Fe

¿Hay que creer en fantasmas?

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Escrito por Padre Henry Vargas

Hay un hecho del cual partir, y es la innegable existencia de lo sobrenatural. Lo sobrenatural existe, es una realidad. Dios ha creado tanto las realidades visibles como las invisibles, así lo confesamos en el credo. La palabra fantasma es una palabra genérica para definir o encasillar en ella todos los fenómenos sobrenaturales o también llamados fenómenos paranormales; de esta manera se mete en un mismo saco todo lo que se salga del ámbito de lo material o visible.

La palabra fantasma proviene del griego, de una palabra que significa “aparición”. Y está claro que todo lo que se “aparezca”, se relaciona con lo fantasmal. Para el mundo profano un fantasma tiene que ver con supuestos espíritus errantes o almas en pena.

Dejando a un lado lo que es fruto de la imaginación o de farsas o de lo que es expresión de alguna patología mental, bastantes son los casos reales del mundo de lo sobrenatural; casos que están debidamente documentados.

De manera pues que es sensato creer en lo que está más allá del mundo material; negarlo es de insensatos. Como también es de insensatos creer en el mundo de lo sobrenatural y no creer debidamente en Dios. Sucede como con el tonto que al señalarle la luna con el dedo índice él sólo mira el dedo. No hay que mirar el dedo, hay que mirar lo que se está señalando.

Para aclarar el asunto de los fantasmas nos tenemos que remitir necesariamente a la Biblia y a la doctrina de la Iglesia; no podemos basarnos en suposiciones sino en certezas.

Dentro de lo sobrenatural o de seres inmateriales que interactúan con nuestra realidad terrenal, casos que son extremadamente raros, tenemos pocas realidades a considerar:

1.- En primer lugar tenemos a los ángeles. Ellos son mencionados por el mismísimo Jesús (Jn 1, 51). “La existencia de seres espirituales, no corporales, que la sagrada Escritura llama habitualmente ángeles, es una verdad de fe. El testimonio de la Escritura es tan claro como la unanimidad de la Tradición. (…) En tanto que criaturas puramente espirituales, tienen inteligencia y voluntad: son criaturas personales e inmortales. Superan en perfección a todas las criaturas visibles. El resplandor de su gloria da testimonio de ello” (Catecismo 328, 330).

En la Sagrada Escritura, tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo testamento, hay muchas menciones de las diferentes categorías de ángeles.

Los ángeles tienen una misión dada por Dios. Ellos acuden al ser humano para entregar un mensaje específico ya sea para el conocimiento de la voluntad de Dios, ya sea para infundir ánimo o para ayudar a una persona a acercarse más a Dios o guiar a un alma en el camino que Dios ha dispuesto.

Es obvio que cuando un ángel se aparece a alguna persona, dicha persona, en un primer momento, puede experimentar temor o turbación, pero luego el ángel se expresa, e invita a la persona a no tener miedo (Lc 1, 29-30).

Una cosa a tener en cuenta es que cuando un ángel se presenta, aunque lo pueda hacer en forma pseudo humana, no pretende asustar, no acecha a nadie, no hace ningún daño, no busca hacer nada o decir nada para que la persona haga lo contrario a la voluntad de Dios ni para que se aleje de Él.

2.- Existe otra categoría de presencias sobrenaturales. Hay varias historias de santos (p.e. el de la Virgen María) que visitan a las personas de este mundo. Con el beneplácito de Dios o en obediencia a Él han habido casos en que los santos, aun en vida –las bilocaciones-, se aparecen para alentar, dar un mensaje y ofrecer esperanza.

3.- Una tercera categoría de presencias sobrenaturales son las almas del purgatorio que vienen a pedir oraciones o a agradecer a alguien por sus oraciones.

Dios puede permitir que un alma del purgatorio nos visite, no para llenarnos de espanto o para perturbarnos sino para solicitar nuestra ayuda. De la visita de las almas del purgatorio hay evidencia física en el museo de las almas del Purgatorio, ubicado en Roma.

