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El símbolo de la violencia que domina la educación pública en Colombia

Escrito por Redacción R+F

La Universidad Nacional es, con razón, el símbolo de orgullo de la educación pública en Colombia. En diferentes mediciones aparece como la mejor o una de las mejores del país. Tiene el mayor número de programas de doctorado, atrae estudiantes talentosos de todo el país que por sus méritos logran acceder a una educación técnica de calidad y a un bajísimo costo.

Sin embargo, este campus universitario es también un símbolo de lo que está mal con la educación pública del país. La Universidad Nacional es un centro de agitación social, en el que las marchas de protesta son casi parte del programa curricular, es un escenario privilegiado de reclutamiento para grupos violentos de inspiración marxista y se precian de tener un status legal (autonomía universitaria) que les permite a grupos de encapuchados convertir el campus en una trinchera y centro de operaciones vandálicas y terroristas.

La justificación intelectual de la violencia como catalizadora del progreso social y el prejuicio destructor de la moral cristiana cómo signo de libertad y superioridad cultural, que infectan amplios sectores de la educación pública nacional, tiene como símbolo privilegiado en la plazoleta central de la Universidad Nacional la silueta de uno de los hombres que con mayor efectividad han logrado darle una legitimación romántica a la prédica del odio, el resentimiento y la violencia en América Latina: Ernesto el Che Guevara.

Un símbolo de violencia, impuesto con violencia

La forma como la efigie del Che Guevara llegó a entronizar el centro de la educación pública en Colombia, presagiaba el legado que sus acciones e ideas aportarían a la violencia de nuestro país.

Tomado de Vice.com

Tomado de Vice.com

En medio de la agitación demencial y el desmadre moral que caracterizó los años sesenta, la estrategia de infiltración subversiva de la educación pública por parte de agentes revolucionarios comunistas, convirtió el campus de la Universidad Nacional, que en algún momento mereció el calificativo de Ciudad Blanca, en un caótico callejón cuyas paredes se llenaban de grafitis y consignas subversivas.

En octubre de 1976 el presidente Alfonso López declaraba en todo el país el estado de excepción. Como reacción los estudiantes de la Universidad Nacional organizaron una protesta que, como se convertiría en una tradición, terminó con violentos enfrentamientos con la fuerza pública.

Según relata el diario El Tiempo del 8 de octubre, como una forma de celebrar el noveno aniversario de la muerte del Che Guevara, el “Día del guerrillero heroico”, un grupo de jóvenes decidió incendiar tres carros que se encontraban en las inmediaciones de la universidad y apedrearon una ambulancia que llevaba una mujer embarazada.

En seguida, un grupo de encapuchados robó una grúa que utilizaron para derribar la estatua de bronce que presidía la entonces llamada Plaza Santander, en honor al hombre de las leyes que en 1826 fundó la Universidad Central, embrión de lo que es hoy la Universidad Nacional.

La estatua del prócer de la independencia fue colgado del puente de la Calle 26 hasta que finalmente se desprendió de su cabeza. Ya antes habían reemplazado en varias ocasiones la placa que honraba a Santander por una del comunista argentino. Y con este acto vandálico se sellaría la suerte de dicha plaza hasta la fecha.

En algún momento, antes o después de ese incidente, aparecería la imagen de Guevara en el edificio del auditorio León de Greiff, señalando la colonización intelectual de la universidad por parte de grupos subversivos. Algo que no habría podido sostenerse sin la violencia de los milicianos, la complicidad de las directivas y la alienación de sus estudiantes.

“Hemos fusilado, fusilamos y seguiremos fusilando”: el legado del Che para América Latina

Responsable de unos 1.897 asesinatos, Ernesto el Che Guevara reconocía ante la Asamblea Nacional de Naciones Unidas en 1964:

Nosotros tenemos que decir aquí lo que es una verdad conocida, que la hemos expresado siempre ante el mundo: fusilamientos, sí, hemos fusilado; fusilamos y seguiremos fusilando mientras sea necesario. Nuestra lucha es una lucha a muerte. Nosotros sabemos cuál sería el resultado de una batalla perdida y también tienen que saber los gusanos cuál es el resultado de la batalla perdida hoy en Cuba”.

