Cultura

Contradictorias facetas del mundo anglosajón para un colombiano.

Escrito por Santiago Quijano

Empiezo por afirmar que nada ha sido tan nefasto para nuestra cultura y país como los anglos, tanto en su versión británica como en su renovada y más invasiva versión norteamericana. La lista de daños e insultos injustificados cometidos contra nuestra patria es interminable. Y los móviles aducidos para cometerlos siempre han sido la avaricia, el desprecio y el temor a encontrar cualquier tipo de amenaza al sur del Rio Grande.

Sus piratas y bucaneros se cansaron de asaltar, saquear y masacrar nuestros puertos del Pacífico y Caribe desde el Siglo XVI.  Insisto en el término piratas pues los almirantes y capitanes que hoy adornan en pinturas los museos de Londres, eran en realidad contrabandistas y asalta caminos de parche y loro, con Francis Drake a la cabeza. Fueron el saqueo y el contrabando los pilares sobre los que se edificó la “Royal Navy”.

En un juego de vergonzosa hipocresía, los anglos sostenían el ejército de Wellington en España mientras financiaban a Miranda en este Virreinato. Consiguieron guerra y devastadora desolación en los dos lados del Atlántico, diezmando estructuralmente nuestra capacidad militar y económica de defensa. Luego cobraron la ayuda prestada con usura que haría sonrojar a Shylock, al tiempo que fomentaban las carreras de gobernantes corruptos a quienes a cambio de migajas compraban para garantizar sus intereses.

Luego vino la doctrina de Monroe con su mentiroso “América para los americanos”, que si algo de honestidad hubiese en la diplomacia angloamericana debería tener por lema “toda América solo para los anglos”.
Quizás el caso estelar sea el del General Santander, quién se vendía a gringos y británicos por igual. A los primeros les  garantizó sabotearle a Bolívar el Congreso Anfictiónico de Panamá y a los segundos solicitar un empréstito ominoso que dejó hipotecadas las rentas públicas al banco Goldsmith hasta por treinta años prorrogables. A unos y otros les garantizó la separación del antiguo Virreinato y disolución de la Gran Colombia, no fuera que las actuales repúblicas de Venezuela, Colombia y Ecuador, al estar unidas, pudieran resistir con mayor fortaleza la voracidad colonialista de los anglos. A los anglos – y a su lacayo Santander- debemos que el país histórico que fue el Virreinato, quedara artificialmente fragmentado en más de cuatro países políticos.

Luego vino la doctrina de Monroe con su mentiroso “América para los americanos”, que si algo de honestidad hubiese en la diplomacia angloamericana debería tener por lema “toda América solo para los anglos”. Más que el cólera, la doctrina Monroe fue la peor peste que asoló a Hispanoamérica durante todo el Siglo XIX: se alzaron con medio México, Cuba, Puerto Rico y terminaron robándonos el istmo de Panamá, sin duda la pérdida territorial más dolorosa de nuestra historia después de perder Venezuela y Quito – ¡oh sorpresa! – tragedia también auspiciada por los anglos.

Haré de un paréntesis, solo para no dejar en el tintero lo siguiente: siempre que me duelo con la humillante catástrofe de Panamá, me reconforto sabiendo que los anglos fueron mucho más humillados en Cartagena, tras la intensa y valiente batalla que llevó a don Blas de Lezo al cénit de la gloria en 1741. Los anglos nos robaron Panamá sobornando funcionarios de tercera y engañando al General Juan Tovar, que no pudo dar batalla. Nosotros defendimos Cartagena de frente, con una gallardía admirable ante una invasión anfibia de dimensiones sólo superadas en las playas de Normandía en 1944.

Continuando la cronología, en el Siglo XX no nos fue tan mal como a nuestros vecinos, pero un balance de la relación con los Estados Unidos tampoco da para echar voladores. Aunque fueron un ocasional aliado en la lucha militar contra el marxismo, su decadente sociedad se encargó de comprar con frenesí la cocaína colombiana, que a su vez financiaba a las guerrillas marxistas. Ayudaron con helicópteros a combatir el mismo monstro que ellos mismos alimentaban con su formidable capacidad de demanda por droga. El legado de sus multinacionales tampoco fue el mejor: rapaces evasoras de impuestos, jamás dudaron en ceder ante las extorsiones de todos los bandidos que han desangrado a este país, desde los años veinte hasta la macabra financiación de paramilitares en los noventa. El caso de “Chiquita Brands” sintetiza la historia de la inversión angloamericana en Colombia.

Hoy nos abalanzamos eufóricos ante todo lo que venga de los anglos sin entender que Estados Unidos ha sido uno de los principales enemigos históricos de nuestro país. Al parecer sólo dos cosas tienen en común todas nuestras clases sociales: hablan castellano y sienten envidiosa admiración por una cultura que nos desprecia y que lleva quinientos años procurando nuestra ruina.

