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Ettore Balestrero: un hombre “primereado” por Dios. Semblanza del Nuncio Apostólico en Colombia

Escrito por Redacción R+F


Por:                     Ilva Myriam Hoyos Castañeda
Doctora en Derecho por la Universidad de Navarra
y experta en derechos humanos

Nombramiento difícil de interpretar

La Oficina de Prensa de la Santa Sede en una escueta nota anunció, el pasado 6 de julio de 2018, que “el Santo Padre Francisco ha dispuesto enviar a la República Democrática del Congo para el despacho de los asuntos de la Nunciatura Apostólica en Kinshasa a S. E. Mons. Ettore Balestrero, Arzobispo Titular de Vittoriana, Nuncio Apostólico, hasta ahora representante pontificio en Colombia”.

La noticia, inesperada y sorprendente, se constituyó en un nuevo hecho relevante en la vida de Ettore Balestrero, quien, cuando llegó a Colombia, a sus 46 años de edad, tenía ya una destacada formación académica y una significativa actuación como representante de la Santa Sede. Nacido en Génova (Italia) en 1966. De su padre, Gerolamo, también de origen genovés, aprendería las primeras bases de la lengua castellana. De su madre, Donatella, nacida en Nueva York, heredaría su alegría y carácter jovial y aprendería el fluido inglés que habla. Su hermano, Guido, casado y con una hija, le prepararía para vivir la fraternidad sacerdotal y episcopal.  A pesar de que gran parte de su vida ha transcurrido fuera de su ciudad natal, no se ha alejado del calor de hogar. En verdad, Ettore Balestrero es un ser familiar.

En 1993 fue ordenado sacerdote de la Diócesis de Roma por el Cardenal Camilo Ruini. Años más tarde ingresó a la Academia Pontificia Eclesiástica. Cursó estudios de Derecho, que no terminó, pero que contribuyeron a su formación y estructura mental. Obtuvo una licenciatura en Teología y realizó su doctorado en Derecho Canónico, que culminó en 1996, con la tesis títulada “Il diritto a la vita prenatale nell’ordenamiento internazionale: l’apporto de la Santa Sede”, publicada en 1997 por Edizioni Studio Domenicano. En el prefacio a esta obra que realizó el profesor de la Universidad Lateranense Vicenzo Buonomo escribió que el estudio de don Ettore Balestrero había sido “llevado a cabo con inteligente, tenacidad y competencia” y que a través de él conoció y profundizó problemáticas nuevas en torno a la vida humana, ligadas a la dinámica del derecho internacional y a su capacidad de respuesta. Reconoció, del mismo modo, haber recibido del autor múltiples estímulos a la reflexión. “Estímulos que son el presupuesto a cada actividad de investigación que quiera ser servicio”. Con estas palabras, desde esa época, se advirtió lo que sería todo el presupuesto de su quehacer eclesial: el servicio.

Cuarenta días, con sus cuarenta noches, para significar un nuevo tiempo de Dios para Balestrero, no exento de pruebas ni dificultades, si se quiere un tiempo de purificación, santificación y de oración para prepararse y pedir gracias y emprender su nuevo servicio a la Iglesia.
Balestrero inició el servicio diplomático en Corea del Sur y Mongolia (1996-1998) y, posteriormente, en los Países Bajos (1998-2001), luego pasó a la Secretaría de Estado en la que ocupó el cargo de Consejero de la Nunciatura (2001-2009) hasta ser nombrado como Subsecretario de Relaciones con los Estados (2009-2013). En esta responsabilidad manejó expedientes especialmente significativos como los relativos a los acercamientos para las relaciones entre la Santa Sede con China y Vietnam, las negociaciones con el Estado de Israel sobre cuestiones fiscales y de propiedad. También impulsó las relaciones de la Iglesia con Europa y las instituciones en los campos de la ética, la vida, la familia y la libertad religiosa.

