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Análisis Familia Sexualidad

100 días para Enredarte…

100 dias
Escrito por Invitado

Lo que parece simple distracción de televisión se va convirtiendo en una estrategia bien conocida y utilizada por la maquinaria que busca redefinir la familia y, por tanto, la estructura misma de la sociedad. No sólo es “lo fluido” de estas parejas, donde no hay evidencia de cuáles son los valores que los unen, pues todo está basado en lo emocional, sino también en lo que se va evidenciando a través de los diferentes miembros de cada una de estas familias.

100 Días para Enamorarse es una serie que se había estrenado el 28 de abril de 2020 por Telemundo y que Netflix hizo “viral”. Para nosotros los colombianos puede considerarse cercana también, pues uno de sus productores ejecutivos es Miguel Varoni.

El primer capítulo es la celebración del cumpleaños de “Connie”, pero quien en medio de la celebración decide que ya está harta de su matrimonio por la monotonía, porque se siente “como un mueble” para Plutarco su esposo, y deciden a través de un contrato (¡Ah! Los dos tienen una firma de abogados especialistas en derecho de familia), darse 100 días para enamorarse nuevamente, dejando una especie de matrimonio “abierto” mientras resuelven su crisis.

Alrededor de ellos hay cinco amigos más: Ximena, quien está casada con Luis, y que piensa tener el matrimonio perfecto basado en la intensidad de su actividad sexual, pero en realidad Luis es bígamo y tiene otro hogar en México; Remedios y Max, que luego se separan porque llega Emiliano, el amor de la vida de toda la vida de Remedios y además padre biológico de la hija que han criado Remedios y Max, al margen del conocimiento de Emiliano.

Hasta ahí, bueno, un poco de tinte de telenovela, dramas románticos entre las parejas que buscan resolver su situación y siempre aparece el factor sorpresa que –a diferencia de los cuentos de hadas– no los deja vivir “felices para siempre”.

Lo de Luis y Ximena, realmente aún no sé cómo se resuelve: voy en el episodio 33 y ella aún no sabe, aunque la otra mujer de él sí se enteró y lo dejó.

Frase de Luis: “ustedes no me entienden, porque no tienen mi capacidad de amar”.

Lo que parece simple distracción de televisión se va convirtiendo, a mi juicio, en una estrategia bien conocida y utilizada por la maquinaria que busca redefinir la familia y, por tanto, la estructura misma de la sociedad.

No sólo es “lo fluido” de estas parejas, donde no hay evidencia de cuáles son los valores que los unen, pues todo está basado en lo emocional, sino también en lo que se va evidenciando a través de los diferentes miembros de cada una de estas familias.

Aparece entonces el “tío gay”, que siempre es “un bacán”, el chévere, el amigo de los hijos. Pablo, luego termina enredado con un profesor del colegio que tras un matrimonio fallido decide “salir del closet” y “enfrentarse a sí mismo”.

“Ale” (porque no le gusta que le digan Alejandra), que es la hija biológica de Remedios y Emiliano, pero adoptiva de Max, se da cuenta de que, además de ser lesbiana, también tiene dificultades con “su identidad de género” y, cuando empieza el matoneo escolar, pues allí van sus dos padres (el biológico y el adoptivo) y su mamá.

La cita de Ale con la psicóloga, las conversaciones de ella con su madre y sus padres, son sutilmente sugestivas en cuanto a una normalización incondicional de esta condición y, con respecto a ello, la psicóloga es clara en explicar que esta es “su identidad de género”, y que nada tiene que ver con la sexualidad o con lo que ella es.

Igualmente, una conversación que tiene Emiliano con el hijo mayor de Connie y Plutarco –y mejor amigo de Ale– lo compara con Rosa Parks, con el estudiante chino que se paró frente al tanque de guerra, al defender a su amiga “que es un niño trans” frente al colegio.

La serie, en un principio, me pareció entretenida por los amores imposibles y el tinte telenovelesco; pero cuando empiezo a ver cómo lentamente sale la cabeza de medusa, adoctrinando al televidente sobre estos temas tan álgidos y controversiales, me empezó a cuestionar.

Seguro me percibía igual que el abuelo gruñón al que todos regañan por pensar que su nieta “está enferma” por ser homosexual; o la madre presidenta del PTA que es conservadora y rígida, cuyos hijos son los “bullies” y los desagradables de la escuela, porque aquí ellos son “los malos”. Ir en contra de lo que debe ser aceptado como la nueva normalidad es ‘fanatismo’, es discriminación, es homofobia y por supuesto ignorancia.

Como creyente, estoy en contra de toda discriminación; pero no por ello debo aceptar la moda de normalizar las preferencias, que va trayendo la nueva cultura y que va en contra del propósito de la persona humana y, por supuesto, de su sexualidad: la comprensión, la apreciación y el uso de la misma.

Hace mucho daño cuando argumentamos a través del arte con sentimentalismos, con la falsa definición de felicidad y la evitación a toda costa del sufrimiento.

Hace mucho daño cuando hacemos creer a los niños y adolescentes (también a los adultos, pero ellos son menos vulnerables), que su infelicidad con su cuerpo se soluciona a través de un cambio de identidad o de tratamientos hormonales y quirúrgicos.

Entiendo que el amor de un padre por su hijo es inconmesurable, y que el padre quisiera sufrir él o ella por su hijo. La disforia de género era un trastorno, ya no se clasifica como tal, y se quiere normalizar o minimizar para tratarlo en su forma más no en su fondo.

¿”100 días para enamorarse”? No: 100 días para confundirse.


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