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Es necesario que Él Reine

Christus vincit
sinmedida
Escrito por sinmedida
¡Difunde la cultura de la Vida!

“Estos son los días en que se espera que el cristiano alabe todo credo, excepto el suyo”

G. K. Chesterton.

Esta primera frase nos lleva a la pregunta, ¿qué puede tener de especial el cristianismo para que, aparentemente, el mundo se oponga a este? Estamos en un mundo donde se aumenta, y se presume, la gran comunicación de ideas cada vez más diversas; sin embargo, aún las palabras que definen los conceptos más fundamentales revisten sentidos muy diversos en las distintas ideologías.[i]

En este contexto no deja de ser actual la frase de San Pablo “Es necesario que Él Reine” (1 Cor 15, 25) pero se ve cada vez más como una realidad lejana e imposible. En este contexto, ¿qué ha sucedido en el pasar de los siglos para llegar a esta situación? ¿Qué debemos hacer al respecto?

Por supuesto, para desarrollar un poco más la afirmación “Es necesario que Él Reine” debemos primero preguntarnos: ¿es Cristo un rey?

Esta pregunta puede ser abordada desde varios ejes, podemos afirmar que es Rey al ser Dios mismo, podemos afirmar que es Rey al ser hijo y heredero de Dios, y podemos afirmar que es Rey dado que conquistó al mundo con su muerte; incluso el mismo Jesús afirma ser Rey mientras es interrogado por Pilato.

Quisiera resaltar de esta conocida conversación que Jesús ha nacido y venido al mundo para ser Rey (Jn 18,37), siendo este el fin último de la encarnación, y que posteriormente afirma que su Reino no es de este mundo.

Más atrás, Jesús nos dice “mi Reino está dentro de vosotros” (Lc 17,21). Recordamos que nosotros no somos del mundo, somos de Él y Él debe reinar en nosotros.

Pilatos interroga a Jesús
Pilatos interroga a Jesús

La afirmación “El Reino está dentro de nosotros” puede sugerir un sentido individualista de la fe, en donde Cristo Reina únicamente en mis momentos íntimos con Él, pero alejado de todas las dimensiones humanas en las que me desenvuelvo.

Recordamos entonces lo dicho por el Papa Pío XI: “Erraría gravemente el que negase a Cristo-Hombre el poder sobre todas las cosas humanas y temporales, puesto que el Padre le confirió un derecho absolutismo sobre las cosas creadas, de tal suerte que todas están sometidas a su arbitrio.” [i]

Luego esta intuición es equívoca y busca limitar la soberanía de Cristo al no pensar en un Cristo social sino un Cristo individual.

Continúa explicando: “No hay diferencia entre los individuos y el consorcio civil, pues los individuos unidos en sociedad no por eso están menos en la voluntad de Cristo de lo que está cada uno de ellos separadamente”.[ii] Y este Reinado trasciende al absoluto de la historia.

Debemos, pues, buscar la política del Padre nuestro: “Hágase Su voluntad así en la Tierra como en el Cielo.”

Jesucristo, Rey y Señor de la historia se encarna al llegar “la plenitud de los tiempos” (Gal 4,4).[i]  Siendo esta la plenitud de la historia, toda la historia del pueblo judío (y los pueblos gentiles) es orientada a la encarnación del Verbo.

Desarrollando esta idea, estamos acostumbrados a ver a Jesús como culmen de la historia del pueblo judío, en el cual encontramos diversos bosquejos a lo que vendría ser nuestro Salvador: Jesús fue un nuevo Adán, un nuevo Abel que fue traicionado por sus hermanos, un nuevo Melquisedec como supremo sacerdote, un nuevo Moisés siendo Jesús el gran legislador, un nuevo David como rey guerrero, un nuevo Salomón como rey pacífico; y podemos enumerar grandes cantidades de bocetos, así como múltiples indicios de un pueblo que poco a poco se prepara para la Revelación.

Pero no podemos dejar de lado que Jesús se encarna también en la plenitud de los tiempos para los pueblos gentiles, podemos mencionar a Sócrates, Platón y Aristóteles como fuertes colaboradores involuntarios al posterior pensamiento cristiano.

