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La Tercera Guerra Mundial llega con Clinton

Escrito por Santiago Quijano

Desde la década de los años sesentas, el planeta nunca había estado tan cerca al desatamiento de la tercera guerra mundial. Es prácticamente un hecho que la ganadora de las elecciones norteamericanas será Hillary Clinton, abanderada principal de una política exterior guerrerista y ultra expansiva, cuya intensificación causará un inevitable conflicto armado con Rusia.

Hillary Clinton, abanderada principal de una política exterior guerrerista y ultra expansiva, cuya intensificación causará un inevitable conflicto armado con Rusia.

No es ninguna novedad que para los Estados Unidos controlar el petróleo en el Medio Oriente sea una prioridad estratégica de su política exterior. Ello lo han conseguido mediante el soborno y protección a las tiranías saudíes o por cuenta de invasiones militares e instalación de gobiernos marioneta como en el caso de Iraq o Libia. En el sangriento e inhumano proceso, durante las últimas tres décadas destruyeron cualquier asomo de estabilidad política regional y alimentaron un lógico odio en la masacrada población civil que hoy estalla en atentados terroristas por Londres, Madrid, Bruselas, Paris…y los que vienen.

Lo cínico es que a ello le llamen “expansión de la Democracia”. Si tal farsa fuera cierta, hace décadas que habrían invadido todas las tiranías del África ecuatorial más uno que otro régimen hispanoamericano.

Hasta 1991, cuando se derrumbó la Unión Soviética, el bloque de potencias comunistas era un dique que contenía la voracidad norteamericana y mantenía tensas pero firmes las fronteras. Tras la debacle de la perestroika, la ambición de los Estados Unidos quedó sin freno. Desatados, ejecutaron invasiones militares en lugares geográficos en que antes de que cayera el muro de Berlín hubiera sido impensable.

Hasta 1991, cuando se derrumbó la Unión Soviética, el bloque de potencias comunistas era un dique que contenía la voracidad norteamericana y mantenía tensas pero firmes las fronteras.

La primera y muy significativa invasión fue en 1998, durante la guerra de Kosovo. Con la máscara de la OTAN, los estadounidenses destruyeron Yugoslavia y asumieron un control desmedido en la zona balcánica, justo en las narices de la descolocada Rusia.

Secuela muy cuestionable a propósito de los atentados del 11 de septiembre fue la invasión estadounidense al Afganistán. Aunque hoy nadie lo reconoce, el gobierno de Vladimir Putin – solidario con los anglos en su lucha contra el terrorismo- permitió que desde territorio ruso se desplazaran varias operaciones que facilitaron la invasión. La desconcertante respuesta del gobierno de George W. Bush fue retirarse unilateralmente del ABM (The Anti-Ballistic Missile Treaty) que desde 1972 garantizaba el equilibrio nuclear entre las dos superpotencias.

La retirada unilateral, por parte de los Estados Unidos, del ABM en 2003 fue un punto de quiebre profundamente negativo en las relaciones ruso – estadounidenses. Desde entonces se desató una peligrosa carrera armamentista que no ha cesado.  Semejante ruptura también despertó la olvidada desconfianza del Kremlin contra Washington.

Putin

Vladimir Putin viajó a Paris con el propósito de evitar que el gobierno de Jaques Chirac apoyara la invasión militar a Iraq.

En este nuevo clima de susceptibilidad la invasión norteamericana al Iraq, en 2003, no encontró ningún apoyo en Rusia. Por el contrario, Vladimir Putin viajó a Paris con el propósito de evitar que el gobierno de Jaques Chirac apoyara la invasión militar a Iraq. Los esfuerzos de Putin fueron determinantes para que Francia – y en consecuencia, la OTAN- no apoyaran la agresión norteamericana.

La venganza de los norteamericanos no se hizo esperar. Desde 2003, Washington ha venido orquestando una estrategia sistemática de bloqueos económicos y sanciones energéticas y armamentistas por parte de la Unión Europea contra Rusia.

