Testimonios Vida

María Elizabeth nos comparte el secreto del amor. Lectura esencial para providas

Escrito por Redacción R+F

Sor Mary Elizabeth, SV, Vicaria General de las Hermanas de la Vida, fue la oradora principal en el 4to. Banquete Anual del Centro de Apoyo a la Mujer (Women’s Support Center) de Milwaukee el 14 de febrero de 2014.

Este fue su discurso titulado “El amor maternal cambiará al mundo…”.

Esta noche, me gustaría reflexionar sobre dos cosas. En primer lugar, en la llamada a ser testigos; a ser una luz en medio de la oscuridad de la creciente cultura de muerte. Y en segundo lugar, en el poder del amor maternal para transformar toda una cultura, un corazón a la vez.

La necesidad de testigos
El Papa Francisco está llamando continuamente a todos los cristianos no sólo a creer enel evangelio sino también a vivirlo. A hacer de nuestra vida un evangelio viviente. Y él está liderando el camino con su ejemplo. Lo que mueve a la gente en nuestros días son los testigos vivos, el ejemplo de vida real de alguien que revela la belleza de la vida, y da un ejemplo de amor auténtico. Lo que cambiará los corazones será el demostrar que ser pro-vida no se trata sólo de palabras o políticas; se trata de una forma de vida que primero me cambia a mí y luego entonces afecta a todas mis relaciones. Para ser eficaz en la construcción de esta nueva cultura de vida, debo ser un testimonio vivo del Evangelio de la Vida.

Hay una conmovedora historia que ilustra el poder del testimonio personal en el libro “Redescubriendo el Catolicismo” de Matthew Kelly. Comienza de esta manera: “Jim Castle estaba cansado cuando abordó su vuelo una noche en Cincinnati. El consultor de negocios de cuarenta y cinco años de edad, había pasado una semana de reuniones de negocios y seminarios, y ahora se hundía en su asiento agradecido, listo para el vuelo de regreso a la ciudad de Kansas.

A medida que más pasajeros abordaban, el ruido en el avión aumentaba, mezclando las conversaciones con los sonidos de los equipajes que estaban siendo acomodados. Entonces, de repente, la gente se quedó en silencio. Una quietud empezó a deslizarse lentamente por el pasillo como una estela invisible detrás de un barco. Jim estiró el cuello para ver lo que sucedía y se quedó boquiabierto. Caminando por el pasillo iban dos monjas vestidas con unos simples hábitos blancos con bordes azules. Él reconoció inmediatamente la cara familiar, la piel arrugada y ojos cálidos de una de las monjas. Éste era el familiar rostro que había visto tan a menudo en la televisión y en la portada de la revista Time. Las dos monjas se detuvieron, y Jim se
dio cuenta de que su compañera de asiento iba a ser la Madre Teresa.

Cuando los últimos pasajeros se hubieron instalado, la Madre Teresa y su compañera sacaron sus rosarios. El avión rodó hasta la pista de despegue, y las dos mujeres empezaron a rezar, con sus voces en un murmullo bajo. A pesar de que Jim se consideraba un católico poco comprometido que iba a la iglesia sobre todo por costumbre, inexplicablemente se encontró a sí mismo participando del rezo. Para el momento en que susurraban la oración final, el avión ya había alcanzado su altitud de crucero. La Madre Teresa se volvió hacia él. Por primera vez en su vida, Jim entendió a lo que se refería la gente cuando decía que una persona poseía un aura. Cuando ella lo miró, él se sintió invadido por un sentimiento de paz; él no podía verlo, más de lo que podía ver el viento, pero lo sentía, con la misma seguridad con que se puede sentir una brisa de verano.

– “Joven,” le preguntó ella, “¿rezas el rosario a menudo?”
– “No, en realidad no,” admitió.
Ella tomó su mano y con sus ojos examinó los de él. Luego sonrió.
– “Bueno, ahora lo harás,” y dejó caer su rosario en la mano de él.

Nadie es no deseado, nadie es un accidente.
Una hora más tarde, Jim entró en el aeropuerto de la ciudad de Kansas, donde fue recibido por su esposa, Ruth. “¿Qué pasó en tu mundo?” preguntó Ruth cuando vio el rosario en la mano de él. Se besaron y Jim describió el encuentro. Mientras manejaban a casa, él dijo, “me siento como si hubiera conocido a la hija de Dios.”

Muy a menudo nos olvidamos de quiénes somos. Nos bombardean con tanta información, con tantos mensajes, que es fácil olvidar quiénes somos y perder de vista aquello para lo que fuimos hechos. Es como si tuviéramos amnesia espiritual.
Necesitamos experimentar la realidad de que cada uno de nosotros es un hijo o una hija de Dios.