Vemos claramente el logos balbuceado por Alejandría utilizado maravillosamente en el prólogo de San Juan, y cómo la filosofía griega, en su búsqueda de la verdad se acercaron cada vez más a la Verdad, pues como se dijo alguna vez:

“más que el hecho de que nuestra Religión sea la verdadera, la Verdad es nuestra Religión”.[ii]

Y así, el Verbo encarnado aparece como el heredero del gran esfuerzo de los siglos.

Retomando lo anterior, la plenitud de los tiempos llega con la encarnación del Verbo, y el fin último de su encarnación es ser Rey. Rey del universo, en el orden temporal y eterno para todos los pueblos, como bien nos decía el Papa León XIII:

“El imperio de Cristo se extiende no sólo sobre los pueblos católicos y sobre aquellos que habiendo recibido el bautismo pertenecen de derecho a la Iglesia, aunque el error los tenga extraviados o el cisma los separe de la caridad, sino que comprende también a cuantos no participan de la fe cristiana, de suerte que bajo la potestad de Jesús se halla todo el género humano”.[i]

Es necesario que Él Reine, nos dice San Pablo y sostenemos nosotros, pero “No queremos que este reine sobre nosotros” (Lc 19,14) es el grito que históricamente se opone al Reinado de Cristo.

Aquí podemos remitirnos a San Agustín:

“dos amores fundaron dos ciudades, a saber: la terrena, fundada por el amor propio hasta llegar a menospreciar a Dios y la celestial, fundada por el amor a Dios hasta llegar al desprecio del sí propio.

La primera puso su gloria en sí misma, y la segunda, en el Señor; porque la una busca el honor y la gloria de los hombres, y la otra estima por suma gloria a Dios, testigo de su conciencia; aquella, estribando en su vanagloria, ensalza su cabeza”.[ii] 

Mientras la ciudad del hombre tiene su fin último en esta misma Tierra y nos grita constantemente “No queremos que este reine sobre nosotros”, la Ciudad de Dios grita constantemente “Es necesario que Cristo Reine”.

Todo grito a lo largo de la historia se subordina a uno de estos dos gritos. Cabe precisar también que estas dos ciudades no presentan divisiones únicamente entre los seres humanos, sino también entre los seres angélicos, donde los gritos opuestos de “Quis ut Deus[iii] y “Non Serviam[iv] separaron desde el principio de los tiempos a los ángeles y posteriormente a los seres humanos.

San Miguel Quién como Dios. Lucifer Non Serviam
San Miguel Quién como Dios. Lucifer Non Serviam

Es necesario, entonces que Él Reine en la sociedad y en cada uno de nosotros. Los primeros cristianos empezaron por construir el Reino de Cristo dentro de cada uno de los miembros de la comunidad y dentro de la comunidad misma. Pero no podíamos hablar de un Reinado Social de Cristo cuando todas las estructuras de la sociedad misma perseguían y acallaban a sus seguidores.

Fue hasta siglos después donde pudimos hablar de una real presencia de la Verdad en cada una de estas estructuras, precisamente en la muy infame “Edad Media”.

Nos dice León XIII de la Edad Media:

“Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados. En aquella época la eficacia propia de la sabiduría cristiana y su virtud divina habían penetrado en las leyes, en las instituciones, en la moral de los pueblos, infiltrándose en todas las clases y relaciones de la sociedad”[i].

Esta, impregnó la cultura con el nacimiento  de las Universidades[ii] donde encontraremos el florecimiento de grandes talentos como lo fueron San Bernardo y Santo Tomás de Aquino.

Así mismo, impregnó el espíritu laboral con el florecimiento de las corporaciones artesanales donde el aprendiz se volvía artesano mediante una ceremonia religiosa y la relación jefe-empleado realmente era maestro-aprendiz, enfocando esta subordinación en el aprendizaje.

Impregnó también las milicias desde el esmero de la Iglesia en evangelizar a los bárbaros, enseñándoles a abandonar toda violencia injusta y enfocando esa capacidad militar en la búsqueda de la justicia, evolucionando así en lo que conocemos como la caballería: la fuerza armada al servicio de la Verdad.

Impregnó el arte con los estilos gótico y romano de sus catedrales, donde la “belleza es el esplendor de la Verdad”[iii]. De igual modo, impregna la política con reyes consagrados como representantes de Cristo en el orden temporal, donde destacamos grandes reyes santos como San Luis de Francia y San Fernando de España.

