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Análisis Fe Iglesia

“Hermanos todos”, al servicio de los Maestros del caos

Maestros del caos
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Escrito por Redacción R+F
¡Difunde la cultura de la Vida!

«La Iglesia de Cristo se opone a otra iglesia o va abiertamente más allá de la Iglesia que, en toda evidencia, va más allá de Cristo mismo y, por lo tanto, más allá de la Verdad».

¡Difunde la cultura de la Vida!

Compartimos este importante artículo, publicado originalmente en el sitio web de Aldo Maria Valli, bajo el título «“Fratelli tutti”, al servizio dei Padroni del caos».

Se trata de un sencillo pero clarificador análisis en el que su autor, Gian Pietro Caliari, ahonda en la visión ontológica de la Iglesia: en su ser y en su razón de ser, es decir, en su esencia. Y lo hace con base en la formulación hecha y dada por Ella misma en la Constitución ‘Lumen Gentium’, del Concilio Vaticano II, y en el fundamento Escriturístico que esta asumió citando el Evangelio y, específicamente, las Palabras de Jesús.

Al hacerlo, plantea sin ambages la encrucijada, o “cruce de caminos” cuyas direcciones no corresponden. Una disyuntiva que podría llegar a plantearse en términos de caminos opuestos, semejante a la que narra la tradición que vivió Pedro quien, mientras huía de Roma, se topó de frente con el Señor.

Al verlo venir en la dirección contraria, cargando la Cruz, Pedro le preguntó: «Quo vadis Domine?» (¿A dónde vas, Señor?), a lo que Cristo contesta: «Romam vado iterum crucifigi» («Voy hacia Roma para ser crucificado de nuevo»).

Pedro, avergonzado de su actitud, vuelve a Roma a continuar su ministerio, siendo posteriormente martirizado y crucificado cabeza abajo (Ver wikipedia). A continuación, el texto del artículo.


“Hermanos todos”, al servicio de los Maestros del caos

Releyendo el Concilio Vaticano II cincuenta y cinco años después y, por último, pero no menos importante, los hechos posconciliares como los presentes, en una visión trascendente de la fe católica, sólo puede resonar la afirmación del Salmo 86: “Se dirá de Sion: en él nacieron los dos y él, el Altísimo, lo mantiene firme”.

En el breve poema davídico, de sólo siete versos, el verbo hebreo jullad aparece tres veces en tiempo perfecto, que debería traducirse más correctamente como “en él nacieron”.

El salmo se refiere expresamente a la Roca de Sión, יְרוּשָׁלַיִם, Jerusalén, “fundada por el Altísimo mismo”. Y así, los Padres de la Iglesia y toda la tradición litúrgica siempre han interconectado el significado de ser parido, es decir, ser hijo, y el de ser fundado, es decir, ser madre.

En este sentido se expresó san Agustín de Hipona:

“Cristo se hizo hombre en ella; mientras él mismo la fundó; no como un hombre, sino como el Altísimo. En resumen, fundó la ciudad en la que iba a nacer, así como creó a la madre de la que iba a nacer.

¿Qué significa todo esto, hermanos míos? ¡Qué promesas, cuántas esperanzas tenemos! He aquí, el Altísimo, que fundó la ciudad, dice por nosotros a esa ciudad: ¡Madre! Y él se hizo hombre en ella, y él mismo, el Altísimo, la fundó”.

(Enarratio en Salmos 86, VII, 35).

Una retórica ideológico-periodística, por el contrario, ha hablado a menudo de una “Iglesia del Concilio”, el Vaticano II obviamente, en abierto contraste con otra Iglesia, la preconciliar; y en nuestros días incluso algunos sabios prelados y sus acólitos anhelan una “Iglesia de Francisco”, la de Bergoglio –ça va sans dire (no hace falta ni decirlo)– opuesta a la de todos los demás papas anteriores.

Esta es una visión estrecha e inmanente que no tiene nada que ver con el Vaticano II en sí mismo, pero que está en el origen de la devastación de la identidad misma de la Iglesia Católica, tanto en el período posconciliar como –¡y aún más!– en nuestros días.

“Aquí está el origen de la mayoría de los malentendidos o errores reales que socavan tanto la teología como la opinión católica común”, escribió Joseph Ratzinger y observó:

“Muchos ya no creen que esta sea una realidad deseada por el Señor mismo. Incluso entre algunos teólogos, la Iglesia aparece como una construcción humana, un instrumento creado por nosotros y que, por tanto, nosotros mismos podemos reorganizar libremente según las necesidades del momento”.

(Informe sobre la fe, 1985, p. 24).

El Vaticano II, sin embargo, recurrió a esa analogía ontológica y sapiencial del Salmo 86 en uno de sus pasajes cruciales para definir la doble naturaleza, divina y humana, de la Iglesia:

“Por una analogía que no carece de valor, por lo tanto, es comparado con el misterio del Verbo encarnado. En efecto, así como la naturaleza asumida sirve al Verbo divino como órgano vivo de salvación, indisolublemente unido a él, así también el organismo social de la Iglesia sirve al Espíritu de Cristo que lo vivifica, para el crecimiento del cuerpo. Esta es la única Iglesia de Cristo, que en el Credo profesamos una, santa, católica y apostólica”.

(Lumen Gentium, 8).

El Vaticano II luego usa otra analogía ontológica para rastrear la relación entre el Reino de Dios y la Iglesia.