Luego, con una lógica esquizofrénica  afirmaba a continuación: eso sí, no hemos cometido ningún asesinato.

Unos años antes, el símbolo más visible de la Universidad Nacional, proponía en su famoso mensaje Tricontinental (publicado con el título Crear dos, tres…muchos Vietnam, esa es la consigna): “El odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar. Nuestros soldados tienen que ser así; un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal”.

Y sí que practicaba lo que predicaba. Como jefe militar de La Cabaña, antigua fortaleza española convertida en sitio de reclusión y ejecuciones, fue responsable de cerca de 2.000 homicidios de prisioneros, miembros del régimen derrocado, campesinos y niños.

Según el libro ¡Yo soy el Che! De Luis Ortega, el Che le dice a Duque Estrada, su asistente en La Cabaña: “Hay que trabajar de noche, el hombre ofrece menos resistencia de noche que de día. En la calma nocturna la resistencia moral se debilita. Haz los interrogatorios de noche. No hace falta hacer muchas averiguaciones para fusilar a uno. Lo que hay que saber es sí es necesario fusilarlo. Nada más. Debe dársele siempre al reo la posibilidad de hacer sus descargos antes de fusilarlo. Y esto quiere decir, entiéndeme bien, que debe siempre fusilarse al reo, sin importar cuáles hayan sido sus descargos. No hay que equivocarse en esto. Nuestra misión no consiste en dar garantías procesales a nadie, sino en hacer la revolución, y debemos empezar por las garantías procesales mismas.”

Imagen tomada de Radio la Canción de la Trova

Imagen tomada de Radio la Canción de la Trova

Más revelador de su carácter sanguinario es el relato del ex preso político Pierre San Martín, testigo presencial del asesinato a sangre fría de un niño de entre 12 y 14 años de edad ejecutado por el símbolo estudiantil de la Universidad Nacional: “…el crujiente sonido de la puerta de hierro se abrió, al mismo tiempo que lanzaban a una persona más al ya aglomerado calabozo…. ¿Y tú que hiciste?, preguntamos casi al unísono. Con la cara ensangrentada y amoratada nos miró fijamente, respondiendo: por defender a mi padre para que no lo mataran, no pude evitarlo, lo asesinaron los muy hijos de perra. Cerca del paredón donde se fusilaba, con las manos en la cintura, caminaba de un lado al otro el abominable Che Guevara. Dio la orden de traer al muchacho primero, y lo mandó a arrodillarse delante del paredón… El muchacho desobedeció la orden, con una valentía sin nombre le respondió al infame personaje: «si me has de matar tendrás que hacerlo como se mata a los hombres, de pie, y no como a los cobardes, de rodillas». Caminando por detrás del muchacho, le respondió el Che: «con que sois un pibe valiente»… Desenfundando su pistola le dio un tiro en la nuca que casi le cercenó el cuello.”

Sin duda los estudiantes que el pasado 18 de octubre, al menos por unos días borraron la imagen del genocida argentino, son conscientes de la categoría ética del personaje que preside su alma máter.

Una Colombia en paz sólo será posible cuando la élite académica del país, en especial la de las nuevas generaciones que se forman en la principal universidad pública, tengan la sabiduría y el valor de hacer una condena formal por los cuarenta años de haber tolerado un modelo sanguinario como parte de su cultura universitaria, hacer un acto de desagravio con el General Francisco de Paula Santander y restituirlo al sitial de honor que le pertenece.

Fuentes: El Tiempo, Vice,  Outono.net, El secreto de Zara Imagen: Universidad Nacional (CID).