Estos y otros méritos parecen haber servido para que don Ettore Balestrero generara confianza y estima no sólo en el Papa Benedicto XVI, sino en un amplio sector de la Curia Romana, que le reconocía su brillantez, su facilidad para comunicarse con los demás, no sólo por dominar la palabra bien dicha, sino porque, además de ser políglota, poseía desde esa época un don de gentes, en verdad connatural, que le disponía al diálogo y al encuentro con el otro. En el inicio de su servicio diplomático, sin dejar de defender posturas firmes, se caracterizó por el uso de un estilo abierto, afable, pero discreto. Conjugó el compromiso moral con la exigencia técnica.

Imagen: Periodista Digital

Dios “primerea” al joven sacerdote genovés

Entre el inicio del ministerio petrino de Francisco, el 19 de marzo de 2013, y la consagración episcopal de Ettore Balestrero, el 28 de abril de ese mismo año, median cuarenta días. Tiempo profético que recuerda los días que pasó Jesús en el desierto antes de iniciar su vida pública o los días que precedieron a su presentación en el templo, así como los días que estuvo el pueblo de Israel en el desierto o los días de Elías en el monte Hore o los días del diluvio universal. Cuarenta días, con sus cuarenta noches, para significar un nuevo tiempo de Dios para Balestrero, no exento de pruebas ni dificultades, si se quiere un tiempo de purificación, santificación y de oración para prepararse y pedir gracias y emprender su nuevo servicio a la Iglesia.

Balestrero, aún antes de la elección del nuevo Papa, había elegido su lema episcopal de un texto tomado del Salmo 50: “Secundum misericordiam tuam”; quizá, pienso yo, porque el Obispo tiene que pedir misericordia para sí y donarla a los demás.
Desconozco cuáles fueron las primeras impresiones del sacerdote genovés, el más joven entre los obispos italianos y el más joven entre todos los nuncios, respecto a los mensajes y al nuevo estilo que estaba promoviendo el Papa Francisco. Pero, quizá, es razonable pensar que intensificó su oración para reflexionar sobre su propia vida y encontrar en los resquicios de su corazón la acción de la gracia. Y esas reflexiones, las que imagino entrañables, no debieron estar exentas de asombro y de agradecimiento, al advertir que el Señor también le precedía, le anticipaba, para decirlo en palabras de Francisco, le “primereaba”.

Explicaré cuál es, por lo menos para mí, la razón del asombro y de la gratitud. Balestrero, aún antes de la elección del nuevo Papa, había elegido su lema episcopal de un texto tomado del Salmo 50: “Secundum misericordiam tuam”; quizá, pienso yo, porque el Obispo tiene que pedir misericordia para sí y donarla a los demás. Esta frase tomada del Miserere -el más intenso y repetido salmo penitencial, el canto del pecado y de la petición de gracia-, permite al pecador con corazón contrito decir una y otra vez: “Ten misericordia de mí, Dios mío, según tu inmensa compasión borra mi culpa … Crea en mí, Dios mío, un corazón puro, y renueva en mi interior un espíritu firme. Líbrame de la sangre, Dios mío, Dios de mi salvación, mi lengua anunciará tu justicia. Señor, abre mis labios y mi boca proclamará tu alabanza”.

…estaba en total sintonía con el Papa que a través de la Misericordia misma daba inicio a la revolución de la ternura y el amor. Pero, Balestrero también llevaba en sí, en su corazón pobre y en sus entrañas, el Magisterio del Papa Benedicto, a quien sirvió durante todo su Pontificado.
El lema episcopal elegido por don Ettore no fue sólo un programa de acción pastoral, reflejo de sus creencias y convicciones religiosas, sino algo más. Me explico. La preposición “según” tiene como función unir palabras y relacionarlas entre sí. Y si precede a nombres significa que el responsable de tales palabras o acciones es la persona que se nombra. La frase “según tu misericordia” puede ser interpretada, por una parte, como un llamado permanente a Dios, un quehacer necesario, una actitud orante de un hombre de fe; pero, por otra parte, como la aceptación de que Dios es quien actúa en mí, porque Dios perdona en mí. Y si “el nombre de Dios es misericordia”, como lo ha expresado Francisco, la frase “según tu misericordia” es, sin más, “según Dios”.