Las clases bajas encuentran en la basura “pop” y en una horrorosa indumentaria deportiva de marcas gringas los objetos más preciados de sus vidas (ropa que en realidad es fabricada por mano de obra esclava en países asiáticos – también explotados por los anglos-). Tan popular es vestirse y verse como un gringo desarrapado, que hasta los dictadores contemporáneos cambiaron la capa, el quepis y las charreteras por un disfraz de Michel Jordan. Ha sido el caso en Cuba y Venezuela y probablemente pronto veamos a doña Clara López y a Gustavo Petro luciendo luminosas sudaderas.

Algo trivial pero suficientemente ilustrativo se verifica en los clubes sociales de la clase alta bogotana: prácticamente todos llevan nombres en inglés como “Country”, “Gun” o “Jockey” .
Por su parte las clases altas encuentran en Harvard y Yale los faros infalibles de la moralidad y lo políticamente correcto mientras compiten por ver quién habla mejor el inglés. No vamos a negar que algunos sectores de Nueva York puedan tener más encanto que otros en Soacha o Bogotá, pero se puede amar el Jazz y el Jack Daniel`s sin que por ello Estados Unidos se convierta en el unívoco paradigma cultural. Y justamente eso es lo que las clases altas trasmiten a sus hijos, dando como resultado una élite mendicante ante “el Coloso del norte” desde hace varias generaciones. Algo trivial pero suficientemente ilustrativo se verifica en los clubes sociales de la clase alta bogotana: prácticamente todos llevan nombres en inglés como “Country”, “Gun” o “Jockey” . Lo equivalente ocurre entre sectores populares,  que al no tener clubes ponen a sus hijos nombres como “John”, “Wilson” o “Jimmy”.

Una práctica que sí congrega a todos los colombianos, como es la música y el baile, ha sido profundamente transgredida por los angloamericanos. Pobres y ricos bailaban al son de porros, boleros y guabinas, bonitas canciones interpretadas por orquestas o papayeras. Ahora, desde la colonia angloamericana de Puerto Rico, se exporta a nuestro país el degenerado Reggaeton, al que los jóvenes colombianos se entregan desaforados desde “Andrés Carne de Res” hasta el más miserable de los antros en el sur de Bogotá, al son de otro tipo de porros.

Han sido los anglos activísimos protagonistas en nuestro despojo territorial, político, económico y cultural. Sin embargo, ¿por qué la patética pleitesía? Sin duda el odio del marxismo contra los anglos ha sido motivo para que millones de colombianos se vuelquen a favor de los Estados Unidos. No es sino ver que el diablo despotrique de una persona para sentir por ella sistemática simpatía. Era natural que después de un discurso de Raul Reyes, “Timochenko” o Piedad Córdoba criticando a los Estados Unidos se despertara a favor de los anglos un elevado sentimiento de aprobación.  Pero una respuesta integral a tan honda pregunta fue dada por el chileno Jaime Eizaguirre en su ensayo “Hispanoamérica del dolor”, texto que debería ser de rigor en todas las escuelas públicas del país.

La patria de Shakespeare.

Expresado lo anterior, es imposible negar que en el mundo anglo no se hayan gestado algunas de las más conmovedoras obras culturales de occidente. Ya en el Siglo XX no estuvo ausente su genio en figuras como T.S Elliot, Faulkner, Chesterton o Waugh. Pero quiero llamar la atención sobre un personaje fascinante que los anglosajones le regalaron al mundo en el siglo pasado: Juan apodado “el salvaje”.  Fue la creación de Aldus Huxley en su profética novela “Brave new world”, “Un mundo feliz”- 1932.

No es casualidad que Juan “salvaje” haya sido una manifestación artística de nuestro tiempo. Se trata de un ser humano mucho más real de lo que la ficción supondría, inevitablemente desadaptado a un mundo que ya no es humano, sino animal. Y es justo en el deshumanizado Siglo XX, en los últimos minutos crepusculares de occidente, cuando Juan “salvaje” grita perdido ante una sociedad horrorosa, similar en casi todo a la que estamos viviendo.

Con el paso de los años, el mundo hipotético que Huxley predijo en los treintas se ha ido convirtiendo en una patente realidad (salvo en las pocas cosas positivas que supuso, como la desaparición de la guerra, la estabilidad política o la cortesía entre las personas). En el mundo de Huxley la religión, la familia y la patria han desaparecido para ser reemplazadas por una idolatría al pequeño bienestar personal y a la tecnología.