De esta manera, vemos entonces el Reinado de Cristo como una realidad bastante cercana, pero no olvidamos que existen dos grandes gritos constantes en representación de dos ciudades que, como el trigo y la cizaña, se encuentran mezcladas por todo el mundo.

Ahora bien, traído a colación el grito “Non serviam”, terminada la Edad Media llega el Renacimiento con una exagerada exaltación del hombre y lo que este puede por sí mismo, y busca opacar todo lo que fue el esplendor cristiano.

Es el Renacimiento quien nombra esta etapa de “gobernanza de la filosofía del Evangelio” como “Edad Media”, tratándola de simple puente entre lo que fueron los conocimientos clásicos y el posterior “renacer del hombre” de aquella “etapa oscura” que se encontró durante siglos.

Estos pensamientos se alinean con la muy nombrada revolución anticristiana, la cual el Papa Pío XII resume en 3 etapas cimentadas en el pensamiento renacentista:

revolución francesa anti cristiana
revolución francesa anti cristiana
  1. El rechazo de Lotero a Roma y la constitución jerárquica de la Iglesia, dejando al cristianismo en un Cristo sin cuerpo y creando un mar de divisiones dentro de los mismos cristianos donde podemos evidenciar hoy en día un sinfín de contradicciones. Hay que saber que la Verdad es una y única, luego ante cualquier contradicción entre dos afirmaciones al menos una de ellas ha de ser falsa, por lo que esta división solo pudo alejarnos de la Verdad.
  2. La Revolución Francesa y toda su cosmovisión, quienes a través de un auténtico genocidio buscaron reemplazar el cristianismo por una nueva religión enmarcada y limitada por la razón, desechando en consecuencia los misterios de la fe y negando a Cristo en su persona divina atribuyéndole el ser un gran personaje. Este pensamiento no comulgó con el Dios Uno y Trino, sino que se inspiró en el espíritu de la masonería y prefirió un dios desconocido y lejano, “el supremo arquitecto”. En esta nueva religión vemos una exaltación desmesurada de la naturaleza con una exclusión completa del orden sobrenatural.
  3. El Marxismo,[i] sangriento vástago de la Revolución Francesa. Debemos ver al comunismo principalmente como un fenómeno anti- teológico en su ateísmo militante, viendo en la religión un gran obstáculo, el “opio del pueblo” que no permite al mismo revelarse, busca desarraigar a Dios y su recuerdo de la sociedad sobre todo del corazón de los jóvenes, a quienes se propuso educar en el más profundo materialismo.

De este modo, vemos entonces en estas etapas un orden específico: sin Iglesia, sin Cristo y sin Dios.

Puramente, “no queremos que este reine sobre nosotros”, donde los campos de la realidad social previamente impregnados por la Verdad se ven privados de la misma, sobre todo el campo político, denominado por el Papa Benedicto XVI como un ámbito muy importante del ejercicio de la caridad,[i] pues son los gobernantes quienes dan forma entera al orden temporal. Este orden específico nos deja como resultado un hombre despojado de Dios en el cual Cristo ya no reina.

Esta revolución anticristiana nos trae un hombre lleno de telarañas en su cabeza. Primeramente, el más amplio Relativismo, pues “el tiempo de las certezas ha pasado irremediablemente”[ii] donde nos venden un Cristo que pasó de ser la Verdad a una mera opinión y no existe más verdad absoluta que la inexistencia de las mismas.

El naturalismo, donde el hombre se niega completamente a trascender, pues “la naturaleza se basta por sí misma” y pasamos a convertirnos en seres o bien completamente endiosados o completamente animalizados, concluyendo en el puro racionalismo el cual clausura la inteligencia del ser humano a toda verdad que lo trascienda.

Una completa pérdida del sentido de la existencia, pues el ser humano se desinteresa por completo de para qué vive o hacia dónde se dirige y cae en un complejo de frustración.

Habiendo terminado estas consideraciones, me devuelvo a la pregunta enunciada al principio de este artículo: ¿Qué debemos hacer nosotros al respecto?

