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Actualidad

Un año josefino

San José y el Niño
Alejandro Usma
Escrito por Alejandro Usma

El 8 de diciembre de este año se cumplirán 150º años de la proclamación de san José como patrono de la Iglesia Católica, por parte del beato papa Pío IX, y acaban de cumplirse treinta años de la exhortación apostólica Redemptoris Custos, de san Juan Pablo II, sobre la figura y la misión de san José en la vida de Cristo y de la Iglesia.

Una efeméride tal, reviste para el pueblo católico una vital importancia, pues san José tiene por privilegio y misión principal el haber sido elegido por Dios para ser el guardián de la Sagrada Familia y el Custodio del Redentor, de lo que se deriva que fue, ciertamente, ministro de la salvación, misterio al que estuvo asociado íntimamente por haber sido el padre legal de Jesucristo,  su modelo y ejemplo de hombre, de creyente, de trabajador.

Hoy se viven también tiempos difíciles en el mundo y en la Iglesia. Las heridas causadas por el escándalo de muchos de sus miembros; la relajación de las costumbres, la falta de santidad en los ministros, la falta de coherencia de vida en los bautizados, son ataques frecuentes del enemigo que quiere destruir la Iglesia de Cristo.  Frente a este panorama, resulta consoladora la figura de san José, elegido por Dios y dotado de todas las virtudes y cualidades de un hombre que con libertad  responde a la vocación a la que fue llamado: ser un hombre, un padre y un esposo, según la voluntad de Dios.  

En el decreto Quemadmodum Deus, en el que el papa Pío IX proclama el patronazgo de san José sobre la Iglesia, afirma el pontífice: «la Iglesia, después de la Virgen Santa, su esposa, tuvo siempre en gran honor y colmó de alabanzas al bienaventurado José, y a él recurrió sin cesar en las angustias».  En esta hora de angustias, entonces, sentimos que es necesario volver a mirar a san José para pedir su intercesión e imitar sus grandes virtudes.

En tiempos más recientes, san Juan Pablo II regaló a la Iglesia una encíclica sobre la misión y la figura de san José en la vida de Cristo y de la Iglesia: Redemptoris Custos (1989)  En ella el papa Wotyla exponía cómo san José es depositario del misterio de Dios por haber sido asociado con su sí y su obediencia silenciosa pero presta a la voluntad divina ejerciendo su papel desde su servicio como padre legal del Redentor, fungiendo en verdad como tal al otorgarle el nombre (Cfr. Mt 1, 21), estar presente en los sucesos más importantes de su vida, y haberlo mantenido y educado (Lc 2, 51).

Como varón justo, que así llama la Escritura a quienes son agradables a Dios, aunque no pronunció palabra, hizo todo lo que el Señor le mandaba (Cfr. Mt 1, 24) presentado así la obediencia de la fe, y su sometimiento transparente a la voluntad de Dios, lo que lo capacitó no solo para ser el esposo de la Virgen Madre del Señor, sino comprender junto a ella y con ella su entrega total a Dios.

Como hombre, hizo del trabajo una fuente no solo de sustento para su familia, sino de santificación personal y de su hijo y su esposa.  En los años de la vida oculta de Jesús, muy seguramente llevaba una vida normal con su familia en Nazaret, aprendiendo de José la responsabilidad y el valor del trabajo, como lo atestigua el evangelio: «Bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos» (Lc 2, 51). En este campo, como lo afirmaba el papa san Pablo VI, «San José es el modelo de los humildes, que el cristianismo eleva a grandes destinos; san José es la prueba de que para ser buenos y auténticos seguidores de Cristo no se necesitan «grandes cosas», sino que se requieren solamente las virtudes comunes, humanas, sencillas, pero verdaderas y auténticas» (Pablo VI, Alocución del 19 de marzo de 1969).

En la vida interior debió vivir en íntima comunión con Dios todo el tiempo y su silencio exterior es muestra de ello.  Como afirma san Juan Pablo II en Redemptoris Custos, “el silencio de José posee una especial elocuencia: gracias a este silencio se puede leer plenamente la verdad contenida en el juicio que de él da el Evangelio: el «justo» (Mt 1, 19)”.  (Cfr. Redemptoris Custos No. 17).

Hoy como nunca urge, entonces, volver la mirada a san José sin que Cristo deje de ser el centro, para volver a encontrar en él como modelo de hombre, esposo, padre y trabajador, el aliciente que nos ayude a caminar bajo la mirada amorosa de Dios.  En san José encontramos modelo de perfección y auxilio eficaz de intercesión, sobre todo por la familia, tan atacada por las nefastas ideologías que pretenden desfigurarla y borrar su misión en la sociedad.

En su carta Redemptoris Custos, dice san Juan Pablo II:

Hace ya cien años el Papa León XIII exhortaba al mundo católico a orar para obtener la protección de san José, patrono de toda la Iglesia. La Carta Encíclica Quamquam pluries se refería a aquel «amor paterno» que José «profesaba al niño Jesús»; a él, «próvido custodio de la Sagrada Familia» recomendaba la «heredad que Jesucristo conquistó con su sangre». Desde entonces, la Iglesia —como he recordado al comienzo— implora la protección de san José en virtud de «aquel sagrado vínculo que lo une a la Inmaculada Virgen María», y le encomienda todas sus preocupaciones y los peligros que amenazan a la familia humana. Aún hoy tenemos muchos motivos para orar con las mismas palabras de León XIII: «Aleja de nosotros, oh padre amantísimo, este flagelo de errores y vicios… Asístenos propicio desde el cielo en esta lucha contra el poder de las tinieblas …; y como en otro tiempo libraste de la muerte la vida amenazada del niño Jesús, así ahora defiende a la santa Iglesia de Dios de las hostiles insidias y de toda adversidad» (Cfr. León XIII, «Oratio ad Sanctum Iosephum», que aparece inmediatamente después del texto de la Carta Encícl. Quamquam pluries (15 de agosto de 1889).  Aún hoy existen suficientes motivos para encomendar a todos los hombres a san José.  (Cfr. Juan Pablo II, Redemptoris Custos, No. 31); sobre todo de cara al bello encargo de la paternidad, de la virilidad y de la obedencia a Dios y a su Iglesia.

Por todo esto y ante la apremiante necesidad de reivindicar la verdadera figura del varón de Dios y el papel preponderante de la familia, los católicos todos deberíamos pedir a la Iglesia y su cabeza, el Papa, la proclamación de un año dedicado a san José en toda la Iglesia, con motivo del aniversario 150 de su patronazgo, que sea motivo de reflexión pastoral y de súplica de su intercesión.

Sobre el Autor

Alejandro Usma

Alejandro Usma

Docente. Lector empedernido. Admirador de la cultura clásica, del arte, de la música y del buen vino.

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