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El pegreginar de Francisco en Colombia: orar con los pies en una tierra sagrada

Escrito por Redacción R+F

Colaboración especial de ILVA MYRIAM HOYOS CASTAÑEDA, Doctora en derecho de la Universidad de Navarra y experta en derechos humanos.

El Papa Francisco, antes de iniciar su viaje, el 4 de septiembre de 2017, dirigió un videomensaje al “pueblo de Colombia”. En éste aclaró, para que no quedara duda alguna frente a las muy variadas interpretaciones que durante los días previos a su visita se habían dado respecto a las razones de su viaje, que venía a este encuentro como “peregrino de esperanza y de paz” y quería que su visita fuera como un “abrazo fraterno” para cada uno de los colombianos y para que con ese abrazo se sintiera “el consuelo y la ternura del Señor”. De antemano agradeció a todos los colombianos, sin distingo alguno, por acogerlo en esta tierra.

El 13 de septiembre de 2017, nueve días después de su visita de cinco días a Colombia, el Papa hizo partícipes a quienes lo acompañaban en el Aula Paulo VI para la audiencia general de los miércoles de algunas impresiones, a manera de boceto, de lo que fue este “viaje apostólico” por tierras colombianas, el que presentó como “gran don” y calificó como “riqueza” para su ministerio y para toda la Iglesia.

Su viaje como “peregrino” y “apóstol” no consistió en una serie apretadísima de actividades en las cuatro ciudades que visitó, sino en una gran vivencia interior, que también pasó a formar parte del caminar de la Iglesia, que desde sus orígenes está, en palabras del Papa, “en línea de salida”, es decir, misionera. El Sucesor de Pedro realizó este “viaje apostólico” para anunciar como “enviado”, como “mandado”, como “generador de vida”, esto es, como apóstol, la buena noticia del Evangelio al pueblo de Colombia. Acompañó ese anuncio con signos de ternura, con la presencia vivificante del Espíritu y compartió con los colombianos el amor, la paz, y la alegría que el Señor resucitado ha dejado como “dones” a su pueblo. En el encuentro con los Obispos de Colombia, así lo expresó: “Vengo para anunciar a Cristo y para cumplir en su nombre un itinerario de paz y reconciliación. ¡Cristo es nuestra paz! ¡Él nos ha reconciliado con Dios y entre nosotros!”.

Sus desplazamientos por Bogotá, Villavicencio, Medellín y Cartagena no los hizo como un viajero más, sino como el “peregrino” que quiso caminar no sólo en Colombia, sino ante todo con Colombia, para “dar el primer paso” en la vía de la reconciliación, que ha implicado también transitar por una vía dolorosa, y testimoniar con inusitado gozo que peregrinar es “un modo de orar con los pies”.

Su caminar, que fue auténtico peregrinar, lo llevo a los “lugares” de Dios, a los “lugares santos”, porque en la misión de anunciar el Evangelio la dimensión del “espacio”, no es menos significativa que la del “tiempo”. San Juan Pablo II, en su Carta sobre la peregrinación a los lugares vinculados a la historia de la salvación (1999), escribió que así, como “el tiempo puede estar acompasado por kairoi, momentos especiales de gracia, el espacio puede estar marcado análogamente por particulares intervenciones salvíficas de Dios”. No hay tiempo ni espacio donde Dios no esté, pero en Cristo tiene “la plenitud de su expresión y de su irradiación”. En la historia de la salvación hay “tiempos sagrados” y “lugares sagrados”.

La concentración de los “tiempos sagrados” y de los “espacios sagrados” se da en Cristo, “el Alfa y Omega, el Principio y el Fin” (Ap 1, 8), pero también el “templo” (Jn 2, 21), en el que habita “la plenitud de la divinidad” (Col 2, 9). El misterio de la Encarnación evoca la referencia tanto a la “plenitud de los tiempos” como “al espacio sagrado”. Al “hacerse carne” el Verbo, el Hijo de Dios, pertenece a un pueblo concreto, a una tierra determinada que forman parte de la historia de la salvación.

