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Familia

¿Qué es realmente repugnante: tolerar la homosexualidad o rechazarla?

Gerlein
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Escrito por Redacción R+F

El profesor David Carlin  ha publicado recientemente una interesante columna de opinión en The Catholic Thing, la cual ha sido traducida por Infovaticana.

Carlin recuerda hace no mucho tiempo, como profesor universitario, la repugnancia que generaba la «conducta homosexual» era suficiente para cerrar cualquier discusión al respecto. 

[Cuando preguntaba] «¿Qué tiene de malo la homosexualidad?»…La pronta respuesta de las estudiantes fue siempre la misma: «Es repugnante».

Eso prácticamente acababa con la discusión en la clase. Si trataba de prolongar la discusión preguntando, «Pero por qué es asqueroso», la respuesta sería «Simplemente lo es» o «¿No es obvio?»

El profesor que se retiró de la enseñanza hace dos años, muestra cómo ha cambiado la percepción sobre el tema, suponiendo lo que pasaría si hiciera la misma pregunta hoy:

[si] hiciera esa pregunta, me dirían: «No seas tonto. No hay nada malo con la homosexualidad.»  

Supongamos que intento prolongar la discusión diciendo: «Hay algunas personas, ya sabes, que piensan que el sexo entre gays y lesbianas es repugnante». 

«Bueno», me dirían, «esa gente es homofóbica, odia».

Explica además que si intentara seguir con esa conversación, seguramente enfrentaría un espíritu de «justa indignación de sus estudiantes», sería denunciado ante el rector y por las leyes antidiscriminación sería investigado y posiblemente despedido, o al menos, se le exigiría una declaración pública de aceptación de la homosexualidad.

El argumento de la repugnancia

Volviendo a Carlin, él recuerda la importancia que tenía la «repugnancia» para calificar ciertas prácticas.

En los escritos ingleses de finales del siglo XIX y principios del XX, los autores se referían a la homosexualidad llamándola como «el «vicio antinatural», o si el escritor era algo así como un erudito clásico, el «vicio griego»».

Muchos eruditos eran platónicos, pues amaban las ideas y los escritos de Plantón, pero también eran cristianos y por eso resentían que el griego fuera tolerante con la pederastia.

Un gran historiador y político victoriano como Lord Acton, universalmente conocido por acuñar la frase «El poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente», se refería en sus libros a las relaciones homosexuales del Rey Jaime I de Inglaterra, con la frase «la odiosa suciedad de su vida privada».

Claro que la homosexualidad no era lo único que le repugnaba a los victorianos. También el aborto, la embriaguez o la prostitución:

Al igual que la prostitución. El borracho no era, como solemos verlos ahora, un desafortunado hombre (o mujer) preso de una enfermedad sobre la que tiene poco control.

No, para los victorianos era un ser humano repugnante, una desgracia para la raza humana. Al igual que la prostituta.

Ella era a los ojos victorianos un repugnante ejemplo de la humanidad caída. Y lo era no sólo a los ojos de las vírgenes y las matronas castas, sino también a los ojos de los hombres casados y solteros que la usaban y le pagaban.

Los victorianos también estaban disgustados por el aborto y por los médicos que lo practicaban.

– David Carlin

Pero el asco que sentían por la vida de estas personas no impedía que trataran de ayudarlos, de redimirlos.

«El despertar de la conciencia» de William Holman Hunt, 1853 [Tate, London].

Hunt representar a un hombre con su amante, en el momento de una súbita revelación espiritual. Levantándose del regazo de su amante, ella mira el destello más allá del jardín, el cual se ve reflejado en un espejo a sus espaldas. La imagen del espejo representa la Inocencia perdida de la mujer, pero el rayo de luz en el primer plano, indica que la redención también es posible.

Los esfuerzos del Primer Ministro Gladstone por rescatar a las mujeres de la prostitución y llevarlas a una vida honesta, son testimonio de ello.

Precisamente el movimiento inglés por la templanza, que se desarrolló durante la era victoriana no sólo para ayudar a «las esposas e hijos de los borrachos, sino también en beneficio del propio borracho».

En menos de dos décadas el mundo se ha vuelto al revés

En Colombia ha pasado algo similar. Hace no mucho tiempo era obvio que la «homosexualidad» no era buena sino una forma de sexualidad antinatural y desviada, pero lo «único» que se quería con la agenda gay era que los homosexuales pudieran vivir sin miedo y bajo las mismas condiciones de los demás: a nadie tendría por qué afectar el triunfo de la agenda gay, o en términos castizos «¿a usted por qué le va a importar, en qué le afecta?».

Poco tiempo después de que la Corte Constitucional impusiera dictatorialmente la idea de que la homosexualidad «es una opción válida» (en la sentencia C-75 de 2007), la sociedad civil «ilustrada» hizo saber su repudio contra el senador conservador Roberto Gerlein, por decir que el sexo homosexual era «sucio, excremental«:

Y la verdad es que el senador Gerlein fue uno de los menos conservadores de su partido, desde el comienzo de su vida política, pues lideró al sector de su partido que en 1975 apoyó la introducción del divorcio en Colombia (Ley 1a de 1976).

Pero durante el largo periodo de tiempo que Gerlein sirvió en el Congreso, la élite «ilustrada» del país cambió y superó su progresismo en materia de familia, hasta el punto que tuvo que sufrir la violencia «justificada» que toda sociedad tolera contra quienes ofenden sus principios morales fundamentales, hoy completamente «homosexualizados»:

Gracias a un escrito de la Corte Constitucional, la moral social cambió de considerar legítimamente la homosexualidad como algo repugnante o degradante, a no sólo aplaudir y celebrar la homosexualidad, sino a considerar verdaderamente repugnante a quien no celebre la homosexualidad, junto con su nueva moral social.

La homosexualidad es ahora «buena y hermosa», hace las familias más «abiertas y tolerantes», y es el modelo de familia que más se acerca a los ideales democráticos: absoluta igualdad de género y esterilidad garantizada, es decir, cero violencia de género y cero embarazos (o niños) no deseados.

Algo similar está pasando con el aborto: de ser algo repudiable, se está tratando de convertir en algo «sagrado».

La prostitución y el aborto, gracias también a nuestra infame Corte Constitucional, van en camino de recibir el máximo «honor» que cualquier conducta puede recibir en una sociedad moralmente relativista: su reconocimiento como supuestos «derechos fundamentales».

Carlin concluye su reflexión con una conclusión valiente y desafiante, que debería ser la de cualquier católico con buena formación moral:

Para terminar, permítanme decir algo que probablemente haría que me despidieran si todavía estuviera enseñando.

Encuentro la homosexualidad repugnante.

Encuentro la embriaguez repugnante.

Encuentro la prostitución repugnante.

Encuentro la adicción a las drogas repugnante.

El aborto me parece repugnante.

En cuanto a la gente que no encuentra estas cosas repugnantes, yo las encuentro repugnantes.

David Carlin es profesor de sociología y filosofía en el “Community College” de Rhode Island y autor de “El Ocaso y caída de la Iglesia Católica en America”.

David Carlin

Fuente: El argumento de la repugnancia | Infovaticana Blogs

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