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¿La paz mundial viene de Dios o es mérito humano?

Paz mundial
Escrito por Padre Henry Vargas
¡Difunde la cultura de la Vida!

Como el cristianismo no solo incluye y valora los dones sobrenaturales sino también vela por el respeto de los preceptos de la ley natural, consignados en los diez mandamientos, creo que sea imposible una paz auténtica y duradera que no sea religiosa, o que excluya a Dios.

¡Difunde la cultura de la Vida!

Cuando las naciones y/o las personas no se sienten obligadas a respetar la vida de las demás y su derecho a procurarse los medios de subsistencia, cuando no ven algún obstáculo o freno moral a la sed de dominio o de supremacía, nunca habrá paz mundial pues buscarán por todos los medios conseguir egoístamente sus intereses: el mayor grado de bienestar y de poderío.

Y si para eso piensan en recurrir a la guerra, no lo pensarán dos veces a menos que exista una seria posibilidad de perderla. En este caso, como es evidente, prima la ley del más fuerte. En el momento en el cual uno de los dos antagonistas ve posible abatir al adversario, no dudará en desencadenar la guerra. Así lo demuestra la historia de las guerras a lo largo de todos los tiempos.

Nunca ha habido un período en la historia de la humanidad en el que, en algún lugar del mundo, alguien no esté en conflicto con alguien; siempre habrán naciones y personas en guerra, o peleas locales entre clanes y tribus, o guerras mundiales involucrando a decenas de naciones, etc.

No es de extrañar que las guerras, los conflictos y los hechos de violencia se den hasta el fin de los tiempos; Jesús lo ha anunciado (Mt 24, 6-7).

Si Jesús en el evangelio prevé, antes del fin del mundo, guerras, es precisamente por el conocimiento que Él tiene del futuro; Él sabe que los seres humanos violarán siempre tanto la ley natural (la justicia perfecta), como la ley de la caridad. Leyes dadas al hombre por Dios.

El sentido común, apelando a la racionalidad del ser humano, debe buscar evitar el mayor número de guerras, bajarle a la intensidad de las mismas, eliminar efectos colaterales y parar las que hay en curso.

¿Cuándo habrá realmente una paz mundial y duradera? La paz mundial y duradera se dará, primero que todo, cuando se entienda el verdadero sentido de la palabra ‘PAZ’.

Hemos visto en los últimos decenios que los Papas se han dirigido especialmente para año nuevo, jornada mundial de la paz, a todas las personas de buena voluntad, sin hacer distinción entre cristianos y no cristianos, para invitarlos a orar y/o a interesarse por la paz del mundo. ¿Pero la paz que debe reinar en el mundo debe venir de Dios?

O, formulada la pregunta de otra manera, ¿es posible evitar las guerras o los conflictos internacionales prescindiendo de la voluntad divina? ¿Puede haber, por decirlo así, una paz mundial laica con argumentos meramente humanos?

Para responder a estas preguntas es necesario aclarar qué es la paz. La paz mundial no es la imposición de la ley del más fuerte, no es un tenso equilibrio de fuerzas antagónicas, no es neutralizar o desarmar al contrincante, no es un acomodamiento en el propio bienestar, como tampoco es la simple ausencia de conflictos.

¿Qué es entonces la paz? La paz no es sólo un equilibrio entre los intereses materiales que debe haber entre las partes sino, más bien, un bien de tipo profundamente humano y, en consecuencia, de naturaleza racional y moral, fruto de la virtud y de la verdad.

La paz resulta del dinamismo de las voluntades libres, guiadas por la razón hacia el bien común a alcanzar en la verdad, la justicia y el amor. De esta manera la paz se basa en la decisión de la conciencia de las personas de buscar la armonía que debe haber en las relaciones mutuas, respetando la virtud de la justicia y los derechos humanos fundamentales inherentes a toda persona. No se ve cómo este orden moral podría prescindir de Dios, fuente primera del ser, bien supremo y verdad esencial.

Como el cristianismo no solo incluye y valora los dones sobrenaturales sino también vela por el respeto de los preceptos de la ley natural, consignados en los diez mandamientos, creo que sea imposible una paz auténtica y duradera que no sea religiosa, o que excluya a Dios.

En la Biblia la palabra «paz» se encuentra constantemente asociada a la idea de bienestar, armonía, dicha, solidaridad, concordia, salvación, justicia, como el bien por excelencia que Dios, “el Señor de la paz” (2 Tes 3, 16), da ya y promete en abundancia: «Voy a derramar … la paz como río» (Is 66, 12).

Para que todo esto sea realidad, Dios quiere que la paz mundial venga necesariamente de la sana y fructífera convivencia entre todas las personas de buena voluntad. Bien lo decimos en el himno litúrgico del gloria, del siglo II:

“Gloria in excelsis Deo, et in terra pax hominibus bonae voluntatis”.

Las personas de buena voluntad son las que tienen un sentido de trascendencia, las que creen correctamente en Dios, las que quieren hacer su Voluntad.

