Actualidad Razón

La estrategia de la derecha para recuperar el poder, según el gurú de Bolsonaro

Escrito por Juan Pablo B

Durante cuarenta años los brasileños dejaron, sin protestar, que su país se transforme en el mayor consumidor de drogas de América Latina; dejaron que sus escuelas se convirtieran en centrales de propaganda comunista y burdeles para niños; dejaron, sin protestar, que su cultura superior fuese sustituida por el imperio de farsantes semi-analfabetos; dejaron, sin protestar, que su religión tradicional se prostituyera en el lecho del comunismo…

Como creyentes católicos, quedamos perplejos delante del avance de ideologías contrarias a las creencias de la mayoría de colombianos, penetrando casi que por completo el Estado, los medios de comunicación e inclusive, lo digo con dolor, la Iglesia.

Sin embargo, no debemos desfallecer, la izquierda también avanzó muchísimo en Brasil y a pesar de eso, gracias a los esfuerzos de un neoconservadurismo brasilero, se empiezan a observar buenos resultados como la elección presidencial de Jair Bolsonaro y una renovada rama legislativa.

Si bien, la estrategia a seguir no sería posible abarcarla en unas cuantos párrafos, resulta oportuno un artículo del profesor Olavo de Carvalho del 2016 que nos da luces para organizarnos y dar el buen combate en esta guerra cultural. 

Apoya el periodismo católico con un “like”:

 

O que estou fazendo aquí

Diario do Comercio

08 de Febrero del 2016

 

La característica fundamental de las ideologías es su carácter normativo, el énfasis en el “deber ser”. Todos los demás elementos de su discurso, por más denso o más ralo que parezca su contenido descriptivo, analítico o explicativo, concurren a ese fin y son por él determinados, al punto de que las normas y valores adoptados deciden retroactivamente el perfil de la realidad descrita, y no al revés.

Esto no quiere decir que a las ideologías falte racionalidad: al contrario, ellas son edificios racionales, a veces primores de argumentación lógica, pero construidas encima de premisas valorativas y opciones selectivas que jamás pueden ser puestas en cuestión.

De ahí que, como dice A. James Gregor, el gran estudioso del fenómeno revolucionario moderno, el discurso ideológico es “engañosamente descriptivo”: cuando parece estar hablando de la realidad, no hace otra cosa que buscar superficies de contraste y puntos de apoyo para el “mundo mejor” cuya realización es su objetivo y su razón de ser.

Si el ciudadano optó por el socialismo, él describirá al capitalismo como antecesor y adversario, suprimiendo todo aquello que, en la sociedad capitalista, no pueda ser descrito en esos términos.

Si eligió la visión iluminista de la democracia como hija y culminación de la razón científica, describirá el fascismo como truculencia irracional pura, suprimiendo de la historia las décadas de argumentación fascista -tan racional como cualquier otro discurso ideológico- que prepararon el advenimiento de Mussolini al poder.

Algunos de estos individuos tuvieron sus personalidades tan completamente engullidas por esos símbolos convencionales del bien, que llegan a tomar cualquier reclamo, insulto o crítica que se dirija a sus distintas personas como un atentado contra la democracia, un virtual golpe de Estado.
Con todo esto, la cosa más obvia del mundo es que ninguno de mis escritos y nada de lo que he enseñado en clase tiene carácter ideológico, y que describirme como “ideólogo de la derecha”, o ideólogo de lo que sea, sólo vale como peyorativo difamatorio, intento de reducirme a la estatura mental del enano que así me rotula.

Pueden buscar en mis libros, artículos y clases. No encontrarán ninguna especulación sobre la “buena sociedad”, mucho menos un modelo de ella.

Puedo, como máximo, haber suscrito aquí o allá, de paso y sin prestarle gran atención, este o aquel precepto normativo menor en economía, en educación, en política electoral o en cualquier otro dominio especializado, sin ningún intento de articularlos y mucho menos de sistematizarlos en una concepción general, en una “ideología”.

