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Lo que encontré en los ojos de Jesús

En la puerta de Jerusalén, como género humano, nos encontramos con Jesús. El Hijo de Dios llegó el domingo, al medio día, para cumplir su última cita con el mundo terrenal. Lo hizo montado sobre un asno dócil, derrochando simpatía y gratitud. No salió una palabra de su boca; para Él, el silencio era más elocuente. Abrimos el corazón y saltaron lágrimas de nuestros ojos. Solo pudimos encontrarnos con Jesús, a través de su mirada.

Observamos nostalgia, determinación y seguridad; nos deleitamos con  la belleza de un hombre calmado que irradiaba paz en medio del bullicio. Este varón fuerte y amable sonreía, mientras las hojas de palma que caían a manera de alfombra sobre el suelo, ennoblecían el momento.

Vítores, gritos de júbilo… El mundo en una de sus expresiones más conocidas: el ruido. Jesús regalaba su ternura, esa que recogía el dolor de millones, la ignorancia de hombres “doctos”, la impotencia de quienes celebraban la llegada del Mesías a su ciudad. Como respuesta al frenesí popular, Dios daba una lección de humildad.

Los primeros días de esa última semana los vivió en la intimidad del hogar. Jesús estuvo preparándose para la Pascua con sus discípulos, rodeado de quienes más lo amaban. A pesar de la inminente amenaza que representaba su estancia en la ciudad, y sabiendo de antemano que el sanedrín podía mover todas sus influencias para detenerlo, el hijo de María jamás perdió la calma. Sus ojos, siendo voz muda del alma, agradecían cada instante con amor y sencillez.

A partir de la mañana del jueves, en la expresión de la mirada del Maestro, como era llamado por sus amigos más cercanos, empezamos a ver cómo la palabra Compromiso se transformaba en Testimonio. Seríamos testigos de la mayor gesta de Amor que ha conocido el Universo. Jesús de Nazaret iba a asumir en carne propia los pecados de la Humanidad; los que se habían cometido hasta entonces y los que se cometerían después, incluso aquellos que ensuciarán el final de los tiempos. La prueba que le había encomendado el Padre Celestial debía ser superada.

En la tarde-noche de ese día, ya en el Cenáculo, sus ojos mostraron la infinita grandeza de un Dios que se quedaba para siempre con nosotros: justo cuando compartió el pan y el vino con quienes estaban sentados a la mesa con Él, el misterio profundo de la transubstanciación fue evidente para todos. Desde ese instante, como Sacerdote, Jesús dio inició a una nueva relación con la humanidad, pues el pan y el vino de la Última Cena se transformaron en Su Cuerpo y en Su Sangre, los mismos que serían entregados como Sacrificio en la Cruz.

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Cuando Judas Iscariote abandonó el lugar, para acometer el acto final de su traición, la mirada de Jesús se llenó de pesar, un pesar que removía las entrañas y el alma, porque Él conocía de antemano las consecuencias de las acciones del discípulo que lo había vendido por míseras 30 monedas de plata.

Minutos después, en Getsemaní, Jesús lloró amargamente y sudó sangre, mientras elevaba una oración al Padre Eterno en el Huerto de los Olivos. En su mirada se reflejaba la generosidad infinita de su gesta. Sin importar la angustia y la humana inquietud que sentía por su destino, asumió con valor la muerte cruel que le esperaba. Cuando terminó de orar, pidió a Pedro, Juan y Santiago que lo acompañaran a la cima del Tabor, y allí se unieron pasado, presente y futuro. En la transfiguración, Moisés y Elías también fueron testigos del cumplimiento de las Escrituras y observaron cómo Jesús brilló infinitamente, irradiando el Amor de Dios a través de su cuerpo. En esos minutos, en la mirada de Jesús, presentado por el Padre Eterno como Su Hijo Amado, se pudo contemplar a Dios mismo.

Al bajar del Tabor, Jesús es detenido. Empieza a vivir sus últimas horas en la Tierra. Por sus ojos pasaron imágenes que resumen la historia de la Humanidad: lo mejor y lo peor de lo que somos capaces de hacer los seres humanos fue visto por el Cordero de Dios en el Gólgota, donde fue sacrificado para salvarnos. Con Él, Dimas y Gestas, ladrones  justamente condenados, compartieron un diálogo que marca el camino hacia el Paraíso. Dimas pidió perdón y nos enseñó a vivir con grandeza la agonía; por su parte, Gestas se condenó dominado por la ciega soberbia.

Verdadero Dios y Verdadero Hombre, Jesucristo, resucitó al tercer día, y nos mostró en su mirada la Misericordia de Dios, quien nos ha preparado el Paraíso, que se abrió para la Humanidad con el triunfo de la Vida sobre la muerte, del Bien sobre el mal, del Amor sobre el odio, de la Fe sobre la duda. Un Paraíso que se gana en esta Tierra, haciendo buen uso de la Libertad, abrazando la Gracia y siguiendo los pasos de Jesús.

En esta Semana Santa acércate a la Vida, Pasión y Muerte del Señor Jesús. Rememora el sacrificio de Cristo en la Cruz, y celebra la Resurrección de Jesucristo. Lee el Evangelio: en sus páginas confirmarás y encontrarás lo que Pedro dijo:

—«Señor, ¿a quién iremos? Sólo Tú tienes Palabras de Vida Eterna».

Sobre el Autor

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Francisco José Tamayo Collins

Licenciado en Filosofía y Humanidades. Publicista. Especialista en docencia universitaria. Escritor por vocación, guionista y periodista por convicción. Profesor universitario. Amante de la radio online, dirige el programa “Voces en la Periferia”, que transmite por La Sergio Radio. Columnista de opinión en varios portales digitales colombianos. Como sobreviviente de un experiencia cercana a la muerte, desea compartir su testimonio, a través de medios alternativos de evangelización como Razón+Fe.

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