Sabemos que las almas están bajo la autoridad de Dios. Tenemos, por ejemplo, en el Nuevo Testamento el caso del rico Epulón y el pobre Lázaro (Lc 16, 19-31). En este relato el rico Epulón, desde el infierno del cual no puede salir, le pide a Abraham la visita del difunto Lázaro a la tierra  para favorecer a sus hermanos; petición que, en este caso, es negada. Es que las almas están bajo la autoridad de Dios; y si lo están pues los ‘fantasmas’ no son almas en pena o almas errantes o almas rebeldes que no acepten su destino.

Cuando muere la persona su destino ya está definido por voluntad personal. Al morir la persona, su alma espiritual, después de pasar por un juicio personal, va inmediatamente al cielo o a su antesala el purgatorio o al infierno (Catecismo, 1022). Así como el alma es creada por Dios y la manda a unirse a un cuerpo en el momento de la concepción de una persona, así también al morir el alma obedece a Dios para irse a donde le corresponda.

Por tanto las almas de los difuntos no pueden permanecer vagando en este mundo como fantasmas.

4.- Antes se han mencionado a los ángeles. Así como los ángeles existen al servicio de Dios, existen también ángeles al servicio del demonio: los demonios o espíritus malignos, de los que también se habla en la Biblia (Mc 5, 9; Ef 6, 11-12).

Existen los “espíritus creados que rechazaron radical e irrevocablemente a Dios y su Reino” (Catecismo, 392). “Satán o el diablo y los otros demonios son ángeles caídos por haber rechazado libremente servir a Dios y su designio…” (Catecismo, 414). “(La acción de Satán) causa graves daños de naturaleza espiritual e indirectamente incluso de naturaleza física- en cada hombre y en la sociedad…” (Catecismo, 395).

Los demonios pretenden sacudir la fe de los fieles y obligarlos, bajo engaño, a adoptar falsas creencias para así alejarlos de la Iglesia y de Dios al recurrir a métodos erróneos y a personas no idóneas fuera de la Iglesia (médiums, adivinos, espiritistas, falsos exorcistas, brujos, charlatanes, etc.).

Es en este sentido en el que hay que ver o entender la acción extraordinaria del diablo y/o de sus ángeles, siempre con el objetivo de hacer daño al ser humano, y llevarlo a la condenación. ¿De qué manera? Al menos de cuatro maneras:

a.- Vejación: Ataque directo del demonio y/o de sus ángeles a la salud de la persona o a su bienestar. La vejación se exterioriza a través de enfermedades o trastornos.

b.- Obsesión: Especie de tentación que llega a tal punto que la persona queda como atrapada. Es como un asedio del alma desde fuera. Son tentaciones violentas, extraordinarias y prolongadas. La obsesión puede ser interna o externa: Interna cuando provoca impresiones íntimas, externa cuando la actuación impacta en los cinco sentidos. La obsesión diabólica afecta a la persona de modo que ésta llega a desesperarse, contándose incluso como una de las causas del suicidio. 

c.- Infestación: Presencia y acción extraordinarias de las fuerzas demoníacas sobre un lugar, un objeto o un animal. Ésta realidad se ajusta perfectamente al concepto de fantasma que se evidencia en los fenómenos paranormales que generan temor. Estas presencias son las que asustan, y hostigan a las personas mediante objetos que se mueven sin explicación alguna, ruidos, olores nauseabundos, sombras, objetos o personas levitando, reducción brusca de temperatura, luces que se encienden y apagan solas, etc..

Es lo que se conoce con el término poltergeits. Poltergeist es una palabra que viene del alemán; es la unión de la palabra poltern (hacer ruido) y geist (fantasma).

d.- Posesión: Cuando el diablo o uno o varios de sus ángeles dominan el cuerpo de alguien, dominando indirectamente su psiquis y motricidad con el fin de anular sus facultades. Una posesión no afecta al alma.

Los demonios o los espíritus malignos actúan igual que el demonio, y bajo sus directrices, para hacer daño y condenar confundiendo y engañando. “Y esto no es maravilla, pues el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz” (2 Co 11, 14).

La Escritura nos pide no creerle a nadie que diga que un ángel se le apareció de parte de Dios para fundar sectas u otras realidades al margen de la Iglesia (Gal 1, 8).

P. Henry Vargas Holguín.

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