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¿Oraciones en lugar de Misa? No. Jesús explica por qué

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Escrito por Redacción R+F

¿«La Santa Misa no es necesaria para nuestra vida eterna y salvación, y puede ser reemplazada por otra cosa»? (Sagrada Escritura, Oraciones, etc.). No. Jesús dijo:

«En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros».

Juan 6, 53

Por Mons. Nicola Bux

Teólogo y ex consultor de la
Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe.

Publicado en el sitio web del diario italiano La Nuova Bussola Quotidiana, en la sección Editoriales,
este martes 12 de mayo de 2020.

Sobre el debate que está dividiendo a los sacerdotes y a los laicos en estos días, hasta el punto de que se dice que los sacramentos, y la Misa en particular, no son necesarios para nuestra vida y salvación eterna, pero pueden ser reemplazados por otra cosa (Sagrada Escritura, Oraciones, etc.), en primer lugar debemos recordar las palabras de nuestro Señor Jesucristo:

‘Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él”.

Juan 6, 53 – 56

Al comentar estas palabras, san Ireneo es realista, observa que estamos hechos de carne y hueso: si la carne no se salva, entonces ni el Señor nos ha redimido con su Sangre, ni el cáliz de la Eucaristía es comunión con su Sangre, ni el pan que rompemos es comunión con su cuerpo. De hecho, la sangre sólo proviene de las venas y la carne y de toda la sustancia del hombre en la que la Palabra de Dios ha encarnado verdaderamente.

Somos sus miembros, pero nos nutrimos de las cosas creadas, que él mismo pone a nuestra disposición, haciendo salir el sol y caer la lluvia conforme a su voluntad y sabiduría. Este cáliz, que proviene de la creación, ha declarado que es su sangre, con la que alimenta nuestra sangre. También este pan, que proviene de la creación, se ha asegurado de que es su cuerpo con el que alimenta nuestros cuerpos. De esta Eucaristía se alimenta y toma consistencia la sustancia de nuestra carne.

Somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos (cf. Ef 5, 30). El Apóstol no dice estas cosas de un hombre espiritual e invisible, sino de un hombre real, que consta de carne, nervios y huesos, y que se alimenta del cáliz que es la sangre de Cristo y es sustentado por el pan, que es el cuerpo de Cristo. Así, aunque nuestros cuerpos, nutridos por la Eucaristía, después de que sean depositados en la tierra y disueltos, se levantarán de nuevo a su tiempo, porque la Palabra les da la resurrección, a la gloria de Dios Padre. Ellos envuelven con la inmortalidad este cuerpo mortal, y confieren gratuitamente la incorrupción a la carne corruptible. De esta manera, la fuerza de Dios se manifiesta plenamente en la debilidad de los hombres.

Esto escribe San Ireneo en el siglo III, contra las herejías del tiempo. Aún hoy, la verdad de la Encarnación es olvidada, ante todo por los sacerdotes: la Palabra se ha hecho carne y vive entre nosotros. Han reducido el cristianismo a una religión espiritual, como otra más de tantas. Pero los que han preservado la fe católica están llamados a volver a anunciar esta verdad, precisamente reiterando la necesidad de la Santa Misa. La ‘conditio sine qua non’, la condición sin la cual –escribió Dostoievski– para que el mundo sea salvado, es que “el Verbo se ha hecho carne” y la fe en estas palabras.


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