Testimonios

Beethoven no supo para quién componía.

Escrito por Santiago Quijano

Creo que fue Marx quién dijo que todo se repite dos veces, primero en tragedia y luego en comedia. Lo digo porque ayer se clausuró el pacto entre Santos y Timochenko con el cuarto movimiento de la novena sinfonía de Beethoven, el mismo que sonó hace 25 años cuando se proclamó la Constitución. Porque la Carta del 91 – la tragedia- fue un pacto de todos en el que perdieron casi todos, mientras el de ayer – la comedia- fue un pacto de pocos en el que ganarán aún más pocos. Con una paradoja: la constituyente tuvo una votación pírrica mientras que el “si” del próximo domingo tendrá una aprobación popular masiva.

El 91 fue una tragedia al constituir la última gran frustración del Siglo XX. Con la nueva Carta, lejos de solucionarse los problemas que arrastraban unos feroces años ochenta, se vieron aumentados durante unos noventa y dosmiles igual o más sangrientos, corruptos y sin duda menos institucionales. Lo anterior es mucho decir, pues al ya resquebrajado régimen de 1886 se le sumó la desaparición de los partidos políticos, el mayor caos en la justicia y una todopoderosa Corte Constitucional “constituyente” que sobre la marcha de los años fue trasformando el Estado a la medida de sus intereses políticos. La tan mentada “descentralización” del Estado tampoco resultó óptima, pues la corrupción que los manzanillos del gobierno central repartían desde Bogotá pasó a “democratizarse” – aumentando exponencialmente- entre la rapiña que son las clases políticas regionales. Tampoco hubo paz.

Pero no se puede negar que, al menos, en el pacto de 1991 hubo una participación relativamente representativa del famoso “país nacional”. La tradición del establecimiento político tuvo en Álvaro Gómez un lúcido exponente. La tradición narco-guerrillera la tuvo en Antonio Navarro y la tradición narco-política la tuvo en Horacio Serpa, por citar a los copresidentes.  También los estudiantes que promovieron la séptima papeleta fungieron protagónicamente. Narcos, políticos, guerrilleros, estudiantes, todos y todas – para contemporizar-  integraron la caótica constituyente que produjo una caótica Constitución, firmada en blanco en el Capitolio mientras sonaban las mismas notas que ayer conmovieron a los colombianos desde Cartagena.

Los ciudadanos que votarán por el si, ingenuamente ven en Santos, Timochenko, Roy Barreras, Santrich o Ernesto Samper auténticos guardianes del interés nacional.   

Pero si en 1991 Beethoven fue utilizado para concluir una tragedia, ayer lo fue para clausurar una comedia e inaugurar otra tragedia. El de ayer fue el trágico pacto entre dos de los sectores menos representativos del país, a saber, una facción del grupo terrorista más odiado de Colombia y otra facción – pues no vimos a Vargas Lleras- del gobierno más impopular de los últimos decenios. La paradoja es que el pacto entre ellos, del que solo podrían beneficiarse ellos, cuenta con el mayoritario apoyo de estudiantes, gremios y empresarios. Ciudadanos que ingenuamente ven en Santos, Timochenko, Roy Barreras, Santrich o Ernesto Samper auténticos guardianes del interés nacional. La gente los cree estadistas que lejos de pensar en sus pequeños intereses ligados al narcotráfico, la vanidad o la mezquindad burocrática están dispuestos a dejarlo todo para que los colombianos del mañana tengan un país en paz.

Lo de ayer fue un miedoso pacto de chacales entre las FARC y el estamento politiquero más podrido del país. La pregunta obvia es quién traicionará a quién de primeras, ¿cuál de los alacranes morderá primero? Pero lo más triste de todo no es que los colombianos, en masa,  elevarán esta comedia a tragedia el próximo domingo; al fin y al cabo la estupidez de los pueblos labra su propia suerte. Lo imperdonable es que hagan de la novena sinfonía de Beethoven la banda sonora del evento. ¡Pobre Beethoven!