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Espiritual Fe

Sermón para católicos tradicionales. Solemnidad de la Inmaculada Concepción

Por medio de una mujer, Eva, el hombre pecó; y por una mujer, María, el hombre recibirá la redención. Es este el origen del misterio de la Inmaculada Concepción. El origen del canal de la gracia que nos legó la humildad encarnada, a tal punto, que quiso, no solo hacerse hombre, sino nacer de su mismo género.

“Y al sexto mes, el Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David, y el nombre de la Virgen era María. Y habiendo entrado el Ángel donde estaba María, le dijo: ‘Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres'”

Del Santo Evangelio según San Lucas (1, 26-29)

R.P Javier Olivera Ravasi (Orden de San Elías)

Introducción.

Durante todo el camino, la pequeña Bernardette repetía la frase que “aquero”, esa cosa, le había dicho en dialecto patois “Que soy-era, la Inmaculada Concepciou”. Llegando a la casa del cura de Lourdes, entonces, dijo, sin saber: “¡Que soy-era, la Inmaculada Concepciou!”.

Era el año 1858, en un pueblito perdido de Francia, cercano a los Pirineos. Cuatro años después de la declaración del dogma de la Inmaculada Concepción, dogma declarado tal por el Papa Pío IX pero, creído desde los primeros siglos, por la Iglesia: aquella que había recibido en su seno al mismo Hijo de Dios, Segunda Persona de la Santísima Trinidad que, asumiendo una naturaleza humana, iría a encarnarse y a “arremangarse” para pagar la deuda contraída por nuestros primeros padres: Adán y Eva.

Por medio de una mujer, Eva, el hombre pecó; y por una mujer, María, el hombre recibirá la redención. Es este el origen del misterio de la Inmaculada Concepción. El origen del canal de la gracia que nos legó la humildad encarnada, a tal punto, que quiso, no solo hacerse hombre, sino nacer de su mismo género.

Aquella que sería la portadora de la Sabiduría eterna, esa de la que nos hablaba recién el libro de los Proverbios, merecía en atención a los méritos de su Hijo, también ella, ser preservada del pecado original, preservada de toda mácula, de toda mancha.

Este 8 de diciembre la Iglesia celebra la Solemnidad de la Inmaculada Concepción, doctrina de origen apostólico que fue proclamada dogma por el Papa Pío IX el 8 de diciembre de 1854 con la bula Ineffabilis Deus.

¿Cómo afectó el pecado original a los hombres?

El varón fue creado con destino laboral, físico: cultivar el jardín de Edén, mientras que la mujer, para un destino amoroso, espiritual: ser amiga del varón. Son dos destinos distintos: uno, hacia afuera, a la acción exterior y otro. hacia adentro, hacia lo espiritual.

Ella, Eva, o la mujer, será más afín a lo espiritual, a lo angélico (es por ello que prefiere tentar, primero, a Eva, por ser un adversario potencialmente más peligroso), mientras que Adán será más rústico, más carnal; Adán es amasado del barro y Eva es sacada de una costilla de Adán. La carne de Adán es ya, materia humana, no materia inerte, y, a consecuencia de eso, Eva tiene, desde el principio, una complejidad espiritual mucho mayor.

Si uno comparara, es como si el hombre –dice el P. Horacio Bojorge S.J.– fuese como un antiguo Ford Falcon mientras que la mujer como un Boeing 747. Uno es una máquina sencilla, el otro, hace falta un curso para entenderlo.

La mujer está hecha para ser compañera del varón, por eso, el varón que la ama es como un espejo donde ella se puede mirar, y así como ella no puede arreglarse sin tener un espejo delante, tampoco puede acomodar su alma sin mirarse en el espejo del oído de su esposo: necesita que su esposo la refleje para conocer su imagen interior.

La mujer es, ante todo, maestra de amistad para el hombre.

En el designio de Dios, Eva es para Adán, no Adán para Eva. Esto a las feministas las pone mal, pero no debería ser así: siempre Dios pone lo más noble, lo más perfecto al servicio de lo menos perfecto, así como pone a los ángeles de la guarda al servicio del hombre, pone a la mujer. Por eso, el ser de Eva es, también, un ser de relación: se perfecciona con su esposo; porque no fue hecha para cultivar el Jardín del Paraíso sino para ser la amiga del jardinero.Y de allí vendrán, también, las penas de Eva, pues será atormentada por los amores de esposa y madre.

Por el conocimiento del bien, Eva se va a encender el amor. Pero, por el conocimiento del mal, la asaltarán el miedo, la tristeza y la ira. Y, ella, estará desgarrada entre sus amores y sus tristezas, sus miedos y sus iras. Deseará amar y ser amada y, justo por ello, sus penas serán siempre en torno al miedo, la ira y la tristeza, tres reacciones ante el mal cuando se nos quitan o podemos perder nuestros bienes.

“Parirás a tus hijos con dolor y el hombre te dominará”, dijo Dios a la mujer.

Es en la Nueva Eva, en la Virgen Santísima en donde no se dará ni el pecado original ni las penas merecidas al pecado. Ni parto doloroso, ni dominación del hombre, sino, todo lo contrario, un dulce engendramiento y una libertad propia de los hijos de Dios, libertad completa basada en la perfecta obediencia que supo decir el sí, el FIAT a Dios, sin dudarlo.En esta solemnidad de la Inmaculada Concepción, pidámosle a Nuestra Santa Madre que nos preserve ella, con la gracia de su Hijo, de aquellos pecados a los cuales nos encontramos inclinados por naturaleza caída. Ella pisó la cabeza de la serpiente y puede hacer de nosotros, también, hijos nuevos del nuevo Adán.

Sobre el Autor

Carlos Andrés Gómez Rodas

Carlos Andrés Gómez Rodas

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