Huxley nos presenta un mundo completamente urbano –ha desaparecido el campo- en que los humanos nacen en fábricas de clonación, sin padre ni madre y por supuesto sin hijos, ya que el único propósito moralmente aceptado para tener relaciones sexuales es el placer y la diversión. La mujer que no se atiborre de anticonceptivos es considera un peligro y si llegara a quedar embarazada por un imperdonable descuido su único deseo sería abortar. Por supuesto que tampoco hay matrimonio ni vida entre parejas.

¿Pero cómo o qué van a amar si desaparecieron las instituciones básicas en donde crece el amor, que son la religión y la familia?
Los humanos del futuro vivirían vidas solitarias, artificialmente socializadas con plurales encuentros sexuales y fiestas con música estridente en las que se drogan con “soma” – poción para la felicidad-.

Cuando no están fornicando o bailando drogados, los humanos se dedican a miserables labores de hormiga en donde trabajan sin mucho entusiasmo. Sus charlas se reducen a estúpidos lugares comunes y a preguntarse entre sí con quién se acostaron la noche anterior. La patria fue reemplazada por un gran orden mundial al que obedecen como borregos pero,  creen ellos, son las creaturas más libres de cuantas hayan existido en la historia. Los tontos creen en el “derecho” a la felicidad, en “the pursuit of Happiness”,   tal y como Jefferson lo escribió en la declaración de independencia norteamericana.

Los adultos parecen nunca envejecer, pues obsesionados con su buena figura física, se inyectan químicos que los aparentan jóvenes hasta que mueren.

Estos ciudadanos carecen de cualquier tipo de pasión, como es de suponer en quienes no  aman. ¿Pero cómo o qué van a amar si desaparecieron las instituciones básicas en donde crece el amor, que son la religión y la familia? En consecuencia, tampoco hay grandes propósitos ni altura de mira en las ambiciones de estos pobres, cuyas pequeñas vidas se pasan trabajando anónimamente y creyéndose felices porque fornican y no pasan hambre, ni frio o calor: verdaderos animalitos, gallinas en un galpón.  En fin, Huxley resume el principio fundamental del “mundo feliz” en palabras del personaje Tomakin, (padre de Juan “salvaje”): “lo que el hombre ha unido la naturaleza no puede separarlo” que es la perfecta antítesis a la enseñanza de San Marcos: “Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre”. Non serviam es, en definitiva, la regla de oro en “el mundo feliz”.

En ese mundo, la historia de Juan “salvaje” es la siguiente. Un joven –Bernard Marx- se fue de vacaciones a “malpaís”, territorio reservado a los salvajes que aún concebían y parían naturalmente, tenían familias y algún remedo de religión. Por casualidad, Bernard descubrió a Juan, hijo perdido de un importante hombre público. Juan fue llevado de regreso a la civilización, junto con su ya anciana madre.

Entre sus muchas particularidades, como haber nacido de una madre y quererla, Juan de pequeño se topó con las obras completas de Shakespeare, que leyó repetidas veces y aprendió prácticamente de memoria. Era Juan “salvaje” una suerte de Mowgli conmovido e influenciado moralmente por la obra de Shakespeare y quizás especialmente por esa triada cristiana que resulta de Otelo, Macbeth y Hamlet. Juan “salvaje” – a diferencia de Bernard “civilizado”- conocía la perfidia por Lady Macbeth, la candidez por el rey Duncan, la envidia y la traición por Iago, la valentía y el coraje por Enrique V, la villanía y la codicia por Ricardo III. En suma Juan consideraba, al igual que William Faulkner, que existían  “las viejas virtudes y verdades del corazón (…)  el amor, el honor, la piedad, el orgullo, la compasión y el sacrificio”[1] y que las pasiones contrarias a ellas eran malvadas.

“¿Madre?” le responden “Absténgase de usar ese lenguaje inmoral”
Lo que sigue es la antítesis de lo que le ocurrió a Tarzan. Si el salvaje de Edgar Burroughs regresó a los brazos amorosos de su abuelo, Lord Clayton, el salvaje de Huxley se encontró con un padre que lo rechazó de inmediato, ante la vergüenza pública que en “el mundo feliz” implicaba tener hijos.

Juan “salvaje” fue paseado por la alta sociedad como fiera de circo, en donde solía repetir sonetos de Shakespeare. Nadie entendía los valores que él respetaba, pues eran humanos sin seres queridos, educados bajo una ingeniería social especialmente diseñada para aborrecer y extinguir cualquier sentimiento noble. Parte de la formación recibida por los ciudadanos del “mundo feliz” implicaba un sistemático desprecio por toda manifestación literaria o artística en general. El aprecio por las bellas artes y el deporte al aire libre habían sido reemplazados por pornografía y juegos computarizados. Cuando le presentaron una vulgar comedia, Juan se levantó del teatro diciendo: “es innoble”.  El pobre “salvaje”, cuya única arma para socializar era Shakespeare, quedó condenado a ser ridiculizado por una sociedad que ignoraba todo sobre el autor que tanto citaba, o sobre cualquier otro escritor.