“Así como el Señor Jesús, con su predicación y sus obras, marcó el advenimiento del reino de Dios prometido durante siglos en la Escritura, así la Iglesia recibe la misión de anunciar y establecer el reino de Cristo en todos los pueblos y de Dios, y de este reino él constituye la simiente y el principio en la tierra”.

(Lumen gentium, 5).

Además, el Vaticano II subraya: “La Iglesia, es decir, el reino de Cristo ya presente en el misterio, por el poder de Dios, crece visiblemente en el mundo” (Lumen Gentium, 3).

Cristo y la Iglesia, Hijo “nacido” y Madre “fundada”, así como la Iglesia y Reino de Cristo, por analogía ontológica: “El uno y el otro nacieron en ella y Él, el Altísimo, la mantiene firme”.

Sin esta visión ontológico-trascendente, como observó además Ratzinger,

“la cristología misma pierde su referencia a lo Divino: una estructura puramente humana acaba correspondiendo a un proyecto humano. El Evangelio se convierte en el proyecto de Jesús, en el proyecto de liberación social, o en otros proyectos sólo históricos, inmanentes, que pueden parecer religiosos en apariencia, pero son ateos en esencia”.

(Ibidem, p. 24).

Y, de manera significativa, advirtió:

“Necesitamos recrear un clima auténticamente católico, redescubrir el sentido de la Iglesia como Iglesia del Señor, como espacio de la presencia real de Dios en el mundo. Ese misterio del que habla el Vaticano II cuando escribe esas palabras terriblemente exigentes que también corresponden a toda la tradición católica: «La Iglesia, es decir, el reino de Cristo ya presente en el misterio»”.

Ni siquiera tres años después de la conclusión de la asamblea conciliar, el propio Pablo VI tuvo que reconocer la traición a la visión trascendental que Lumen Gentium había querido reafirmar. Al final del Año de la Fe, en su famoso Credo del Pueblo de Dios, el pontífice lombardo se vio obligado a reiterar solemnemente:

“Creemos en la Iglesia una, santa, católica y apostólica, construida por Jesucristo sobre esta roca, que es Pedro. Es el Cuerpo Místico de Cristo, tanto una sociedad visible, constituida por órganos jerárquicos, como una comunidad espiritual; es la Iglesia terrena, el Pueblo de Dios peregrino aquí abajo, y la Iglesia llena de bienes celestiales; es el germen y la primicia del Reino de Dios, a través del cual la obra y los dolores de la Redención continúan en el tejido de la historia humana, y que aspira a su perfecto cumplimiento más allá del tiempo, en la gloria”.

Credo del Pueblo de Dios, Profesión de Fe solemne, 30 de junio de 1968.

«La crisis posconciliar y la aún más dramática del actual pontificado, que rezuma abierta apostasía, tiene su causa principal precisamente en esta encrucijada esencial: la escisión del binomio inseparable Cristo y la Iglesia católica, la Iglesia católica y el Reino de Dios».

«La Iglesia de Cristo se opone a otra iglesia o va abiertamente más allá de la Iglesia que, en toda evidencia, va más allá de Cristo mismo y, por lo tanto, más allá de la Verdad».

En el desconcertante inmanentismo, que informa sustancialmente el pontificado actual y deforma –Dios no lo quiera, irreparablemente– la esencia misma ontológica de la Iglesia católica, el pontífice actual anhela “resumir la doctrina del amor fraterno, en su dimensión universal, sobre su apertura a todos”, para dar “un humilde aporte a la reflexión para que, ante las diferentes formas actuales de eliminar o ignorar a los demás, seamos capaces de reaccionar con un nuevo sueño de fraternidad y amistad social que no se limita a las palabras” (Hermanos todos, 6).

Es un “sueño” inmanente que niega abiertamente y se disocia de lo que pretendían los Padres conciliares al reiterar la ontología misma y, en consecuencia, la misión de la Iglesia católica:

Cristo es la luz de los pueblos. Por ello este sacrosanto Concilio, reunido en el Espíritu Santo, desea ardientemente iluminar a todos los hombres, anunciando el Evangelio a toda criatura (cf. Mc 16,15) con la claridad de Cristo, que resplandece sobre la faz de la Iglesia”.

Lumen Gentium, 1.

La última encíclica, que resume y marca el final de este pontificado, más que por el Vaticano II e incluso antes por el anuncio de Cristo como “Lumen Gentium”, está inspirada en el Informe 2005 del Grupo de Alto Nivel, instituido por el entonces secretario General de la ONU Kofi Annan, y que dio origen a otra estructura de la ONU, la UNOAC (Alianza de Civilizaciones de las Naciones Unidas), la Alianza de civilizaciones deseada por las Naciones Unidas.

Basta con desplazarse rápidamente por los documentos elaborados por la UNOAC en los últimos quince años para conocer de antemano todo el recorrido ideológico del pontificado actual, sus opciones y su narrativa, que emerge de lleno en el último documento pontificio.

“Yo soy la vid, ustedes son las ramas”. Así amonestó el Divino Maestro a los apóstoles. “El que permanece en mí y yo en él, dará mucho fruto, porque sin mí nada podéis hacer”.

Juan 15, 5.

Así fue en la historia. Por lo que es aún más trágico en las noticias actuales.

El filósofo veneciano Andrea Emo observó puntualmente, en tiempos desprevenidos:

“La Iglesia ha sido protagonista de la historia durante muchos siglos, luego ha asumido el papel no menos glorioso de antagonista de la historia; hoy es sólo la cortesana de la historia”.

También podemos decir esto del pontificado actual, que aparece al servicio de los Maestros del caos.

Gian Pietro Caliari


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