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Dios en las calles del Bronx

Escrito por Redacción R+F
Colaboración: Arquidiócesis de Manizales – www.arquidiocesisdemanizales.com
Foto: Efe. Al fondo, la imagen del padre Javier de Nicoló, quien dedicó su vida al rescate de los niños y jóvenes de la calle.

En medio de la indignación que ha generado la cruda realidad destapada en el sector del Bronx de Bogotá, donde la Alcaldía Distrital hizo un operativo sin precedentes el 28 de mayo, el sacerdote Efraín Castaño Arboleda, Delegado arzobispal de medios de Manizales, rescata la historia de un pastor de la Iglesia Católica que dio su vida por las ovejas marginadas: niños y jóvenes habitantes de la calle.

Han sido noticia las 200 mujeres que eran explotadas sexualmente, 76 de ellas menores de edad; el habitante de la calle infiltrado que brindó información para un operativo planeado durante cuatro meses; el apoyo a las cerca de 1.600 personas que frecuentaban el sector, que se había convertido en la “olla” más grande el país y el territorio de las organizaciones criminales vetado para las autoridades. También indignó la historia de un hombre, que estaba secuestrado y encadenado en una vivienda de esta zona céntrica de la capital colombiana, donde ahora la Alcaldía plantea un proyecto de renovación urbana.

Que también sea noticia la obra del padre Javier de Nicoló:

Una pintura

En la destrucción de los muros y paredes de la calle Bronx de Bogotá vale la pena resaltar un hecho que no ha sido valorado o notado: en una de las paredes había una pintura gigante con el rostro de un hombre, concretamente de un sacerdote según su vestimenta.

Al analizar es fácil ver que se trata del padre Javier de Nicoló, recientemente fallecido y quien se distinguió por una vida dedicada al rescate de los niños y jóvenes de la calle, los antes llamados “gamines” que crecían sin hogar, sin Dios, ni ley y terminaban en situaciones lamentables y dolorosas, casi todos en la droga, el alcohol, la delincuencia y la muerte temprana.

Gracias al padre Nicoló y otras personas como el padre Luna o papá Jaime con su fundación de Niños de Los Andes el problema del “gaminismo” empezó a retroceder. El padre Nicoló y el padre Luna fueron precursores de un método brotado del Evangelio, como es el buen trato y la buena orientación con cariño y alegría de estos infantes y jóvenes arrojados a la calle.

La ciudad de los muchachos y Bosconia fueron fundaciones que aportaron gran remedio a esta causa de los habitantes de la calle, dando casa, albergue y educación a centenares de jóvenes en el país.

Aquella pintura del padre Nicoló es sin duda una añoranza, un grato recuerdo que allí se plasmó de lo que un día fue para muchos habitantes del Bronx un albergue, un gesto de amor, un cuidado cercano, una pizca de la sal del Evangelio y de la  luz de la redención que alcanzaron a vislumbrar antes de entrar a aquella oscura y cruel ciudadela del abandono, el vicio, la soledad, la violencia, la prostitución y el robo como fuentes de existencia precaria y sin horizonte alguno más que la muerte en oscuridad y soledad.

Jesús ante el Bronx

Después de leer el Evangelio es fácil imaginar cómo se situaría Jesús de Nazaret ante un hecho como la calle del Bronx.

Narra en forma hermosa el Evangelio de San Lucas (19, 41) que cuando el Señor se fue acercando a la ciudad de Jerusalén, al verla “lloró por ella diciendo: si en este día comprendieras tú los caminos de la paz, pero tus ojos siguen cerrados, llegará un día en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te cercarán y te atacarán por todas partes”.

Es una mirada realista y analítica la de Jesús, no condena, pero sí habla claro sobre el origen de la destrucción de la ciudad: el olvido del amor de Dios, de su ley de caridad, de los caminos de fraternidad y misericordia.

Pero no queda solo allí, sino que antes había dado un gesto de nueva vida, de posibilidad de liberación: a un hombre en peligro por sus riquezas egoístas llamado Zaqueo, el Señor le invita para que lo hospede en su casa (Lucas 19), allí le abrirá el horizonte del servicio a través de su dinero, su tiempo y sus bienes.

Jesús entra a la vida y le da sentido, futuro y apertura feliz; ante el Bronx Él desea entrar a todos aquellos lugares de tristeza, consumo de estupefacientes, habladurías destructivas y soledad inmensa o concierto para delinquir y al entrar trae cambio, vida nueva, horizontes de vida pascual, es decir, de resurrección sobre la muerte.

A Nicodemo (Juan 3) ya le había dicho que “hay que nacer de nuevo, del agua y del Espíritu” como la siguiente etapa después del nacimiento del vientre materno. Aceptar a Cristo es abrir la existencia a un nuevo nacimiento feliz, es lo que anunciaron el padre de Nicoló y el padre Luna años atrás entre los habitantes de aquellas calles del Bronx y del entonces “Cartucho”.

Pasos de solución

No podemos tener la presunción de dar soluciones de alto nivel que corresponden al Estado y sus organismos, con todos los medios posibles, pero sí pasos de un proceso que desde nuestra vida personal podemos tener hacia una “Civilización del amor” querida por la Iglesia.

Un primer paso: no al abandono de la persona humana, sean niños, jóvenes o ancianos.

Un segundo paso es un “no” a la cultura de la droga, que en la distribución del alcohol y los estupefacientes sumerge a la existencia en el difícil y misterioso ámbito de la adicción que esclaviza y mata.

Un paso positivo es un “sí” rotundo a la familia, al hogar, a la vida matrimonial que crea lazos estables de amor y hace un acompañamiento desde la niñez hacia la madurez de la vida, donde la existencia personal y social tiene un rumbo claro, definido y continuado.

Otro paso que debemos dar es un “sí” a la educación, no solo a la escolar, sino también a la que continúa durante todo el proceso vital de cada persona. Cada etapa de la vida requiere educación especial, nunca el camino del aprendizaje se da por terminado.

En todo es un “sí” a la evangelización: al anuncio de la salvación realizada en Jesucristo y que continúa a través del tiempo y del espacio por la Iglesia, no solo por la acción de la jerarquía, sino la de todos los fieles laicos, ya que cada uno tiene su misión en la colosal tarea de expandir el Reino de Dios en el mundo entero y en cada época en la cual nos corresponde vivir. Cada cristiano es un evangelizador.

Entra también a dar un “sí” a toda ocasión de ayuda y aporte al mejoramiento de la vida de nuestros hermanos. El apoyo a obras de levantamiento del nivel de vida como la Posada, el Comedor Parroquial, Los Zagales y obras de rehabilitación de niños, jóvenes y adultos -ejemplos en Manizales-.

Es necesario comprender que en todas estas obras de rehabilitación no bastan las obras de cemento, que se seguirían llenando de cubículos y cambuches de solitarios, amargados o tristes, sino que es necesario ante todo el amor.

En este año de la misericordia las “Calles del Bronx” son un llamado a gestos y vida de amor, compasión, misericordia, cercanía alegre y evangelización continua.

Nosotros ante el Bronx

Somos invitados por el Papa Francisco a tener una mirada desde el amor, en la bula sobre el jubileo del año de la Misericordia nos lo dice (Nros. 5, 8, 9, 12 y 15): “el misterio de Cristo me obliga a proclamar la misericordia como amor compasivo de Dios revelado en el mismo misterio de Cristo. La Iglesia vive una auténtica vida cuando profesa y proclama la misericordia, el atributo más estupendo del creador y redentor”.

En la carta sobre “El gozo del evangelio” insiste el Papa: “son de alabar los avances que contribuyen al bienestar de la gente; sin embargo, no podemos olvidar que la mayoría de los hombres y mujeres de nuestro tiempo vive precariamente el día a día con consecuencias funestas” (Nro. 52) y “los cristianos están llamados a escuchar el clamor de los pobres, las poblaciones de las periferias urbanas y rurales” (Nro. 191).

Una mirada no de condena, sino de misericordia que lleva a la actuación solidaria que hoy debe buscar nuevos caminos de ayuda a los hermanos en necesidad. Ayer la Iglesia ha mostrado esta solidaridad, basta recordar las novelas de Dickens para ver los hospicios y albergues que la Iglesia tenía para los niños abandonados y los pobres de la época. El padre Flanagan en Estados Unidos, el padre Nicoló, el padre Luna y laicos como “Papá Jaime” han creado obras admirables para los muchachos de la calle. En Manizales tenemos la Posada que la Pastoral Social les ofrece a nuestros habitantes de la calle; admirable es también la obra de algunos grupos apostólicos que en algunas mañanas o noches ofrecen algo de comer a quienes no tiene hogar estable.

Algo podemos y debemos hacer desde nuestra Fe ante hechos impactantes como este de la calle del Bronx, que en Bogotá es un macro problema y en las demás ciudades como la nuestra es también un llamado a la solidaridad cristiana.

Al menos no demos una condena, sino una oración amorosa por todos estos hermanos nuestros que por impactos del mundo actual han dejado o no han tenido hogar, y recorren las calles en busca de un ideal que seguramente les vendrá del Evangelio de Jesucristo.