Aunque la agenda doméstica entre demócratas y republicanos en algo varía, la política de provocación a Rusia se mantuvo intacta, e incluso aumentó, con el advenimiento de la administración de Barak Obama y su secretaria de Estado, Hilary Clinton.

Clinton: mucho más peligrosa que Trump.

En lo que respecta a la política de agresión exterior, existen hondas diferencias entre Donald Trump y Hillary. El candidato republicano es un “outsider”, ajeno a los compromisos y vínculos que Clinton sí tiene con el Estado de Israel, Wallstreet y el establecimiento demócrata-republicano. Clinton es la candidata del establecimiento político norteamericano, y así lo demuestra la prensa y los “mass media” que la han catapultado como una estadista moderna e idónea para asumir las riendas del gobierno, mientras dibujan a Trump como un loquito peligroso.

Trump no hace parte del establecimiento político tradicional. Ha jugado su campaña en solitario – con sus propios millones- y de sus polémicas declaraciones en campaña ninguna insinúa invasiones militares ni provocaciones a potencias extranjeras. Al contrario, Trump ha manifestado la importancia de restablecer relaciones amistosas con Rusia y ha reiterado su intención de no intervenir militarmente en otros países, proyectándose como un aislacionista.

Hilaria

Clinton fue la principal promotora de la despiadada invasión a Libia en 2011.

La trayectoria de Clinton es muy distinta. Como senadora hizo parte del comité de servicios armados y votó a favor de la invasión a Iraq. Ya como secretaria de Estado de la administración Obama, fue la principal promotora de la despiadada invasión a Libia en 2011. Con la siempre excusa de promover la democracia, los estadounidenses y la OTAN bombardearon civiles y devastaron innecesariamente la infraestructura vial, portuaria y aeroportuaria de un país que había tardado generaciones en construirla. Conclusión; Clinton consiguió eliminar al régimen de Maummar Gaddafi, uno de los pocos líderes regionales que se oponían al unilateralismo estadounidense (Como ocurrió con Iraq, el gobierno de Vladimir Putin se opuso a la invasión de Libia).

La política exterior de Clinton se nutre fundamentalmente del CNAS (Center for a New American Security) un “Think tank” bipartidista que recoge en sus postulados la escuela “newcon” o neoconservadora. La doctrina “newcon” está basada en la razón de Estado que asiste a los Estados Unidos para intervenir militarmente otros estados con miras a garantizar la preeminencia de sus intereses políticos y económicos. Tras la caída de la Unión Soviética, la agenda “newcon” se tornó más agresiva, propendiendo por la completa supremacía de los Estados Unidos dentro de un orden unipolar. Henry Kissinger, Kurt M. Campbell, Madeline Albright y la propia Hillary han sido notables exponentes de la feroz doctrina internacional neoconservadora.

Paul Craig Roberts, secretario del tesoro durante la administración de Ronald Reagan, publicó a comienzos del presente año un libro magistral intitulado “The Neoconservative Threat to World Order” en donde expone con detalle los peligros que la agresiva agenda de los “newcons” suponen para la paz mundial.

The neocons

Paul Craig Roberts, secretario del tesoro durante la administración de Ronald Reagan, publicó a comienzos del presente año un libro magistral intitulado “The Neoconservative Threat to World Order.

Vladimir Putin: la piedra en la bota expansionista de Clinton.

Tras las invasiones al Afganistán, Iraq y Libia, los Estados Unidos – con o sin la OTAN- pretendían emprender operaciones militares contra Irán y Siria, últimos reductos que no estaban alineados con los intereses norteamericanos en el Medio Oriente. Estas invasiones habrían tenido lugar de no ser por la obstinada oposición por parte del gobierno de Vladimir Putin, quién bloqueó mediante duras advertencias diplomáticas la intervención militar directa estadounidense en cualquiera de estos países.