Juan se enamoró perdidamente de Lenina, guapísima mujer que él convirtió en su Julieta.

“He had seen, – escribe Hauxly– for the first time in his life, the face of a girl whose cheeks were not the colour of chocolate or dogskin, whose hair was auburn and permanently waved, and whose expression (amazing novelty!) was one of benevolent interest. Lenina was smiling at him; such a nice-looking boy, she was thinking, and a really beautiful body. The blood rushed up into the young man’s face; he dropped his eyes, raised them again for a moment only to find her still smiling at him, and was so much overcome that he had to turn away and pretend to be looking very hard at something on the other side of the square.”

Pero Lenina, producto de la sociedad que la había diseñado, no era capaz de comprender el amor exclusivo y eterno que Juan le ofrecía. Ella le hizo entender que lo amaba, y de verdad lo amaba, pero a la vez le dijo que no concebía la posibilidad de entregarse solo a él por el resto de su vida. Ella quería seguir llevando una vida normal, y lo más normal sería continuar entregándose al mayor número de varones como le fuera posible.

El “salvaje” entró en cólera, la llamó “Puta” y la abandonó con el único beso de amor que Lenina recibió en su vida. Juan recuerda a muchos personajes, pero es difícil no verle como una especie de don Quijote cuerdo, condenado, como es natural, a la más profunda melancolía.

En “el mundo feliz” son los salvajes quienes aún conservan briznas de humanidad, gracias a estar alejados de la malvada y desnaturalizada sociedad y su concepto de utopía moderna.
 Justo después del episodio con Lenina, Juan fue llamado por el Centro de Eutanasia. Recibió la “buena noticia” de que los químicos aplicados a Linda – su madre- pronto la matarían. El “salvaje” llegó destrozado al centro de eutanasia exigiendo que se le permitiera ver a su madre antes de morir. “¿Madre?” le responden “Absténgase de usar ese lenguaje inmoral”. A los empellones llegó al salón en que Linda, moribunda, le reconoció. Juan tomó su mano mientras un grupo de niños entró en el salón para aprender de un profesor sobre las maravillas de la eutanasia. El “salvaje” perdió el control y expulsó a los niños como Cristo a los mercaderes mientras su madre finalmente expiró.

Las más altas autoridades del orden mundial creyeron ver en Juan un nuevo Calibán y procuraron sin éxito que el “salvaje” aceptara como normas de su vida la frivolidad, el desamor y la promiscuidad. Juan se negó a ello, incluso a consumir “soma” – la dosis de la felicidad- y en otro momento de histeria bandalizó el centro de expendio de la droga (que recuerda cuando Pink Floyd destruyó desesperado la habitación del hotel en que se encontraba con su “grupie”). Marginado, humillado y completamente incomprendido, “el salvaje” terminó ahorcándose.

Un fuerte sentido de la ironía acompaña toda la novela de Huxley, empezando por el propio Juan. En “la Tempestad”, obra de Shakespeare, la ingenua Miranda, que ha vivido en una isla desolada, exclama lo siguiente al reconocer la Civilización:

“O, wonder!

How many goodly creatures are there here!

How beauteous mankind is! O brave new world,

That has such people in’t!”

Juan hará suyas esas mismas palabras ante la sórdida alcantarilla que le presentan como civilización. Como resulta obvio, el único que no es un salvaje es Juan, al contrario, ¡resulta ser el único hombre educado del mundo! Huxley intercambia los papeles de la tradicional dicotomía shekspereana entre civilización y barbarie. No es como en Macbeth u Otelo, en donde se contrasta la salvaje Escocia sobre la civil Inglaterra o la culta Venecia sobre el bárbaro oriente. En “el mundo feliz” son los salvajes quienes aún conservan briznas de humanidad, gracias a estar alejados de la malvada y desnaturalizada sociedad y su concepto de utopía moderna.

Con autores como Huxley busca uno reconciliarse con ese mundo anglosajón que en tantos aspectos nos ha sido hostil y ruinoso. Por un lado nos ofrecen a Shakespeare y por la espalda nos  asaltan con Drake. “¡Qué inexplicable paradoja!” – le dije un día a un amigo, comentando el contenido del presente artículo- “Paradoja si- me respondió tranquilamente- pero inexplicable no, al contrario, la respuesta es muy sencilla: Shakespeare era católico, Drake protestante”.

[1] Esto lo dijo Faulkner en su discurso al ganar el premio Nobel de literatura en 1949.