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Espiritual Fe

¿La gente cree o no cree en el infierno?

Infierno
Padre Henry Vargas
Escrito por Padre Henry Vargas
¡Difunde la cultura de la Vida!

Quien está en el infierno no es por voluntad Divina (Catecismo, 1037) sino por decisión y voluntad humanas; y Dios da por justicia lo que cada quien a consciencia buscó.

¡Difunde la cultura de la Vida!

“Os digo, amigos míos: No temáis a los que matan el cuerpo, pero después nada más pueden hacer. Os enseñaré a quién debéis temer: Temed a aquel que, después de haber quitado la vida, tiene poder de echar en el infierno. Sí, os digo, a este temed”.

Lc 12, 4-5

Son bastantes las citas bíblicas, tanto en el Antiguo Testamento como en el nuevo, en las que se habla del infierno. Indudablemente el infierno es una realidad, una realidad ante la cual es inevitable sentir una tremenda repulsión o angustia.

Ahora bien, aunque sea terrible la realidad del infierno es preciso creer en él por cuanto es dogma de fe. La Iglesia, a través de su magisterio, no hace otra cosa que aclarar o explicar lo que en el depósito de la fe está consignado para hacerlo accesible o comprensible a los fieles, no agrega nada nuevo ni propio. La existencia del infierno y de su eternidad, fue definida en el IV Concilio de Letrán como tal; y debe ser creído tal como es, es decir, como Jesús mismo lo ha revelado.

La realidad del infierno es uno de los más grandes misterios de la fe; pero hay que estar atentos a no poner nuestros juicios, criterios y puntos de vista para definirlo. Darle al infierno una interpretación personal sería atribuirnos un derecho que no tenemos, y si lo hacemos cometemos un grave error que nos puede acercar aun más a él.

Tampoco podemos ni debemos negarlo. Decir que el infierno no exista es, sin duda alguna, ir en contra de la fe, en contra de la enseñanza explícita de Jesucristo que del infierno nos ha hablado del modo más claro posible, afirmando de él no sólo la existencia sino también, de alguna manera, su naturaleza.

Antes del juicio final habrá un juicio particular, personal o individual inmediatamente después de la muerte corporal (Catecismo, 1022); es la experiencia excepcional de María que fue asunta al cielo en cuerpo y alma inmediatamente después de su muerte.

Y al final de los tiempos, al final de la historia o en la parusía, los cadáveres de las personas, sus cuerpos, resurgirán o resucitarán (Hch 24, 15) y serán convocadas a otro juicio, el llamado juicio universal. Un juicio con repercusiones de eternidad. En el evangelio según San Mateo (Mt 25, 31-46), de hecho, Jesús nos describe la suerte que le tocará al ser humano durante toda una eternidad.

¿En qué consiste este otro juicio universal o juicio final? Los ángeles entonces separarán a las personas dependiendo de cómo se habrán relacionado con la voluntad de Dios en la vida terrenal; y las separarán poniendo a unas a la derecha y a otras a la izquierda. Luego aparecerá en el centro el Juez Supremo, Cristo mismo, en toda su majestad, para proferir sentencia.

A ciertas personas, a las puestas a su derecha, Cristo les dirá de ir a poseer el Reino para ellos preparado desde la fundación del mundo (Mt 25, 34), mientras que a otras personas serán expulsadas de la fiesta, imagen del cielo (Mt 22, 2), y les dirá de ir fuera, a las tinieblas (Mt 22, 13), donde habrá llanto eterno y desesperación (Mt 25-30) y rechinar de dientes (Lc 13, 28); será entonces cuando esos cuerpos resucitados se unirán a la respectiva alma espiritual, porque se salva o se condena la totalidad de la persona, no sólo una parte. De lo que se trata es que unos resucitarán a una resurrección de gloria (vida eterna) y otros a una resurrección de ignominia (suplicio eterno) (Dn 12, 2; Jn 5, 28-29).

El evangelio, o lo que dice Jesús, no deja sombra de dudas. El infierno verdaderamente existe como también verdaderamente existe el cielo, el paraíso celestial, la vida eterna. Ambas realidades son eternas porque Dios es eterno; lo que no es eterno sino temporal es el purgatorio (vía de salvación o antesala del cielo).

Quien va al cielo o al infierno se quedará allí para siempre. En la parábola del rico (del que Jesús quiere ignorar su identidad) y del pobre Lázaro, a quien Jesús sí le da importancia poniéndole nombre (Lc 16, 19-31), se afirma o se da a entender, perfecta y claramente, que entre los que están en el cielo y los que están en el infierno hay un gran abismo que no permite de ninguna manera pasar de un lugar a otro.

Hablando específicamente del cielo, quien ama a Dios en el cielo no podrá después, como es lógico, dejarlo de amar ni dejará de gozar de Él; estando ya en el cielo es imposible decirle “no” a Dios, a una felicidad eterna. El cielo es mucho más de lo que podemos anhelar o imaginar. Por eso dice San Pablo:

Ni el ojo vio, ni el oído escuchó, ni el corazón del humano pudo imaginar lo que Dios ha preparado para aquéllos que le aman”.