Cada uno de nosotros ha sido Elegido por Dios. El Papa Benedicto lo expresó de esta manera: “No somos algo casual y sin sentido, producto de la evolución. Cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno de nosotros es amado, cada uno es necesario.” Nadie es no deseado, nadie es un accidente.

Todo ser humano ha sido amado a la existencia y se mantiene continuamente en existencia a través de la tierna Providencia, que todo lo ve, de nuestro Padre en el cielo. Dios conoce cada fibra de mi ser. Somos hijos e hijas de Dios. Cuando vivimos de este conocimiento, vemos y experimentamos la vida de otra manera.

“Dios combate el mal con la fuerza del amor maternal de una mujer …”
Santa Edith Stein
El segundo punto sobre el que me gustaría reflexionar es el poder transformador del amor maternal, porque el trabajo del Centro de Apoyo a la Mujer implica despertar o remover el amor maternal ahí donde ha sido atado y enterrado por el miedo. Santa Edith Stein escribió: “Dios combate el mal con la fuerza del amor maternal de una mujer …”
Pertenece a la dignidad y vocación de la mujer, de manera especial, el revelar al mundo la primacía del amor. Dios nos encomienda esta gran tarea. Juan Pablo II exhortó a las mujeres a ser una presencia “profética” que manifestara en el mundo la primacía del orden del amor. Si las mujeres no hacen esto, si se dejan arrastrar por el frenético “hacer” de nuestra cultura, por la preocupación por el estatus, el poder, la productividad, la eficiencia y el éxito, habrá un gran vacío, un vacío sin llenar, una soledad profunda y una creciente falta de confianza en los corazones de nuestros hijos, en la sociedad, en el trabajo, en nuestras amistades y en nuestras familias. Así como necesitamos comida y bebida para nutrir y fortalecer nuestros cuerpos, de la misma manera necesitamos alimento espiritual y emocional para que nuestros corazones y almas puedan crecer, madurar y florecer. Estamos en una necesidad desesperada de un nuevo despertar de aprecio por el valor indispensable e insustituible del amor maternal.

El verdadero, el auténtico amor humano, comienza cuando somos movidos en nuestro interior por la bondad de otro. No es algo que yo hago, sino algo que me pasa a mí.
Tomemos un momento para explorar concretamente la realidad de este amor espiritual y dador de vida. ¿Qué aspecto tiene? Voy a compartir con ustedes nuestro secreto. Esto es algo que hemos descubierto en nuestro trabajo con mujeres embarazadas. Lo voy a compartir con ustedes esta noche porque esto puede cambiar sus vidas. Se puede aplicar tanto a hombres como a mujeres, en la manera como abordan cada una de sus relaciones: en su matrimonio, especialmente con sus hijos, con sus hermanos y amigos. Es un concepto muy simple pero hemos visto también lo revolucionario que es. Lo llamamos deleitarse en el otro. El verdadero, el auténtico amor humano, comienza cuando somos movidos en nuestro interior por la bondad de otro. No es algo que yo hago, sino algo que me pasa a mí.

Cuando una mujer viene a nosotros (con las Hermanas de la Vida), surge un afán en mi corazón que me dice: “Yo quiero saber algo más sobre ella.” Y entonces, interiormente abro mi corazón para que pueda ser movido; para ser tocado por su belleza, por su bondad, por su fuerza, o por su fragilidad, o por su vulnerabilidad. ¿Quién sabe qué será aquello que me conmueve? – Pero es algo único en ella, es algo especial que hay en ella. A la par que manifiesto mi alegría por conocerla, se revela en ella su propia bondad. Mi respuesta de amor se convierte en una revelación de su bondad. Me convierto para ella en un espejo que le refleja quién es ella en realidad. Y su experiencia confirma su propio valor. Este es el alimento emocional que todos anhelamos, que nutre nuestros corazones y nos permite crecer como persona humana.

Tomemos un minuto. Piensen en alguna ocasión de su vida en la que hayan experimentado esto. Cuando alguien haya creído realmente en ustedes. Puede haber sido un entrenador, un maestro o nuestros padres. Piensen en cómo se sentían. En esos
momentos uno casi puede sentirse crecer, convertirse en más de lo que pensó que podría ser. Eso despierta la esperanza.

Si empiezo a hacer cosas buenas por ella sin haber sido movido interiormente por su bondad y sin expresarle eso de alguna manera, ella experimentará que la quiero sólo porque soy bueno, o buena, y no por alguna bondad que vea en ella.
Alegrarse en aquella mujer es amarla, no porque voy a salvar a su bebé, sino simplemente porque se me da ese regalo que es ella. Yo no tengo un programa o una agenda; yo no tengo un guión para ese encuentro; voy a ver quién es esta persona que Dios me ha dado, y a permitir que el afecto nutriente fluya de mí, para ser expresado de manera natural; dejando que se muestre en mis ojos, en mi tono de voz, en mi postura, en mi expresión facial. Parece tan simple, pero pruébenlo y se sorprenderán con lo que sucede. Porque ella se siente conocida y comprendida por ustedes; se relaja y es capaz de conectarse con las creencias y deseos más profundos de su corazón y no sólo con lo que los demás le están diciendo o presionando a que haga.

