en las que la sola mención de la realeza de Nuestro Señor se considera una molesta herencia de otra religión, de otra Iglesia. Como dijo San Pablo, «Dios les envía un poder engañoso para que crean la mentira» (2 Tes.2,11).

No es sorprendente, pues, que así como en el plano secular los jueces subvierten la justicia condenado a inocentes y absolviendo a culpables, los gobernantes abusan de su poder oprimiendo a los ciudadanos, los médicos incumplen el juramento de Hipócrates haciéndose cómplices de quienes fomentan la propagación de las enfermedades y transforman a los enfermos en pacientes crónicos, y los maestros no enseñan a amar el conocimiento sino a cultivar la ignorancia y manipulan ideológicamente a sus alumnos, también en el corazón de la Esposa de Cristo hay cardenales, obispos y sacerdotes que escandalizan a los fieles con su reprensible conducta moral, difunden herejías desde los púlpitos, promueven la idolatría celebrando a la Pachamama y el culto a la Madre Tierra en nombre de un ecologismo de clara matriz masónica y en total consonancia con el plan disolvente ideado por el mundialismo. «Ésta es vuestra hora, el poder de las tinieblas» (Lc.22,53). Se diría que ha desaparecido el katejón, si no contáramos con las promesas de nuestro Salvador, Señor del mundo, de la historia y de la propia Iglesia.

CONCLUSIÓN

Y sin embargo, mientras ellos destruyen, nosotros tenemos la dicha y el honor de reconstruir. Y hay una dicha todavía mayor: una nueva generación de laicos y sacerdotes participan ardorosamente en esta labor de reconstrucción de la Iglesia para la salvación de las almas. Lo hacen bien conscientes de sus debilidades y miserias, pero también dejando que Dios se sirva de ellos como dóciles instrumentos en sus manos: manos útiles, manos fuertes, las manos del Todopoderoso. Nuestra fragilidad pone de relieve más todavía que se trata de una obra del Señor, y más cuando esa fragilidad humana va acompañada de humildad.

Esa humildad debería llevarnos a instaurare omnia in Christo, empezando por el corazón de la Fe, que es la oración oficial de la Iglesia. Volvamos a la liturgia que reconoce a Nuestro Señor el primado absoluto, al culto que los novatores adulteraron ni más ni menos que por odio a la Divina Majestad a fin de exaltar con soberbia a la criatura humillando al Creador, afirmando su derecho a rebelarse contra el Rey en un delirio de omnipotencia y proclamando su non serviam contra la adoración debida a Nuestro Señor.

Nuestra vida es una guerra: la Sagrada Escritura nos lo recuerda. Pero es una guerra en la que sub Christi Regis vexillis militare gloriamur (Postcomunión de la Misa de Cristoi Rey), y en la que tenemos a nuestra disposición armas espirituales muy potentes y contamos con un despliegue de fuerzas angélicas con las que no puede ninguna fortaleza de la Tierra o del Infierno.

Si Nuestro Señor es Rey por derecho de herencia (por ser de linaje real), por derecho divino (en virtud de la unión hipostática) y por derechos de conquista (al habernos redimido con el Sacrificio de la Cruz), no debemos olvidar que en el plan de la Divina Providencia este Divino Soberano tiene a su lado a Nuestra Señora y Reina, su augusta Madre María Santísima. No puede haber realeza de Cristo sin la dulce y maternal realeza de María, la cual nos recuerda San Luis María Griñón de Monfort que es nuestra Mediadora ante el Trono de la Majestad de su Hijo, ante el que se encuentra como Reina que intercede ante el Rey.

El triunfo del Rey Divino en la sociedad y en las naciones parte de que ya reina en nuestros corazones, almas y familias. Que reine también Cristo en nosotros, y junto con Él su Santísima Madre. Adveniat regnum tuum: adveniat per Mariam.

Marana Tha, Veni Domine Iesu ! ¡Ven, Señor Jesús!

+ Carlo Maria Viganò, arzobispo

—Traducido por Bruno de la Inmaculada/ Fuente: Adelante la Fe.


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