Francisco recordó, en la homilía que pronunció el viernes 8 de septiembre en Catama (Villavicencio), la genealogía de Jesús, y al predicar expresó que ésta “no es una simple lista de nombres, sino historia viva, historia de un pueblo con el que Dios ha caminado”, se ha hecho hombre y al hacerlo “ha querido anunciar que por su sangre corre la historia de justos y pecadores”, que la salvación “no es una salvación aséptica, de laboratorio, sino concreta, una salvación de vida que camina”. Esa historia de salvación no es extraña a la de cada pueblo de Dios, también al pueblo de Colombia, que ha vivido “páginas oscuras o tristes” y “momentos de desolación y abandono comparables al destierro”. En esta tierra proclamó que hay “genealogías llenas de historias, muchas de amor y de luz, otras de desencuentros, agravios, también de muerte”.

De evocar esas genealogías, “que anuncian que por las venas de Jesús corre sangre pagana, las que recuerdan historias de postergación y sometimiento”, pasó en su encuentro con las víctimas en la ciudad de Villavicencio, que él mismo calificó como “el momento culminante de todo el viaje”, a reconocer que con su caminar y con sus pasos ha pisado una tierra sagrada. Éstas fueron sus palabras: “Vengo aquí con respeto y con una conciencia clara de estar, como Moisés, pisando un terreno sagrado”. Sí, Colombia es tierra “santa”, “tierra regada con la sangre de miles de víctimas inocentes” y del “dolor desgarrador de sus familiares y conocidos”. Tierra en la que se ha plasmado el rostro de Cristo y en la que ha costado cicatrizar las heridas, ésas “que nos duelen a todos” y que le animaron a Francisco a estar cerca de las víctimas, a mirarlas a los ojos, a escucharlas, a abrirles el corazón a sus testimonios de vida y de fe, pero también a pedirle a Dios la gracia de llorar con ellas, la gracia del perdón y también de rezar y de tocar en cada una de las víctimas la carne de Cristo.

En esta “tierra buena”, “tierra de inimaginable fecundidad”, dijo con voz firme, se ha amenazado y destruido la vida, se ha segado “a diario la existencia de tantos inocentes, cuya sangre clama al cielo”. Sí, “tierra sagrada” donde se ha irrespetado “la sacralidad de la vida humana” y tierra herida por cada acto de violencia contra un ser humano, que además es hermano, y que ha causado “una herida en la carne de la humanidad”. El Papa invitó no sólo a los Obispos de Colombia, sino a todos los colombianos, “a no tener miedo de tocar la carne herida de la propia historia y de la historia de su gente” y a recuperar entre todos “la dignidad del hermano caído por el dolor de las heridas de la vida”.

En otro viernes de dolor y ante el Cristo negro de Bojayá, imagen a la que le reconoció “fuerte valor simbólico y espiritual”, Francisco no sólo recordó lo ocurrido en la madrugada del 2 de mayo de 2002 en el corregimiento de Bellavista y en las tierras del Chocó, sino que contempló con sus propios ojos “tanto dolor, tanta muerte, tantas vidas rotas, tanta sangre derramada en la Colombia de los últimos decenios”.

Frente a los pies de ese Cristo, “mutilado y herido”, “roto y amputado”, que en verdad es “más Cristo”, porque muestra, una vez más, que “Él vino para sufrir por su pueblo y con su pueblo”, pidió por la restauración de su cuerpo”, también por ser “sus pies para salir al encuentro del hermano necesitado”, por ser sus “brazos para abrazar al que ha perdido su dignidad”, por ser “sus manos para bendecir y consolar al que llora en soledad” y así poder ser testigos en esta tierra adolorida de su amor y de su infinita misericordia. El Papa ante este Cristo confirmó el carácter sagrado de esta tierra y la razón de su peregrinar a este lugar sagrado.

El mensaje de Francisco, “peregrino de esperanza y de paz” y “apóstol del perdón y de la reconciliación”, todavía resuena en el pueblo de Colombia: ¡Debemos peregrinar al encuentro del Mensajero de la Paz y orar con los pies en esta tierra sagrada!