Balestrero con su lema episcopal parecía haber querido señalar cuál debía ser el camino de su cotidiana acción pastoral: predicar la misericordia, celebrar la misericordia en los sacramentos, sobre todo el de la reconciliación y el de la liturgia eucarística; pero, además, discernir toda situación a través de la mirada de la misericordia. Y esa “mirada” requiere de la sabiduría para tener un sentimiento vivo del pecado, también de la convicción firme de que con la ayuda del Espíritu es posible la conversión y de la certeza de que el perdón divino “borra, lava y purifica” al pecador. Su lema, asentado en las Escrituras, no remite, sin embargo, a una doctrina, sí a una forma de vida iluminada a la luz de la fe.

El joven sacerdote durante esos cuarenta días debió conmoverse por la forma como el Dios de la misericordia lo “primereaba”. Su lema, seguramente inspirado después de mucha oración, estaba en total sintonía con el Papa que a través de la Misericordia misma daba inicio a la revolución de la ternura y el amor.

Balestrero desde su nombramiento como Nuncio fue consciente de que su misión debía estar orientada a la consolidación de la paz, de la paz auténtica cimentada en la verdad y en la justicia.
Pero, Balestrero también llevaba en sí, en su corazón pobre y en sus entrañas, el Magisterio del Papa Benedicto, a quien sirvió durante todo su Pontificado. Otra feliz conjunción que hermanó tiempos, porque, él sin buscarlo ni esperarlo, de cierta manera, resultó uniendo dos pontificados: el de quien lo nombró Obispo, sucesor de los apóstoles, y Nuncio Apostólico y el de quien debía ser ahora su representante y a quien debía servir. Así resultan siendo los designios de Dios.

Así pues, Ettore Balestrero, de origen europeo, pero nacido en el Mediterráneo, en ese mar en medio de tierras firmes, recibió el legado de un Pontífice, Maestro de la Iglesia, y profesó la adhesión al nuevo Pontífice, venido del fin del mundo, para ayudar a renovar la Iglesia con la Misericordia.

Imagen: Aleteia

De la mano de una santa mujer inicia su misión pastoral

Porque Dios se le anticipa, Monseñor Balestrero comenzó su gestión como Nuncio en Colombia aún antes de entregar sus cartas credenciales y lo hizo en la Eucaristía en la que Francisco canonizó a la Madre Laura, el 12 de mayo de 2013. Once días después, el 23 de mayo, abandonó el centro del poder eclesial y llegó a Bogotá guiado por la primera santa colombiana, quien según palabras del Papa “nos enseña a ver el rostro de Jesús reflejado en otro, a vencer la indiferencia y el individualismo”. Bajo los auspicios de una mujer, la Madre Laura, dio inicio a la misión pastoral que dos Papas le habían encomendado y que con la santa de Colombia había principiado.

Hizo suyos muchos dichos nuestros, que no sólo conocía, sino que dependiendo del interlocutor usaba para generar confianza y, además, para reír y hacer reír. Repetía con frecuencia que “no hay que dar papaya”. Pero comía con deleite las frutas que se dan en esta maravillosa tierra.
Balestrero desde su nombramiento como Nuncio fue consciente de que su misión debía estar orientada a la consolidación de la paz, de la paz auténtica cimentada en la verdad y en la justicia. Y fue poco a poco con su alma de marinero entretejiendo redes, mezclando hilos, texturas y colores que fue descubriendo entre las culturas de esta Colombia diversa para generar una red vigorosa que congregara a los colombianos en unidad con sentido de pertenencia.

No fue un viajero más por esta tierra, echó raíces en ella. Su vida no estuvo centrada en ir a las periferias existenciales para estrechar como representante del Papa la mano necesitada de la gente. Fue un volver cargado de memoria, unas veces de memoria dolorosa, otras de memoria personal, otras más de memoria colectiva, pero también de memoria festiva, en un país que, a pesar de sus dolores, es feliz porque ama la fiesta. Con ese ir y volver se hizo artesano de paz y custodio de todas las clases de memoria, también las de las generaciones, las de las familias, las de los discriminados, las de las víctimas, las de los niños, las de las mujeres, las de los trabajadores, las de los enfermos, las de las comunidades indígenas o afrocolombianas. En fin, la memoria de los creyentes y la memoria de los no creyentes. En esta conjunción de memorias volvió hacia atrás, desveló el rostro de Colombia y comprendió la capacidad de su resiliencia para ir hacia delante y crecer en misericordia.