1 Cor 2, 9

Al mismo tiempo el evangelio nos da algunas pistas sobre la naturaleza del cielo como también sobre la naturaleza del infierno.

El primero consiste en la posesión de Dios, de su amistad; el segundo de la privación de Él y de su amistad. A esta pena esencial de la privación de Dios se le agregará otra situación que viene evidenciada con la expresión ‘fuego eterno’ donde el gusano no muere (Mc 9, 48), al fuego destinado para el diablo y para sus ángeles (Mt 25, 41).

Lógicamente Jesús no está hablando del fuego terrenal, del fuego que aquí conocemos debido a la combustión de la materia; pero sí se trata de algo real, de consistencia misteriosa, y que tiene la capacidad de atormentar no sólo el cuerpo sino también el alma espiritual.

Quien está en el infierno no es por voluntad Divina (Catecismo, 1037) sino por decisión y voluntad humanas; y Dios da por justicia lo que cada quien a consciencia buscó.

Si Dios rechaza eternamente al condenado no es porque lo odie –pues Dios es siempre fiel a su amor–, sino porque el condenado estuvo en la tierra irreversiblemente cerrado a su amistad, negado a perseverar en el cumplimiento de su voluntad y a no creerse necesitado de recibir el perdón divino y con él la gracia santificante.

¿Cómo poder perdonar a alguien que no quiere ser perdonado? ¿Cómo darle algo a alguien que en la tierra no buscó ni conquistó? Es que Dios es misericordioso pero justo y, por tanto, respetuoso de las decisiones humanas.

Quien está en el infierno, por un lado, seguirá allá porque ya no hay en absoluto ninguna posibilidad de arrepentimiento, y por otro lado porque la conciencia de no estar en el cielo o el saber que se ha perdido eternamente la posibilidad de salvación hace que surja en el condenado más odio aun y rechazo a Dios, convirtiéndose esta situación en un eterno círculo vicioso.

El infierno no es algo que podamos definir o describir con absoluta exactitud. Lo que sí es verdaderamente decisivo es creer que sí es una realidad; y de esta realidad es más fácil decir lo que no es a decir lo que es.

En este sentido el infierno no es, por ejemplo, una fantasía, no es una alegoría o una metáfora del mal o un símbolo del sufrimiento por no hacer la voluntad de Dios. Tampoco el infierno se puede reducir a experimentar en el más allá la tristeza y el remordimiento por el pecado que terrenalmente no se experimentaron.

Tampoco el infierno tiene su antesala en esta vida temporal pues muchos que viven en función del mal o del pecado, así como los que viven apartados de Dios no experimentan en esta tierra la dura e infernal situación de estar privados de la visión beatífica de Dios (1 Cor 13, 12); y si alguien podría experimentar algún sufrimiento aquí en la tierra, como consecuencia de darle la espalda a Dios, dicho sufrimiento no se asemeja en absoluto al dolor del infierno, de estar lejos del amor y de los goces sempiternos.

El infierno tampoco es un lugar geográfico o espacial, como no lo es tampoco el cielo. El infierno es un estado o una situación donde van las personas que se han rebelado contra Dios y mueren en esa actitud.

¿Crees que si no existiera el infierno, Jesús se hubiera puesto a perder el tiempo hablando de eso? Además Él, que es la verdad, no habló nunca de realidades ficticias, con la sola intención de asustar a los seres humanos; Él no dice mentiras.

Jesucristo sabía lo que es el infierno (Mt 25, 41), y por eso vino al mundo: a librarnos de esa realidad, a enseñarnos el camino para llegar al Cielo.

Por otro lado, si el infierno no existiera, ¿qué sentido tendría la salvación? ¿Jesús a qué ha venido a este mundo? ¿A salvarnos de qué?

Lastimosamente muchos cristianos, muchísimos, no creen en el infierno, es por esto que vemos a lo largo de la historia de la humanidad un sinfín de tragedias de toda índole. Negar el infierno es propio del que ya ha sido engañado por el mismo diablo, padre de la mentira (Jn 8, 44) y dios de este mundo (2 Cor 4, 4).

El primer paso para que alguien se encamine a la situación del infierno es el resistirse a conocer la verdad, la verdad de Dios obviamente, o, habiéndola conocido, negarla. Los subsiguientes pasos son la prolongada situación de acomodamiento ya sea en la situación presente ya sea en la mentalidad mundana, y el creerse la persona un dios por la simple y afanosa apropiación, lícita o ilícita, de los bienes terrenales que son efímeros.

Todo esto hace que finalmente la persona se crea sus propias mentiras (las vea como la verdad), y a su vez crea en la verdad de Dios como una mentira.

P. Henry Vargas Holguín.


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