El calor de ese momento, se debe demostrar después con las acciones, pero no en el principio. Si empiezo a hacer cosas buenas por ella sin haber sido movido interiormente por su bondad y sin expresarle eso de alguna manera, ella experimentará que la quiero sólo porque soy bueno, o buena, y no por alguna bondad que vea en ella. Ella necesita darse cuenta de que estoy haciendo estas cosas exactamente por lo contrario – porque veo fuerza en ella, y creo que ella podrá hacerlo. Ella tiene que creer que tiene la fuerza, bondad y recursos interiores para seguir adelante, y no podemos darle eso o convencerla de eso; tiene que surgir de su interior. Pero podemos reflejarle lo que vemos y experimentamos en ella.

Una mujer joven a la que habíamos servido, la llamaré Susan, regresó a visitar a las Hermanas varios años después de haber vivido con nosotros. Cuando la conocí ella era todavía joven, pero ya había experimentado abuso y un aborto. Ella solía vestir sólo con el color negro – jeans negros, camiseta negra, un delineador negro fuerte…- ya se imaginarán la mirada. Pero ésa no era Susan en absoluto. Era pequeña y tranquila, con elcabello largo y castaño, una hermosa sonrisa y los ojos azules más grandes y más tristes que jamás he visto. Con el pasar de los meses, Susan comenzó a encontrar curación y esperanza mientras experimentaba el amor del Señor por ella. Su tristeza se fue alejando y sus ojos comenzaron a brillar. Cuando ella nos dejó y se mudó, comenzó a tomar clases en una universidad local.

Ella regresó de visita muchos años después; llevaba un vestido rosado y blanco y estaba muy orgullosa de presentarnos a su esposo y a sus dos hijos. Ella lo había conocido en un retiro católico para adultos jóvenes, y era un buen hombre que la amaba y que trabajó duro para que ella pudiera estar en casa criando a los hijos. Susan estaba radiante y en paz. Su transformación era realmente impresionante, y luego ella la completó diciendo: “¿Sabes? Es gracioso: ¡con el paso de los años yo empecé a experimentarme como la persona que tú siempre creíste que era! Y ahora quiero compartir ese amor con mis hijos.”

Nosotros, que amamos con el amor de Jesús, crecemos al actuar los unos por los otros. Porque el que ama de esta manera puede decir auténticamente: “Soy yo el que recibe la parte más grande al haberte amado y servido.” Hace un año, el Arzobispo Samuel Aquila, de Denver, reflexionó sobre el gran desaliento que invade a menudo a nuestra cultura, carente de este amor maternal. Él escribió: La maternidad es el arte de encontrar potencial, y fomentarlo. La maternidad es el oficio de enfocarse en lo bueno y de confiar en que el resto desaparecerá. Es la belleza penetrante de la esperanza y el amor inquebrantables… El genio femenino es la práctica de, literalmente, hacer crecer la bondad a pesar de los increíbles obstáculos. Necesitamos encontrar focos de bien –ecos de verdad- y potenciarlos. Necesitamos refutar lo que es malo –indudablemente-. Pero también necesitamos cultivar cada posible incursión de belleza, eso si aspiramos a un reflorecimiento de la cultura cristiana…
… “La belleza,” reflexionaba Dostoevsky, “salvará el mundo.” No hay nada más bello que una madre que ama a su hijo en la bondad – y nada que necesitemos más urgentemente
.

“…el tipo de apoyo que hizo la diferencia – no fue que él lavara los platos o que se dividieran las labores de casa en un 50/50 – fue el hecho de que la esposa se sintió afirmada y valorada en su maternidad por el esposo. Él fue capaz de comunicarle, de una manera significativa, que la admiraba, la valoraba..”
Quiero dirigir también unas palabras para los varones presentes hoy aquí. Antes de entrar a las Hermanas de la Vida, la Madre Agnes, nuestra Superior General, fue profesora de Psicología Clínica en la Universidad de Columbia. Ella hizo su investigación doctoral sobre las dinámicas al interior de las familias de niños con necesidades especiales. Ellos estudiaron, en particular, aquellas familias que permanecieron juntas y florecieron a pesar de muchos desafíos. ¿Qué fue lo que hizo la diferencia? Los descubrimientos son fascinantes. Lo que hizo la mayor diferencia fue la cantidad de apoyo percibido y la afirmación que la mujer recibió de su esposo. Ellos describieron el tipo de apoyo que hizo la diferencia – no fue que él lavara los platos o que se dividieran las labores de casa en un 50/50 – fue el hecho de que la esposa se sintió afirmada y valorada en su maternidad por el esposo. Él fue capaz de comunicarle, de una manera significativa, que la admiraba, la valoraba, y apreciaba su trabajo como madre. Entonces ella fue capaz de manejarlo todo.  ¿Qué ocurre cuando se libera el amor maternal? Déjenme responderles esa pregunta compartiéndoles una historia de una mujer que vivió con nosotros durante su embarazo,pues creo que ella es como muchas de las mujeres a quienes ustedes ayudan en el Centro
de Apoyo a la Mujer.

