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Bolivia: ¿arte vs. religión?

Arte vs religión 1
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Escrito por Aarón

Muchos artistas bolivianos inundaron las redes con la frase “si abren las iglesias, que también abran los teatros”. ¿Es lógica esta comparación?

Desde hace unos días, arde en Bolivia un debate de redes sociales que parece guerra civil: las iglesias podrán abrir y los espectáculos no.

Según algunos, no es una protesta contra la Iglesia, sino contra las políticas del gobierno, pero muchos artistas parecen ver a la Iglesia como un elemento importante al que hay que atacar.

El pasado jueves, 28 de mayo, el gobierno aprobó un decreto que flexibiliza la cuarentena nacional desde este lunes, 1º de junio. Continúan prohibidas todo tipo de reuniones que involucren la presencia de mucha gente (incluyendo actividades culturales como el cine o el teatro), excepto las celebraciones religiosas, siempre y cuando permitan solo 30% de participación en ellas.

Muchos artistas (músicos, ilustradores, actores, etc.) inundaron las redes con la frase “si abren las iglesias, que también abran los teatros”. Este pedido parte de la siguiente premisa: la misa reúne a mucha gente (que se podría contagiar de coronavirus) y estará permitido; el espectáculo artístico también reúne a mucha gente (que también se puede contagiar), pero no lo estará; por tanto, el espectáculo artístico también debe permitirse.

Sin embargo, también está la cuestión de generación de ingresos: algunos artistas viven de eso y necesitan sustentarse. Por otro lado, se reclama que la medida viola la laicidad del Estado porque implica preferencia del gobierno por un sector y no por otro. Finalmente, se plantea también la cuestión de que la misa es un gustito equiparable al de ir a ver cualquier película u obra de teatro, y que si el gobierno permite las misas, también debería permitir el cine y el teatro.

Lamentablemente, el grueso de la crítica que atraviesa estos 4 ejes temáticos no sigue una lógica inocente: es más una manifestación de odio contra la fe católica y lo que esta implica. Todo parece indicar que este movimiento tiene un importante sentimiento antirreligioso.

No vamos a profundizar desde el punto de vista secular: es cierto que el reclamo de los artistas en el fondo tiene su razón de ser. Por ejemplo, los cineastas vienen esperando desde hace tiempo fondos que el gobierno les debe, y como todo sector económico, necesitan eso para subsistir. Ya van 3 meses sin respuesta del Ministerio de Culturas a las demandas del sector artístico; no está bien dejarlo así.

Adicionalmente, el anuncio de la flexibilización de la cuarentena para iglesias disparó esa inconformidad, y es lógico y natural que surjan respuestas al respecto. Lo que no es aceptable bajo ningún concepto es que se promueva esa actitud tan irracional y simplista de negar las necesidades espirituales del ser humano.

Tampoco vamos a defender a la administración de Jeanine Áñez: tiene bastantes fallas que no está sabiendo solventar. Pero lo único que hizo en el ámbito que nos incumbe fue permitir la misa, que es obligación de todo país con mucha población católica, sea el gobierno de derecha o de izquierda. Más que una cuestión de ‘preferencias’, se trata de una cuestión de necesidades.

Y si de necesidades espirituales hablamos, ¿dónde quedan las económicas? ¿Debió el gobierno también permitir que los negocios en todo el país trabajen desde ya o no? Eso sabrán analizarlo los economistas, no lo vamos a debatir aquí. El único objetivo de estos párrafos es ahondar en el odio antirreligioso que se está gestando en redes sociales a raíz de ese decreto, sin pretender que la religión sea lo único en cuestión, pero sí lo más intenso.

El argumento del contagio masivo

Uno de los ejes temáticos es: “Si las iglesias acumulan gente y los espectáculos también, pero las iglesias pueden abrir y los espectáculos no, ¿para nada sirvió tanto esfuerzo, no? Igual nos vamos a morir, la gente va a ir a su misa, se va a contagiar y también a nosotros, sus familiares no religiosos”.

El error de esto es igualar las necesidades espirituales a las de entretenimiento. Es una total falta de respeto suponer que ver una obra de teatro o una película es igual de necesario que ir a recibir a Dios en la Eucaristía o ir a confesarse.

El argumento que se intenta contraponer a esto es: “¡Pues que cada quien viva su espiritualidad desde casa!, ¿no? Después de todo, no necesitan ir a una iglesia para practicar su fe”.

Dicha respuesta carece de sentido, porque bajo la misma lógica, nunca debió existir templos en ninguna parte del mundo: total, la experiencia espiritual es personal, ¿no? Si las cosas funcionaran así, ya se habría hecho y se hubiera logrado muy buenos resultados, pero no sucedió.

La suspensión de toda actividad incluyendo las religiosas durante la cuarentena es solo una medida temporal: no todos pueden trabajar desde casa, no todos pueden comprar comida desde casa, pero más que nada, no todos pueden practicar su fe solo en casa. Así como el “quédate en casa” es válido hasta el momento en que uno tiene que salir al mercado a abarrotarse, así también urge a muchas personas acudir a las parroquias para participar de la misa.