Recorrió el país no sólo para conocer las riquezas de esta tierra, “bendecida, sedienta de paz y con hambre de dignidad”, según sus propias palabras. Vivió plenamente y fue un habitante más en ella. Tenía previsto, así lo dijo en una entrevista, visitar en los próximos meses los únicos dos Departamentos que a la fecha de conocerse su nuevo nombramiento no había podido recorrer: Amazonas y La Guajira. En los demás forjó relaciones y creció con la forma de ser del colombiano. Contempló la diversidad de su flora, la que admiró día a día con las rosas blancas y amarillas y las orquídeas de mil colores que siempre iluminaron todos los rincones de su casa. Degustó e hizo degustar el café colombiano que era su compañero permanente en sus agotadoras jornadas de trabajo. Hizo suyos muchos dichos nuestros, que no sólo conocía, sino que dependiendo del interlocutor usaba para generar confianza y, además, para reír y hacer reír. Repetía con frecuencia que “no hay que dar papaya”. Pero comía con deleite las frutas que se dan en esta maravillosa tierra. Se dejó tentar por los amasijos, los jugos tropicales, los dulces, el chocolate y disfrutó, sin más, los diversos platos de la comida regional colombiana. Apreció su música, con la que conoció los distintos ritmos, medidas y silencios de Colombia, captó la medida de cada cosa en su resonancia y se sintió invitado a tener mesura y a respetar el tiempo adecuado de las cosas. Pinceló, en un entramado de gracia, las notas de la diplomacia del Evangelio.

Abrió sus puertas a los que quisieron atravesar por ellas, las mismas que el Papa reconoció que “fueron abiertas y siguen abiertas”. En esa ocasión, el 8 de septiembre de 2017, Francisco agradeció “por los que se animan a entrar” pero también por los “que miran de lejos y quieren entrar y no saben cómo”.
Con sus hermanos Obispos mantuvo una estrecha relación y contribuyó a consolidar el episcopado colombiano, que ayudó a renovar en una tercera parte; promovió el nombramiento de 31 nuevos Obispos y el traslado de dieciséis, de los cuales dos fueron Arzobispos, lo que da cuenta de las prioridades de su quehacer diario.

Imagen: www.ciudadregion.com

El Evangelio de la Misericordia vivido en Colombia

Balestrero aprendió en y de la multiplicación de los días, vivió con intensidad la cotidianidad que no se reduce al pasar del tiempo, sino a forjar hábitos para crecer ante los ojos de Dios y presentarse humanizado ante los demás y así hacer vida la alegría del Evangelio. Por todo ello tuvo casa, lugar donde volver, en ella habitó y en ella invitó. Abrió sus puertas a los que quisieron atravesar por ellas, las mismas que el Papa reconoció que “fueron abiertas y siguen abiertas”. En esa ocasión, el 8 de septiembre de 2017, Francisco agradeció “por los que se animan a entrar” pero también por los “que miran de lejos y quieren entrar y no saben cómo”. Una forma muy pulcra de agradecer también a quien desde su llegada a Colombia había abierto las puertas de su casa. Y quien ahora le recibía con los dones de este bendecido pueblo de Dios.

Durante los días de la visita del Papa, del 6 al 10 de septiembre de 2017, entre el representado, Francisco, y su representante, Ettore, se dio otra feliz conjunción. El acogido pasó a acoger. Y el acogedor pasó a ser acogido. Y se generó una familiaridad que se hizo visible durante su estadía. En la casa del Papa, habitada por su Vicario, el amor de Dios para Colombia se hizo manifiesto a todo un pueblo. Dios, de nuevo, “primereaba” a Colombia.