La respuesta es simple, más no lo es su desarrollo: reconquistar los espacios perdidos. Reconquistar los corazones de los hombres que se niegan a que Cristo reine en ellos, y reconquistar todas las estructuras y dimensiones sociales, pues Él debe reinar en todas.

Debemos amar, amar sin medida. Amar a ese hombre alejado de Dios, evitando por completo mimarlo y confirmarlo en su actual situación (que sería lo mismo que odiarlo) sino amarlo siempre con la Verdad presente.

Es un hombre tirado por la revolución en el camino de la historia y nos compete ser los buenos samaritanos que le ayudan.

Lo peor de estar enfermo es no verse como tal”, pero nos corresponde no hacer caso y curar sus heridas. Es necesario que Cristo Reine en Él.

La Ciudad de Dios de San Agustín se proyecta en una época llena de adversidades, se encuentra con un Imperio en decadencia y rodeado de bárbaros dispuesto a destruirlo.

Caballero Cruzado
Caballero Cruzado

Debemos, pues, buscar la política del Padre nuestro: “Hágase Su voluntad así en la Tierra como en el Cielo.” Y dado que en el Cielo Su voluntad se vive a plenitud, no podemos en la tierra buscar un Reinado de Cristo basado en la mera fraternidad, sino uno unificado por completo bajo el único Rey: Cristo, quien debe vivir y reinar en los corazones de los hombres y en el orden temporal.

Debemos volcarnos a la cultura: fundar colegios católicos de verdad orientados siempre desde esta necesidad, al igual que universidades orientadas por completo a la creación y transmisión de diferentes conocimientos y técnicas a la luz de la Verdad.

Debemos orar, pues esta lucha es también espiritual y nuestras fuerzas no son suficientes. Debemos estudiar y así saber, por un lado, dar razón del cristianismo y, por el otro, conocer las ideas de las que se vale nuestro enemigo y cómo rebatirlas.

Nuestra inteligencia ha de recuperar la lucidez, pues no podemos ser luchadores empedernidos que no saben contra qué luchan; y nuestra voluntad ha de recuperar el coraje, pues no podemos ser meros conocedores pasivos de las problemáticas que nos rodean. Y debemos, además, hacer apostolado.

Nuestra generación debe, y merece, ser conquistada y enamorada de la Verdad revelada por nuestro Señor Jesucristo.

El combate está a nuestro alcance. Que el día del juicio sea según nuestras cicatrices y no según nuestras victorias. El enemigo es grande y aterrador, pero recordemos que a ninguno le es lícito permanecer ocioso[i]. El Señor vino a traer fuego al mundo[ii], es necesario ser nosotros fuego que enciende otros fuegos y el fuego no se deja impresionar por la cantidad de leña que tiene que quemar.[iii]

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[i] Gaudium et Spes, 4.

[ii] Quas primas, 15

[iii] Quas primas, 16c.

[iv] Es útil leer Gálatas capítulo 4 del 1 al 7 para ahondar en este punto.

[v] El misterio revelado de la verdad, https://www.razonmasfe.com/espiritual/el-misterio-revelado-de-la-verdad/

[vi] Annum Sacrum, 3.

[vii] De Civitate Dei, Libro XIV, cap. 28.

[viii] ¿Quién como Dios? Grito atribuido a San Miguel Arcángel.

[ix] ¡No te serviré! Grito atribuido a Lucifer. También se menciona en Jeremías 2, 20 en las traducciones derivadas de la Vulgata.

[x] Immortale Dei, 9.

[xi] Creadoras y transmisoras de cultura, Ex Corde Ecclesia, San Juan Pablo II.

[xii] Platón.

[xiii] “El Marxismo presupone todo un pasado cultural” Antonio Gramsci, refiriéndose al Renacimiento, la filosofía alemana, la Revolución Francesa, el calvinismo, la economía clásica inglesa, el liberalismo laico y el historicismo que se encuentra en la base de toda concepción moderna de la vida.

[xiv] Audiencia a los participantes en la Plenaria del Consejo Pontificio para los Laicos, 21/05/10

[xv] Fides et Ratio, 91.

[xvi] Christifidelis Laici, 3.

[xvii] Lc 12, 49.

[xviii] Reinaldo de Châtillon sobre el ejército de Saladino.

Imagen destacada: https://www.youtube.com/watch?v=2kjFr2j7VmE

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