La Historia de Raquel:
Cuando Raquel ingresó a nuestro convento, ella había decidido criar a su bebe, pero no tenía pensado decirle a alguna otra mujer que hiciera lo mismo que ella. Mientras crecía en la aceptación de su maternidad, las cosas en su vida comenzaron a cambiar. No creo que se hubiera dado cuenta de cuánto cambió, hasta cierto día, en que tenía aproximadamente 8 meses de embarazo, y estaba camino al doctor.
Ésta es la historia en sus propias palabras:
Estaba en el ascensor del hospital, camino a la cita con el doctor. Otra mujer entró conmigo; yo le dije “hola” y ella rompió a llorar, contándome que estaba embarazada. Yo le dije, “¡Felicitaciones! Yo también estoy embarazada.” Ella me explicó que ella simplemente no podía hacerlo en ese momento; que no era el momento indicado. Entonces sentí a Lyam moverse y coloqué su mano en mi barriga, “!¿Sientes eso?!” Justo en ese momento el bebé pateó. Ella dijo, “¡Wow!”. Yo dije, “Así es, mi bebé va a ser un linebacker en fútbol americano. Será fuerte y será bendecido.” Y ella preguntó, “¿Por qué será bendecido?”. Yo le respondí, “Porque está aquí. Porque ya sea que tú llores o rías, si estás aquí, estás bendecida. Estás en este mundo por una razón.” Y entonces me dijo, “Voy a practicarme un aborto.” Y yo le dije, “No, no lo harás. No tendrás un aborto, tendrás una niña. Lo sé porque yo quería una niña, pero tendré un niño, pero está muy bien – tú ten una niña y vístela de rosado y llámala Racquel, y, por cierto, mi segundo nombre es Jasmine. Y si ella te pregunta por qué se llama así, dile que un día conociste a una fabulosa joven en el elevador y ella te dijo que tendrías una hermosa niña.” Ella se río, salimos juntas del ascensor y la llevé a hacer una cita con mi obstetra. Como ven, puedo ser insistente.

Ella continúa su historia diciendo:

No la volví a ver sino hasta dos años más tarde en el mismo hospital. Ella llevaba un carrito de bebé y corrió hasta donde estaba para abrazarme. Había tenido gemelas, sus nombres eran Raquel y Jasmine, y las había vestido de rosado, justo como le dije. Lo hizo. Ella me dijo, “Te quiero. Quizás tú no me entiendas, Raquel, pero te quiero. Te quiero. Te quiero. Nunca olvidaré tu nombre, tu rostro, tu sonrisa. Haría cualquier cosa por ti. Te quiero.” Y yo le dije, “Yo también te quiero. Lo entiendo. Lo he experimentado.”

 El amor maternal liberado cambiará el mundo, un corazón a la vez.

Gracias a todos ustedes por todo lo que hacen para apoyar a estas heroicas mujeres. Están haciendo una diferencia. El bien que hacen es incalculable. Piensen en el valor de un alma humana. Su ayuda para el Centro de Apoyo a la Mujer no solamente salva
vidas, sino también salva almas. Salva a cada madre de una vida de culpa y arrepentimiento, y libera sus corazones al amor y a la acogida a la bondad. A comenzar una nueva vida con su niño.
Gracias por ser testigos de la esperanza que se encuentra en Jesucristo. Por levantarse y afirmar que las mujeres merecen algo mejor que el aborto. Ellas merecen amor, apoyo y compasión práctica. Sepan que las Hermanas de la Vida se unen en solidaridad con ustedes y piden porustedes en nuestras oraciones. Llevamos a cada uno de ustedes en nuestros corazones y
en nuestras oraciones cada día. Sigamos respondiendo al llamado que nos hace Dios para saber quiénes somos: hijos e hijas del Dios viviente; y sigamos respondiendo al llamado de Dios a abrir nuestros corazones para ser transformados por su amor, de modo que nos convirtamos en testigos vivos de que el decir “sí” a la vida trae esperanza, libertad auténtica y gozo.

Que Dios los bendiga, a cada uno de ustedes y a sus familias.