Putin fue más allá e intensificó su apoyo militar y tecnológico al régimen  sirio de Bashar al-Ásad, enemigo de los norteamericanos, quienes entrenan y financian grupos terroristas para derrocarlo, mientras el país arde en una cruenta guerra civil.

En respuesta, Washington orquestó en 2014 un golpe de estado para deponer al presidente de Ucrania, Viktor Yanukovych, aliado de Rusia, y sustituirlo por el líder neonazi  Petro Poroshenko, abierto enemigo del gobierno de Putin. Ante la imposición, por parte de los Estados Unidos, del régimen abiertamente hostil a Rusia de Poroshenko, Putin se negó a abandonar las bases militares rusas situadas en Crimea, que es parte de Ucrania. A éste acto obviamente defensivo – no ofensivo- Estados Unidos y la prensa internacional lo bautizaron como la “invasión rusa a Crimea”.  Lo cierto es que no hubo invasión alguna, las tropas rusas sencillamente se quedaron quietas en las bases militares situadas en Crimea que ya controlaban desde hacía años. Las provocaciones de Hillary Clinton fueron más lejos al invitar al nuevo gobierno golpista a un encuentro con la OTAN y promover la membresía de Ucrania en dicha organización. Una Ucrania notoria y abiertamente hostil a Rusia como miembro de la OTAN resultaría una provocación irresponsable y sin precedentes en la historia reciente. Solo quien busque un enfrentamiento bélico con Rusia promovería semejante afrenta, y ahora mismo tal jugada está siendo promovida por Washington.

Henry Kissinger, Kurt M. Campbell, Madeline Albright y la propia Hillary han sido notables exponentes de la feroz doctrina internacional neoconservadora.   

Contra toda evidencia y probabilidad, los Estados Unidos insisten en que Irán desarrolla un agresivo programa de ofensiva nuclear. Con esta falsa alarma, Clinton ha justificado la colocación de bases con misiles en Polonia, Ucrania y Turquía. Esto equivaldría a que Rusia, alegando que Chile es una amenaza nuclear para el mundo, colocara misiles en Cuba, México y Canadá. Hasta ahora, la reacción de Rusia a esta cadena sucesiva de provocaciones ha sido prudente y eminentemente diplomática,  pero el tono y desafíos de la administración Obama aumenta de forma peligrosa.

Washington no solo provoca a Rusia situando armamento en sus fronteras y apoyando militarmente a sus vecinos hostiles. Los Estados Unidos y la prensa afín a Clinton (New York Times, Washington Post, Time, CNN, etc) han emprendido una exitosa campaña mediática enfocada en satanizar a la persona de Putin y dibujarlo como un tirano obsesionado con invadir países vecinos. En el mundo y particularmente en Europa ya existe un temor generalizado frente a Vladimir Putin, en lo que parecería una exitosa fórmula para justificar una próxima operación militar contra Rusia.

Un ataque nuclear contra Rusia por parte de la OTAN y los Estados Unidos probablemente consiga eliminar del panorama internacional el “obstáculo” ruso que se interpone entre Norteamérica y su anhelado sistema unipolar. Pero en el proceso, las consecuencias para la humanidad serán catastróficas, superando con creces los desastres de las últimas dos guerras mundiales. Con todo, no hay que olvidar que Hillary Clinton ha declarado en varias ocasiones que la población mundial no debería superar los 500 millones de habitantes Por más que Clinton esté empecinada en recortar la población por medio de abortos y control natal, solo un desastre natural o una guerra nuclear podría diezmar la población a las proporciones que ella anhela. La guerra contra Rusia le dará a Clinton control absoluto sobre los recursos mundiales y de paso le facilitará su obsesión por reducir la población del mundo. Como el tragicómico personaje de Peter Sellers, “Dr. Stangelove”,  Hillary Clinton matará “dos pájaros de un tiro”.