Esto debería ser claro para cualquier persona que sepa leer, y de hecho lo sería si la fusión de analfabetismo funcional, malicia y miedo rústico de lo desconocido no formara aquel compuesto indisoluble e inalterablemente apestoso que constituye la forma mentis de nuestros “formadores de opinión” hoy (me refiero, por supuesto, a los más populares y vistosos y a su vasta audiencia de repetidores en el universo bloguístico, no a las excepciones tan honrosas como oscuras, de las cuales encuentro algunos ejemplos en este mismo Diario del Comercio).

Es obvio que estas personas son incapaces de razonar en la clave del discurso descriptivo. No dicen una palabra que no sea para “tomar posición”, o mejor, para ostentar una auto-imagen lisonjera ante los lectores, debiendo, para ello, contrastarla con algún antimodelo odioso que, si no fuera encontrado, tiene que ser inventado con desenfrenos, caricaturas pueriles y retazos de apariencias.

La cosa más importante en la vida, para esas criaturas, es personificar ante los focos algunos valores tenidos como buenos y deseables, como por ejemplo “la democracia”, “los derechos humanos”, “el orden constitucional”, “la defensa de las minorías”, etc. y tal, poniendo en las antípodas de esas cosas excelentísimas cualquier palabra que les desagrade.

Algunos de estos individuos tuvieron sus personalidades tan completamente engullidas por esos símbolos convencionales del bien, que llegan a tomar cualquier reclamo, insulto o crítica que se dirija a sus distintas personas como un atentado contra la democracia, un virtual golpe de Estado.

El deseo de personificar cosas bonitas como la democracia y el orden constitucional es tan intenso que, en el enfrentamiento entre izquierda y derecha, los dos lados se acusan mutuamente de “golpistas” y “fascistas”. La mejor prueba de que se trata de meros discursos ideológicos no se podría exigir.

Por mi parte, mis escritos políticos se dividen entre la búsqueda de conceptos descriptivos científicamente fundados y la aplicación de esos conceptos al diagnóstico de situaciones concretas, complementado a veces por pronósticos que, a lo largo de más de veinte años, jamás dejaron de cumplirse.

De estas dos partes, la primera está documentada en mis aposentos de clases (especialmente de los cursos que impartí en la PUC de Paraná), la segunda en mis artículos de periódico.

Los lectores de estos últimos no tienen acceso directo a la fundamentación teórica, pero encuentran en ellos suficientes indicaciones de que existe, de que no se trata de opiniones sueltas en el aire, sino, como observó Martin Pagnan, de ciencia política en el sentido estricto en que la comprendía su maestro y amigo, Eric Voegelin.

No hay, entre los más incensados ​​”formadores de opinión” de este país – periodísticos o universitarios -, uno solo que tenga la capacidad requerida, ya no digo para discutir ese material, sino para aprehenderlo como conjunto.

¿Quieren mayor prueba de que las luminarias de los medios y de las universidades no tienen el menor interés en conocer la realidad, sino solamente en promover sus malditas agendas ideológicas?
Describo las cosas como las veo a través de instrumentos científicos de observación, sin importarme si voy a “dar la impresión” de ser demócrata o fascista, socialista, neocon, sionista, católico tradicionalista, gnóstico o musulmán.

Tanto que ya he sido llamado de todas estas cosas, lo que por sí mismo demuestra que los rotuladores no están interesados ​​en diagnósticos de la realidad, sino sólo en inventar, en lo que leen, el perfil oculto del amigo o del enemigo, para saber si, en la lucha ideológica, deben alabarle o acabarlo.

La variedad misma de las ideologías que me atribuyen es la prueba cabal de que no suscribo ninguna de ellas, pero hablo en una clave cuya comprensión escapa al estrecho horizonte de conciencia de los ideólogos que hoy ocupan el espacio entero de los medios y de las cátedras universitarias.

