Actualidad Fe

¿Por qué tanto entusiasmo con el Papa?

Escrito por Redacción R+F

La figura del Papa es, con seguridad, una de las más influyentes de la historia, no sólo por su labor pastoral, sino por su antigüedad (casi 2.000 años sin interrupción), así como por el rol crucial que ha jugado en determinados momentos históricos en favor de la paz, como sucedió en los últimos tiempos con Benedicto XV  durante la Primera Guerra Mundial, con Pio XII durante la Segunda y con Juan Pablo II con la caída del comunismo y el fin de la Guerra Fría.

Nuestra mirada al Papa desde la fe, implica unos criterios más profundos que los que ofrece el mundo. Imagen: Revista Semana

El viaje apostólico de su Santidad Francisco a Colombia en esta ocasión, no genera una menor expectativa en ese ámbito, teniendo en cuenta la encrucijada de los colombianos sobre el camino a seguir para lograr el fin de la violencia de las FARC, algo que seguramente se decidirá en el proceso electoral en el que ya estamos inmersos.

Sin embargo, hacer una lectura meramente política de esta visita, solo demostraría una gran falta de fe.

Si hay algo que nos distingue como católicos es la incomparable certeza de que siguiendo al Papa, seguimos a Cristo.

Ubi Petrus ibi ecclesia”, donde está Pedro está la Iglesia, decía San Ambrosio, mientras que Santa Catalina se refería a Su Santidad con el título de “Dulce Cristo en la Tierra”.

Expresiones más que acertadas para quien ha recibido de Nuestro Señor las llaves de su Iglesia, convirtiéndolo en fundamento visible y perpetuo de unidad: “Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos” (Mt. 16, 13-20).

En el Papa los católicos encontramos la serenidad de ser una sola Iglesia, de seguir los pasos de Cristo en la tierra, de confiar en su promesa de que Él no dejará que su barca se hunda ni que las puertas del Infierno prevalezcan frente a ella. La existencia del Papa hace tangibles, actuales, vivas varias de las promesas de Cristo, y esa es la razón de nuestro entusiasmo de nuestro inextinguible amor por él.

No de otra forma se puede explicar que papas carismáticos como Francisco o Juan Pablo II, y tímidos como Benedicto XVI, convocaran  por igual a millones de personas a las jornadas mundiales de la juventud.

Al Papa lo amamos porque nos orienta con certeza en nuestra fe, porque a su lado podemos conservar la unidad dentro de nuestra diversidad, no por su carisma ni por su simpatía personal.

No se puede entender adecuadamente el significado de esta figura desde la mirada coyuntural, del instante, sino que es necesario asumir una perspectiva histórica, de continuidad: así como la Iglesia es una sola, su Sagrado Magisterio o Enseñanza, liderada por el Papa, es la misma a lo largo del tiempo, y si bien puede ser refinada o aumentada no se puede contradecir ni cambiar en forma radical.

La infalibilidad del Papa en materia de fe y moral, no es un privilegio personal sino un atributo de la dignidad pontificia, que desde su definición dogmática en 1870, apenas ha sido utilizada en dos ocasiones.

Por lo demás, es nuestro primer pastor y maestro, y por lo tanto merece nuestra reverencia y respeto, así cometa errores o tenga debilidades personales.

Un sano amor por el Papa no se puede encontrar en los extremos, ni en el culto a la personalidad de determinado Pontífice, más propia del mundo del espectáculo que de la virtud cristiana, ni en la crítica implacable con aquel que no parece alcanzar unos estándares idealizados.

“El nombre de Dios es misericordia”, tituló su libro el Papa Francisco, y qué más puede querer su Santidad que se la apliquemos a él, así como a sus críticos.

Irónico sería que un país que no acaba de superar la polarización del Sí y el No a los acuerdos de La Habana, termine ahora dividido entre admiradores y enemigos del Papa Francisco, aquél que simboliza nada más y nada menos que la unidad de la Iglesia católica.

Imagen: Crucifijo del Papa Francisco