La paz no es fruto de esfuerzos exclusivamente humanos. La paz mundial, la paz perfecta, ya sea entre naciones ya sea entre personas, tiene que ver con Dios y con su divino hijo, príncipe de la paz (Is 9, 6); la paz que Él nos trae y ofrece quiere que reine, que sea una realidad en el mundo: “Mi paz o dejo mi paz os doy, no la doy como la da el mundo” (Jn 14, 27).

Por otro lado, la paz es consecuencia de estar realmente en paz con Dios. Por medio del evangelio, Jesucristo nos proporciona una paz interior que sobrepasa la paz que ofrece el mundo.

“Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción. Pero confiad; yo he vencido al mundo”.

Jn 16, 33

Es pues claro que la paz procede de Dios, como fundamento; ella es un don de Dios. Él también está a la base de la paz por un doble motivo.

Por un lado, Dios espera que el ser humano administre y desarrolle solidariamente todas las riquezas y recursos del universo que ha recibido de sus manos y que debe explotar con su ingenio, de tal manera que estén al servicio de todos los hombres sin discriminación alguna.

Y, por otro lado, Dios es quien graba en la conciencia del ser humano las leyes que le obligan a respetar, de diversos modos, la vida y la persona de su prójimo, creado como él a imagen y semejanza de Dios. De esta manera Dios es el garante del respeto de los derechos humanos fundamentales. Sí, Dios es la fuente de la paz; Él llama a la paz, la garantiza y la da como fruto de la justicia.

Una de estas leyes que Dios graba en la conciencia del ser humano es la ley natural. Es por esto que en el caso de los no cristianos aplica también la obligación de observar y de respetar la ley natural (lo que Dios ha querido que el ser humano respete mediante la observancia de los diez mandamientos).

La ley natural no es más que la luz de la inteligencia infundida por Dios en nosotros. Gracias a ella, conocemos lo que se debe cumplir y lo que se debe evitar. Esta luz y esta ley, Dios las concedió en la creación del ser humano.

La ley natural está dirigida por la razón, grabada en el corazón humano, inmutable, que prescribe el bien y prohíbe el mal. Esta ley vale para todos los pueblos y en todos los lugares. No varía con el pasar del tiempo, ni puede ser derogada o anulada por la voluntad del pueblo y el arbitrio de la autoridad.

La ley natural, grabada por Dios en el corazón de toda persona, si es bien observada mediante el respeto de los diez mandamientos, puede crear entre los seres humanos una atmosfera de comprensión y de justicia en la cual todos los problemas internacionales encontrarán la solución.

Hay, por tanto, una ley que proviene de la propia naturaleza del hombre, dirigiéndolo a su fin, que es el bien. Se llega a ella por la razón natural.

Esta ley se llama ley natural, para distinguirse de la ley sobrenatural, que es alcanzable por la fe. Y por esta se llega al conocimiento de Dios y de las cosas divinas.

Ahora bien, si los hombres que profesan una religión al margen del cristianismo no respetan la ley natural es imposible que haya paz.

Los no cristianos, están llamados a ser obviamente personas de buena voluntad. Quien no trabaja por la paz no es hijo de Dios:

Dichosos los que trabajan por la paz porque se llamarán hijos de Dios”.

Mt 5, 9

¿Y por qué los no cristianos también deben ser operadores de paz? Porque los escritos sagrados de las otras religiones contienen mensajes de paz y de concordia, que constituyen una importante aportación para la convivencia pacífica entre las diferentes civilizaciones, culturas y pueblos.

Todos estos textos o escritos tocan temas esenciales, que ya tocó Jesús, temas como son: La condición que tenemos todos de ser creaturas de Dios; la prohibición total de la muerte arbitraria de todo ser humano; y el mandamiento supremo del respeto absoluto de toda vida humana. De todo esto se desprende la cultura de la no violencia, la norma suprema que debe regir toda vida humana.

Además, toda religión cree en una unión que debe existir entre todos los seres humanos, unión fundada en la realidad de un ser supremo. De esta unión sigue la convicción de la existencia de una fraternidad universal, es decir, de la cultura de la pacifica fraternidad que abraza a todas las personas, sean de la cultura y de la condición que sean.

Además, desde el punto de vista ético, encontramos en todos los escritos de las grandes religiones la llamada “regla de oro”, que nos manda tratar a los demás como queremos que ellos nos traten ellos a nosotros, principio en el que se puede fundamentar sólidamente una “cultura” de la paz.

Sin olvidar que en los escritos sagrados de las grandes religiones se pide que los adeptos sigan en conciencia el camino de la veracidad, de la justicia, la solidaridad y de la tolerancia; todas ellas actitudes fundamentales y básicas de toda cultura de la paz.

En definitiva, cuando hoy se habla de paz se entiende un orden de cosas fundado en la palabra de Dios, sobre todo en la palabra de Dios hecha carne: Jesús, el Cristo. En este caso está muy claro que no existe una paz mundial que no sea cristiana, que no sea religiosa.

P. Henry Vargas Holguín


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