Sus reacciones histéricas y odiosas, sus poses fingidas de superioridad olímpica, su invención entre maliciosa y pueril, sus aflicciones teatrales de condescendencia paternalista entremezclados de insinuaciones pérfidas, son los síntomas vivos de una inepcia colectiva monstruosa, como jamás se vio antes en cualquier época o nación.

Lo que en este país se llama “debate político” es de una miseria intelectual indescriptible, que por sí sola ya proporciona la explicación suficiente del fracaso nacional en todos los ámbitos: economía, seguridad pública, justicia, educación, salud, relaciones internacionales, etc.

Digo esto porque la intelectualidad hablante demarca la envergadura y la altitud máximas de la conciencia de un pueblo. Su incapacidad y su bajeza, que vengo documentando desde los tiempos del (un libro publicado por él) Imbécil Colectivo (1996), pero que después de esa época vinieron saltando de lo alarmante a lo calamitoso y de ahí al catastrófico y al infernal, se reflejan en la degradación mental y moral de la población entera.

De todos los bienes humanos, la inteligencia -y la inteligencia no quiere decir sino conciencia -se distingue de los demás por un rasgo distintivo peculiar: cuanto más la perdemos, menos notamos su falta. Aquí las más obvias conexiones de causa y efecto se convierten en un misterio inaccesible, un secreto esotérico impensable. La conducta desencadenada y absurda se convierte entonces en la norma general.

Imaginar que hice todo lo que hice sólo para crear un “movimiento de derecha” es, en la más generosa de las hipótesis, una estupidez intolerable.
Durante cuarenta años, los brasileños dejaron, sin protestar, que su país se transforme en el mayor consumidor de drogas de América Latina; dejaron que sus escuelas se convirtieran en centrales de propaganda comunista y burdeles para niños; dejaron, sin protestar, que su cultura superior fuese sustituida por el imperio de farsantes semi-analfabetos; dejaron, sin protestar, que su religión tradicional se prostituyera en el lecho del comunismo, y corrieron para buscar abrigo ficticio en pseudo-iglesias improvisadas donde se vendían falsos milagros por alto precio; dejaron, sin protestar, que sus hermanos fueran asesinados en cantidades cada vez mayores, hasta que toda la nación tuviera miedo de salir a las calles y comenzara a encarcelarse a sí misma detrás de rejas impotentes para protegerla; dejaron, sin protestar, que el gobierno tomara sus armas, y hasta se apresuraron a entregarlas, dejando a sus familias desprotegidas, para mostrar cuánto eran bellos y obedientes. Después de todo eso, descubrieron que los políticos estaban desviando fondos del Estado, y ahí explotaron en un grito de revuelta: “¡No, nuestro rico y santo dinerito nadie lo toca!”

La rebelión popular contra los comuneros no nace de ninguna indignación moral legítima, sino que emana de la misma mentalidad dinerista que inspira a los corruptos más cínicos.

No sólo el dinero es ahí el valor más alto, tal vez el único, pero todo parece inspirarse en la regla: “Yo también quiero, si no cuento para todo el mundo.” Es obvio que, si esa mentalidad no prevaleciera en nuestro medio social, jamás la corrupción habría subido a los niveles estratosféricos que alcanzó con el Mensalão, el Petrolão, etc.

El odio al mal no es señal de bondad y honradez: hace parte de la dialéctica del mal odiarse a sí mismo, mover la guerra a sí mismo y proliferar por disparidad.

Lo más significativo de todo es que el fenómeno de teratología moral tan patente, tan visible y tan escandalosa no merezca ni siquiera un comentario en un periódico, cuando debería ser materia de mil estudios sociológicos.

¿Quieren mayor prueba de que las luminarias de los medios y de las universidades no tienen el menor interés en conocer la realidad, sino solamente en promover sus malditas agendas ideológicas?

Fue por eso que, hace más de veinte años, llegué a la conclusión de que toda solución política para los males del país estaba, desde la raíz, inviabilizada por el carácter fútil y perverso de las discusiones públicas.