En la fe católica, se requiere de la intermediación para su correcta práctica: el la Eucaristía, la confesión con el sacerdote, etc. Si no cumplimos con estos sacramentos, nuestra alma no se salva, y siendo la condenación eterna, es muy grave no cumplir con ellos.

El argumento del trabajo

Otro de los ejes temáticos es: “Sí, sí, muchos necesitan practicar su religión, pero también necesitamos trabajar. ¿Qué importa la misa?”. Eso sí, de esto se desprenden 2 ramas: “la Iglesia no genera ingresos, nosotros sí; déjennos trabajar” y “la Iglesia se enriquece a costa de los tontos, nosotros no; déjennos trabajar”.

Personajes como la cineasta Denisse Arancibia consideran que al ser la iglesia un sector que no genera ingresos y el arte uno que sí, se precisa urgentemente abrir los espacios artísticos para que los profesionales del rubro puedan sobrevivir. Una justa preocupación que necesita ser atendida; después de todo, trabajo es trabajo.

Aquí el error radica en hacer una falsa comparación, nuevamente, menospreciando lo espiritual.  Sí, urge trabajar y obtener dinero para sobrevivir, pero no por eso te vas a ir contra la religión. Esa lógica obedece a la clásica decepción de quienes culpan a Dios de todos sus problemas y abandonan la fe por ello.

Por otro lado, personas como la cantante Cristina Wayra consideran que esto de permitirle abrir a las Iglesias es “dar pan a quien ya lo tiene”.  Esto también peca de falsa comparación, porque concibe a la misión religiosa como un negocio. Además, supone que las colectas monetarias de la misa van solo para el cura, cuando en realidad también se destinan a fundaciones de caridad.

El argumento del Estado laico

La clásica consigna “Iglesia y Estado: ¡asunto separado!” no tiene cabida aquí, porque la medida busca solventar una necesidad que tiene la mayoría de los bolivianos, no una preferencia personal del gobierno. Chile está permitiendo la concurrencia a templos y esto sucede en parte de Estados Unidos también, y ambos son países de constitución laica.

Además, quienes se quejan de que el decreto viola el Estado laico no tienen la más mínima comprensión de lo que significa un Estado laico. La laicidad de nuestro país no implica que no haya libertad de practicar la religión.

Esos que gritan que exigen tal separación, ¿dijeron algo cuando los masones utilizaron un edificio público (la Casa de la Moneda en Potosí) para su reunión particular? ¿Dijeron algo cuando el gobierno de Evo Morales instauró una constitución donde se toma a la cuenta al dios de una religión particular (la pachamama o madre tierra)?

El argumento del gusto personal

Finalmente, se dice también: “Si la gente puede ir a la iglesia, ¡queremos ir también a los teatros y cines!”. Y su sub rama: “En los espectáculos podemos controlar la cantidad de gente, pero en las iglesias no”.

Nuevamente, lo primero peca de comparación injusta, ya que ir a la iglesia no es lo mismo que ir al teatro o al cine. Uno va al cine o al teatro a entretenerse, y el entretenimiento siempre es una necesidad menor a la Eucaristía.

En cuanto a lo segundo, se vuelve a cometer el error de equiparar a la Iglesia con un negocio: el templo es para los sacramentos, que son mucho más necesarios que el teatro o el cine. Esto no implica que el teatro o el cine no sean necesarios; sí lo son, pero no tanto como la Iglesia, y eso es un hecho.

¿Significa eso que el gobierno debe seguir ignorando los pedidos de actores y productores de arte? No, para nada. Es más, un gobierno católico que se rija por las leyes de Dios no haría semejante cosa. Pero el Estado boliviano no es confesional, así que no tiene la obligación de practicar virtudes cristianas: solo las que exija la ley, no las que exige Dios. En consecuencia, el gobierno no va a comportarse de manera virtuosa y ejemplar. Ahí tienen a su Estado laico.

Conclusión

Hay que tener mucho cuidado con juicios tan sentimentales producto de la rabia del momento: es justo y entendible que los artistas reclamen al gobierno, porque conforman un sector económico específico distinto a todos los demás. Pero eso no justifica para nada sus ataques a todo lo sagrado que conoce el hombre: su relación con Dios. Mezclar economía con religión es un craso error muy, pero muy soberbio.

Si persiste este odio antirreligioso, lo único que va a lograr el sector artístico es perpetuar el estereotipo de que el artista promedio es ateo, progresista y de izquierdas. Entonces, el arte va a pasar de ser un sector económico a uno puramente político.

Quiero creer que los artistas abiertos de mente y que utilizan la razón son mayoría. Quiero creer que los que se dejan cegar por la emoción del momento y el fanatismo ideológico son minoría. Si algún artista lee este artículo, espero que luego de eso tenga un mejor panorama de la situación.

Sobre el Autor

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Aarón

Lic. en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Autónoma ‘Gabriel René Moreno’ (Santa Cruz, Bolivia). Fue analista de comunicación en la consultora Kreab, diseñador gráfico en el estudio Avand, periodista web en el diario El Deber, editor en Revista Zona7 y creador de contenidos en Comic Bolivia.

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