En verdad, los colombianos lo han aceptado como “padre, hermano y amigo”, así lo expresó el Presidente de la Conferencia Episcopal. Y Balestrero agregó: “Pero me siento en paz porque esta nueva misión me la pidió el Santo Padre y su voluntad es la voluntad de Dios”.
Desde la mirada de la misericordia, el Papa nos hizo vivir esas entrañables acogidas al frente de su casa. Las noches fueron ocasión propicia para hacer la síntesis de lo vivido durante todo el día y recoger los pasos de los colombianos, que prosiguieron al primer paso dado por Francisco. En un ambiente festivo, no exento de dolor por las múltiples formas de violencia que han lacerado a Colombia, herido dignidades y agrietado el alma, que el Papa asumió en su propia carne, fue acogido por Colombia, que respondió al llamado del Pastor porque cada colombiano sintió que Jesús con su Vicario en la tierra le decía algo y a cada uno le llamaba por su nombre.

El papa Francisco y el presidente de la República Democrática del Congo, Joseph Kabila, durante su audiencia privada en el Vaticano, el 26 de septiembre de 2016. / Andrew Medichini/AFP

La extensión de la Diócesis de Vittoriana

La visita de Francisco selló la conexión espiritual entre el Papa y su Nuncio en Colombia y mirada ahora en perspectiva empezó a generar la idea de que, desarmados los espíritus en este país, había llegado la hora para el traslado del Obispo Balestrero.

Ese traslado llegó y fue anunciado por la Santa Sede el 6 de julio de 2018. Para algunos un nombramiento difícil de interpretar, sin embargo, estimo yo, que por la complejidad que vive la República Democrática del Congo, el país más católico de África, sumido en un grave enfrentamiento civil, se requería “un hombre de misiones difíciles”, un “interlocutor” con experiencia, un “diplomático de alto nivel”, como lo han reconocido medios de comunicación, tales como The New York Times y de Washington Post, para que, por ahora, no como Nuncio Apostólico sino como Administrador de los asuntos de la Nunciatura encause las relaciones con las autoridades del gobierno y actúe en el ámbito de sus competencias frente a la complicada situación política, económica y social de ese país.

El hasta ahora Nuncio en Colombia, en sus primeras declaraciones a los medios de comunicación después de darse a conocer su nuevo destino, expresó que se siente “bastante nostálgico de dejar Colombia”. Y es que la nostalgia retiene, pero también hace llegar al punto de partida. Reconoció que Colombia es un país que quiere mucho y en el que ha conocido gente muy valiosa. En verdad, los colombianos lo han aceptado como “padre, hermano y amigo”, así lo expresó el Presidente de la Conferencia Episcopal. Y Balestrero agregó: “Pero me siento en paz porque esta nueva misión me la pidió el Santo Padre y su voluntad es la voluntad de Dios”.

Él, que es un hombre de oración, Obispo Pastor, familiarizado con las cosas de lo alto, sabrá para el bien de los congoleños abrir puertas, construir puentes, tejer lazos, encontrar, escuchar y dialogar, compartir dolores, proponer salidas de esperanza, mantener amistades, promover la unidad, trabajar y peregrinar sin descanso.  Se le ha preparado y se le ha bendecido para que sea un hombre de paz y en paz. Desafiante su nuevo destino, que le invita a servir en sacrificio como humilde enviado, pero él bien sabe, lo ha enseñado, predicado y vivido, que “nada es imposible para Dios”.

Una vez más, la Misericordia se le ha anticipado. Su traslado puede interpretarse como la extensión de la Diócesis de Vittoriana, cuya titularidad se le ha otorgado, que abarcaría ya no sólo una parte de norte de África, lo que hoy en día es Túnez, sino que llegaría hasta el Congo, su nuevo destino.

Los designios de Dios han llevado a Balestrero a ser representante pontificio en las periferias existenciales de diversos continentes. Pero también, así sean en ocasiones difíciles de descifrar, los destinos a los que ha sido enviado han servido para cimentar su fidelidad a la Iglesia y para forjar aquella humildad, que, en palabras de Francisco “pasa a través del amor por el país y por la Iglesia donde está llamado a servir. Pasa por la actitud serena de estar donde el Papa ha querido y no con el corazón distraído esperando el próximo destino”.

Ettore Balestrero es un hombre “primereado” por Dios y Colombia le dice adiós agradecida.

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