Sólo había un medio – difícil y laborioso, pero realista – de cambiar para mejor el curso de las cosas en este país, y ese curso no pasaba por la acción político-electoral. Era necesario seguir, “sin parar, sin precipitar y sin retroceder”, como enseñaba Pablo Mercadante, las siguientes etapas:

  1. Revigorizar la cultura superior, entrenando a jóvenes para que pudieran producir obras a la altura de lo que Brasil tenía hasta los años 50-60 del siglo pasado.
  2. Higienizar así el mercado editorial y la media cultural, creando poco a poco un nuevo ambiente consumidor de alta cultura y saneando, de esa manera, los debates públicos.
  3. Sanear a los grandes medios, mediante presión, boicot y ocupación de espacios.
  4. Sanar el ambiente religioso – católico y protestante.
  5. Sanar, gradualmente, las instituciones de enseñanza.
  6. Finalmente, elevar el nivel del debate político, haciéndolo tocar en las realidades del país, en vez de perderse en frases inmateriales y sacadas de retórica vacía. Esta etapa no se alcanzará en menos de veinte o treinta años, pero no existe “camino de las piedras”, no hay solución política, no hay fórmula ideológica salvadora.

O se recorren todas estas etapas, con paciencia, determinación y firmeza, o todo no pasará de una sucesión patética de eyaculaciones precoces.

Este es el proyecto al que dediqué mi vida, y del cual los artículos que publico en los medios no son sino una muestra parcial y fragmentaria. Imaginar que hice todo lo que hice sólo para crear un “movimiento de derecha” es, en la más generosa de las hipótesis, una estupidez intolerable.

En cuanto al ítem número uno, no se impresionen con los apresurados que, habiendo absorbido superficialmente algunas enseñanzas mías, ya quisieron salir por ahí, brillando y pontificando, en un afán frenético de aparecer como sustitutos mejorados del Olavo de Carvalho.

Estos son sólo la espuma, burbujas de jabón que el tiempo se encargará de deshacer. Todavía tengo una buena cantidad de alumnos serios que continúan preparándose, en silencio, para hacer el buen trabajo en el tiempo debido.

Nota: La traducción no es oficial, es solo responsabilidad de quien aparece como autor de este artículo.


Apreciado amigo de Razón+Fe:

¿Te parece que los creyentes católicos estamos bien representados en los grandes medios? Consideramos que no. Y por eso emprendimos desde 2014 una nueva forma de hacer periodismo que ya ha impactado a, por lo menos, 600 mil lectores (de la edición impresa), y a más de 260 mil visitantes en nuestra edición digital, que nació en 2016.

En Razón+Fe queremos que tus convicciones, enraizadas en verdaderos argumentos racionales, sean escuchadas, conocidas y defendidas, no precisamente para imponer un determinado punto de vista (porque la verdad nunca se impone, sino que atrae), al contrario: para mostrar la belleza y la autenticidad de la naturaleza humana, cuya comprensión, iluminada desde la Fe, permita el diálogo con quienes incluso no creen.

Y para lograr esto necesitamos de tu ayuda, primero en oración y luego en donación, sea con tu tiempo o tu aporte económico. ¡Porque ya nos leen miles de lectores, como tú, quienes merecen continuidad de un servicio profesional cada vez más cualificado y diversificado!

Comprometida con este desafío,
Alexandra Serna, directora de Razón+Fe (razonmasfe@gmail.com)

Haciendo clic aquí puedes donar en línea de forma segura:Apoya a R+F haciendo una donación con Tarjeta Débito

*Recibe el boletín semanal de Razón+Fe:

Sobre el Autor

Juan Pablo B

Estudiante universitario de Economía, estudiante activo del Instituto de Servicios Educacionales y Formativos Padre Pio dirigido por el Padre Paulo Ricardo, Miembro del grupo directivo de la organización AVIFI.

Qué opinas: