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¿El ser humano hace que Dios cambie?

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Padre Henry Vargas
Escrito por Padre Henry Vargas
¡Difunde la cultura de la Vida!

El Antiguo y el Nuevo Testamento no se oponen, sino que se complementan; son dos partes distantes sólo cronológicamente de una misma unidad. El mismo Señor Jesucristo nos recalcó que el no vino a abolir el Antiguo Testamento ni para dejarlo sin vigencia, sino para llevarlo a cumplimiento o plenitud (Mt 5, 17-20).

¡Difunde la cultura de la Vida!

La gente tiene la concepción de que el Dios del Antiguo Testamento es terrible e incluso, para algunos, vengativo o castigador, fruto de una implacable justicia; y que el Dios del Nuevo Testamento es más bien misericordioso, excesivamente bueno. ¿Acaso Dios cambia con el tiempo? ¿El ser humano lo hace cambiar?

La ‘diferencia’ entre el Dios del Antiguo Testamento y el Dios del Nuevo Testamento, se basa en tres motivos:

1.- El primer motivo está en el hecho de que el ser humano no comprende fácilmente todos los atributos de Dios. Y entonces Dios, revelándose al ser humano, le manifiesta aquellos atributos que él necesita conocer en un determinado momento de la historia en espera de que él alcance una suficiente madurez para que descubra los demás atributos divinos.

Para el ser humano antes de Cristo, el atributo divino de la justicia es quizás el atributo más fácil de comprender y aceptar, por el cual Dios da a cada quien lo que le corresponda, castigando a los malos y premiando a los buenos. Mientras que el atributo divino del amor sería quizás para el mismo ser humano del Antiguo pueblo de la alianza el más difícil de entender de los atributos, porque en su miseria no asimilaría fácilmente que un ‘Ser’ infinito y omnipotente como es Dios, se interese por él, piense en él, que lo llame, en un contexto de amistad, a relacionarse con Él, e incluso que quiera sacrificarse por él.

A pesar de todas las infidelidades de la humanidad, la fidelidad de Dios “permanece para siempre» (Sal 117, 2). Por eso, «cuando se cumplió el tiempo establecido» (Gál 4, 4), Dios envió a su mismo Hijo, a fin de hacernos pasar «de la muerte a la Vida» (Jn 5, 24). Y esto, «no por las obras de justicia que habíamos realizado, sino solamente por su misericordia» (Ti 3, 5).

Y he aquí el porqué Dios, en su sabiduría, quiso primero revelar a la humanidad de modo más enfático el atributo de su justicia y luego aquel de su amor, de su misericordia.

Dicho de otra manera, la supuesta diferencia que salta a la vista entre los dos testamentos radica en la manifestación de los atributos divinos: Dios subraya más o menos intensamente uno u otro de sus atributos según la situación y el grado de madurez del ser humano al cual se dirige.

En este sentido podemos decir que en el Antiguo Testamento Dios manifestó más su justicia, su faceta de legislador y de educador, con la debida contundencia; pero como la antigua alianza perdió vigencia, pues necesitaba ser perfeccionada, Dios tuvo que pensar en una nueva y eterna alianza (el Nuevo Testamento) donde Él manifestara más su amor y su misericordia.

Es por esto que mientras que la Antigua alianza había sido establecida con un Pueblo específico (el pueblo de Israel), la Nueva se extiende a todos los pueblos. Mientras que la Antigua era temporal, la Nueva es definitiva y eterna. Mientras que la Antigua alianza fue promulgada por medio de Moisés y concretada en unas “tablas” de piedra, la Nueva está establecida, desde el amor, por Jesús, Dios con nosotros, en su propia persona, estableciendo un vínculo indestructible entre Dios y la humanidad; vínculo que fue sellado, por amor, con su sangre derramada en la cruz. 

De manera que esta Nueva Alianza, al mismo tiempo que renueva, perfecciona y lleva a plenitud la Antigua, la trasciende y le confiere un carácter especial pues es un nuevo pacto de amistad que transformó radicalmente las relaciones de Dios con la humanidad.

2.- El segundo motivo está en la revelación progresiva de Dios al ser humano. La ‘diferencia’ entre el Dios del Antiguo Testamento y el Dios del Nuevo Testamento, radica en que la Biblia es la revelación progresiva de Dios. La revelación progresiva que hace Dios de sí mismo a través de eventos históricos y a través de su interacción con la humanidad a lo largo de la historia, contribuye a la idea errónea acerca de cómo es Dios en el Antiguo Testamento, y de cómo es Él en el Nuevo Testamento.

Sin embargo, cuando uno lee como se debe ambos testamentos, se hace rápidamente evidente que Dios no es diferente de un Testamento a otro, y que la “ira”, la “dureza” y la justicia de Dios, así como su amor y misericordia están revelados y palpables en ambos Testamentos.

Por ejemplo, a través del Antiguo Testamento, se declara que Dios es “misericordioso y piadoso, lento para la ira y grande en misericordia y verdad” (Éx 34, 6; Nm 14, 18; Dt 4, 31; Ne 9,17; Sal 86,5; Sal 86,15; Sal 108,4; Sal 145, 8; Jl 2,13). Y en el Nuevo Testamento, vemos el juicio de Dios en acción, vemos a Dios drástico y severo (Jn 2, 13-16); duro con los fariseos (Mt 23, 13-27), contundente con quien lo traiciona (Mt 26, 24); enfadado con quien escandaliza a los pequeños (Mt 18, 6), exigente con los que ‘dicen’ ser sus discípulos (Mt 7, 23), etc. “La ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen la verdad” (Rm 1, 18). 

3.- El tercer motivo es la pedagogía de Dios. Dios trata al ser humano o se relaciona con él más o menos como lo hace un padre de familia con sus hijos a medida que van creciendo; de un modo cuando son chicos, y de otro cuando ya son adultos.

Un padre de familia, cuando sus hijos son niños o adolescentes, enfatiza más sus exigencias, sus orientaciones e incluso sus regaños porque los niños están en formación y el padre los tiene que educar. Cuando los hijos ya son adultos o ya están formados, el padre enfatiza más su amor: amor que anima, que acompaña y apoya. Y a lo largo de toda la vida de los hijos, el padre de familia siempre estará por ellos, estará pendiente de ellos y se interesará por ellos.

En el Antiguo Testamento al ser humano que es más –perdonen la expresión– rústico y primitivo, por definirlo de alguna manera, Dios reveló más su justicia, su rol de educador y de legislador que su amor; luego, después de haberlo ‘refinado’ o educado, Dios, en el  Nuevo Testamento, le manifestó más su misericordia. La manifestación gradual de los atributos de Dios hace parte  de su pedagogía.

Las personas que no conocen la Palabra de Dios a profundidad no comprenden que tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento son Palabra de Dios; que el uno no puede contradecir al otro, porque Dios no se contradice a Sí mismo, ni cambia de convicciones.

El Antiguo y el Nuevo Testamento no se oponen, sino que se complementan; son dos partes distantes sólo cronológicamente de una misma unidad. El mismo Señor Jesucristo nos recalcó que el no vino a abolir el Antiguo Testamento ni para dejarlo sin vigencia, sino para llevarlo a cumplimiento o plenitud (Mt 5, 17-20).

Indudablemente Dios es siempre el mismo, actúa siempre igual tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento; Él es inmutable. Él es el único ‘ser’ que no cambia nunca en ningún sentido (Jn 8, 58). Tanto en un testamento como en el otro, Dios mantiene sus mismos atributos. Si Dios cambiara en su esencia dejaría de ser Dios. En Dios no “hay mudanza, ni sombra de variación” (Stgo 1,17). 

Y como sabemos que Jesús es el rostro de Dios (Jn 14,9) pues sabemos que Dios siempre es el mismo pues su hijo “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos” (Heb 13, 8). Jesús no habla sólo del Padre, sino que es la revelación misma de Dios, porque es Dios, y así nos revela el rostro de Dios. San Juan en el prólogo de su evangelio escribe: «A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre, él lo ha contado» (Jn 1,18). Dios es pues siempre el mismo a lo largo y ancho de toda la Historia de la Salvación. Dios es Justo y exigente, amoroso y misericordioso tanto en un testamento como en otro.  

P. Henry Vargas Holguín.


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