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¿Qué se sabe del cuerpo de Jesús resucitado?

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Padre Henry Vargas
Escrito por Padre Henry Vargas
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Jesús crucificado, antes de morir, dijo: “Todo está consumado’. E inclinando la cabeza, entregó su espíritu” (Jn 19, 30). En ese momento Jesús murió. Su alma espíritual dejó su cuerpo físico, su cuerpo humano, su cuerpo como el nuestro, pues Él sin dejar de ser Dios “se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado” (Gaudium et Spes, 22); Él tenía un cuerpo que le había permitido soportar los padecimientos para que Él pudiese expiar los pecados de la humanidad.

Como Jesús murió realmente no es fácil, ni siquiera imaginándolo, describir con palabras su posterior realidad de resucitado, como tampoco lo fue para los evangelistas. Si Jesús hizo cosas extraordinarias antes de morir con mayor razón aun las hará como resucitado. La resurrección de Jesús es algo sin parangón y sin precedentes en la historia de la humanidad, algo que es imposible encasillar en nuestras mentes.

Aunque el cuerpo humano de Jesús resucitado sea idéntico a su cuerpo terrenal como Él mismo les dijo a sus discípulos (Lc 24, 39), sin embargo está en un estado bien diferente.

El apóstol San Pablo para referirse de este estado diferente utiliza el término o el adjetivo “espiritual”. Él dice: “Lo que se siembra en corrupción, resucita en incorrupción; lo que se siembra en oprobio, resucita en gloria; lo que se siembra en debilidad, resucita en poder; se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual” (1 Cor 15, 42-44).

La palabra espiritual aquí es un adjetivo que describe al cuerpo; no niega la realidad ni el significado de la palabra cuerpo. Un cuerpo espiritual es, primero que todo y ante todo, un cuerpo real. Si nuestros cuerpos se convirtieran en sólo espíritus, San Pablo podría, por ejemplo, haber dicho o diría: “Se siembra un cuerpo natural, resucita un espíritu”.

Según la Sagrada Escritura un cuerpo espiritual parece verse y actuar como un cuerpo corriente, pero puede tener, y en efecto tiene, como lo vemos en Jesús, algunas posibilidades o características físicas más allá de lo que conocemos como normal.

El término “espiritual” no significa, pues, que se trate de un espíritu o de un fantasma  privado de consistencia, sino más bien de un cuerpo glorificado o glorioso (Flp 3, 20-21), espiritualizado, impasible, no sujeto a la corrupción ni a la muerte.

Si Jesús después de morir hubiera sido un fantasma, ni Él sería Dios ni hubiera habido resurrección en pleno sentido de la palabra; como tampoco la redención se habría logrado.

Pero Jesús resucitado no fue un fantasma pues caminaba realmente como lo vieron caminar, por ejemplo, dos de sus discípulos camino a Emaús; lo vieron como un ser humano corriente, normal, sus pies no flotaban sobre la tierra, la pisaban. Interactuó, además, con muchos en varias ocasiones en la tierra mostrándonos cómo seríamos como seres humanos resucitados (1 Cor 15, 20). “Él transformará nuestro cuerpo miserable para que sea como su cuerpo glorioso” (Fil 3, 20-21).

Para evitar que los apóstoles incurrieran en un error sobre la naturaleza real del cuerpo resucitado de Jesucristo y lo vieran como algo intangible, Él mismo, apareciéndoseles a los apóstoles el día de pascua, los invitó a mirarlo y a palparlo porque, como Él mismo dice, “un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo” (Lc 24, 39-43). Y, ocho días después,  se lo dirá también al incrédulo Santo Tomás.

La diferencia, pues,  entre el cuerpo de Jesús antes y después de la resurrección consiste en el encontrarse en estados diferentes: antes de la resurrección tenía un cuerpo corruptible, sujeto al sufrimiento y al dolor, con sus respectivas necesidades fisiológicas (comer, beber, dormir, descansar, etc.); después de la resurrección tiene un cuerpo libre, independiente de las necesidades antes mencionadas, un cuerpo no físico como el nuestro pero tampoco espectral o etereo. Jesús resucitado adquirió una realidad corporea que le permitía aparecer y desaparecer en un instante o de entrar  y salir del cenáculo estando las puertas cerradas.  

¿Cómo conciliar su cuerpo “tangible” con un cuerpo que atraviesa paredes? Es algo que queda indudablemente en el misterio, algo inefable, algo que nadie podrá concretar ni en el pensamiento ni con la palabra.

Como también son un misterio, entre otros, el cómo Jesús resucitado se expresaba o dialogaba con quienes lo vieron, o por qué comió (Lc 24, 42-43) o por qué dos de sus discípulos, camino a Emaús, no lo reconocieron. ¿Por qué se veía tan irreconocible? Y ni hablar de su ‘vivencia’ antes de estar definitivamente a la derecha del Padre (Mc 16, 19; Rm 8,34) como confesamos tanto en el Credo de los apóstoles como en el credo Niceno-constantinopolitano.

De estos últimos cuarenta días nada se sabe de la realidad de Jesús resucitado fuera de sus apariciones. ¿Dónde y cómo estuvo en ese periodo de tiempo? Lo más probable es que Jesús, ya glorioso, estaba en el cielo y de allí se aparecía a los suyos antes de su ascensión definitiva y de la despedida definitiva de sus discípulos.

Desde ese entonces, aunque siempre presente y actuante sacramentalmente (Mt. 28, 20), no se volvió a ver por ellos visiblemente.

P. Henry Vargas Holguín.

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