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Detrás de la tierra prometida de Gustavo Petro

Escrito por Alexandra Serna

Admito que la curiosidad me llevó a escuchar al exalcalde de Bogotá en su cierre de campaña presidencial. En realidad, no le cabía un alma a la Plaza de Bolívar, o mejor, un alfiler, para no desentonar con la “cosmogonía petrista” según la cual, en lugar de un alma espiritual e inmortal, lo que cuenta es el cerebro como “medio de producción” y como “órgano democrático”. Tras dos horas de un discurso vehemente, en el que se ensañó con un “Ordóñez fascista” y un “Uribe corrupto”, el candidato de la izquierda en Colombia emocionó a sus seguidores con quimeras terrenales de libertad y dignidad. Crónica + opinión.

A las 9:40 de la noche del jueves 17 de mayo la Plaza de Bolívar de Bogotá olía a marihuana, cientos de tabloides publicitarios yacían despedazados en el suelo y cuatro mujeres gritaban levantando sus puños derechos hacia la tarima: ¡que hable una mujer, que hable una mujer! El hervidero que proclamó varias veces “¡Petro, Petro, Petro!” empezaba a diluirse, dejando a su paso un ambiente enrarecido, jóvenes bebiendo al pie de la Catedral Primada y a un grupo de policías en la retaguardia, en la esquina de la Casa del Florero, esperando la orden para ingresar.

Me pregunté entonces si este panorama nocturno sería representativa de la Colombia Humana que propone Gustavo Petro, en la cual reivindicaciones aparentemente sensatas de justicia social son instrumentalizadas por una ideología radical de izquierda, cuyas políticas se dirigen hacia a una Colombia deshumanizante, por paradójico que resulte.

La igualdad de los cerebros, según Petro

Dos horas antes el exalcalde de Bogotá, quien ganó la consulta interpartidista del 11 de marzo con 2 millones 800 mil votos (mientras Iván Duque, el candidato de derecha, obtuvo 4 millones), se dirigía a niños, jóvenes, adultos, ancianos, indígenas, LGTBI, barristas de fútbol, sindicalistas, profesores, estudiantes de la “Nacho”, recordando a Rafael Uribe Uribe, Jorge Eliécer Gaitán, Luis Carlos Galán y Álvaro Gómez Hurtado, políticos asesinados según Petro, por una misma élite a la que ahora él se enfrenta con espíritu justiciero.

#ElDiscursoHistoricoDePetro parafraseó a Gaitán con “no se dejen dividir, porque el hambre conservadora es igual que el hambre liberal”, para contraponer luego a las “maquinarias corruptas” contra “las ciudadanías libres”, mencionando constantemente a (Álvaro) “Uribe corrupto” y a (Alejandro) “Ordóñez fascista”, el primero por ser el padrino político del candidato Duque y el segundo por haberlo destituido cuando era alcalde de Bogotá.

“Creemos que el aguacate es más importante que el petróleo”, “queremos exactamente lo contrario a Venezuela”, “en la Colombia Humana no habrá fracking”, fueron las siguientes puntadas hasta que invitó a sus fans a que sacaran los celulares e iluminaran la Plaza con sus linternas. Y fue en ese momento, emotivo e hipnotizante, cuando el antaño alias “Aureliano” del M-19 -de espaldas precisamente al Palacio de Justicia donde en 1985 su antigua organización causó el holocausto de la justicia- inició una cátedra sobre el cerebro humano, como marco de sus propuestas en educación. Una cátedra que dejó en evidencia su visión reduccionista sobre el ser humano, minimizando su complejidad moral, intelectual y espiritual al resultado de un cúmulo de neuronas.

Si el cerebro humano es el principal medio de producción -contundente puntada de su humanismo marxista-, ¿qué les pasa a las sociedades profundamente desiguales con la economía del siglo XXI? Es una reflexión que tenemos que hacer en esta sociedad, la colombiana. Me preguntaría: ¿hay alguna diferencia entre el cerebro de un hombre y el cerebro de una mujer?”, planteó Petro, escuchándose un “¡Noooo!” rotundo del público, sobre todo de Ángela María Robledo, su fórmula vicepresidencial.

-“¿Hay alguna diferencia entre el cerebro de una señora que piensa votar por Petro y el cerebro de una señora que piensa votar por Duque?”, también preguntó.  

“¡Síííííí!”, respondieron al unísono.

-“No, no hay ninguna diferencia. La única diferencia que hay allí es en el uso del cerebro, no en el cerebro”, aseveró con solemnidad científica el demagogo marxista.

¿Pero esta afirmación de Petro es científicamente acertada o una prueba de su adoctrinamiento por la ideología de género? Para una persona aterrizada y medianamente informada es evidente que se trata de una afirmación sarcástica (reducir una decisión política, con toda su complejidad ética, a un asunto de “uso del cerebro”, como si se tratara de algo relacionado con la eficiencia neuronal y que pudiera ser medido en un laboratorio), pero, sobre todo, ignorante de las diferencias científicamente establecidas desde hace décadas entre el cerebro del hombre y el cerebro de la mujer, ya sea a nivel genético, anatómico y funcional.

Diferencias que son apreciables para las personas con sentido común en su experiencia diaria, sobre la fluidez verbal que caracteriza a las mujeres, en contraste con la rapidez en la toma de decisiones de los hombres, o en la forma de reaccionar a estímulos emocionales desde la etapa infantil, estrechamente relacionada con la forma en que los estrógenos activan el “cerebro maternal” en las niñas y la testosterona en el niño, haciendo a este último menos sensible en este aspecto (para más información lee aquí y en el libro “¿Qué hago si mi media naranja es toronja?”).

Tomada de @ColombiaHumana_

Tomada de @ColombiaHumana_

Ahora bien, concedámosle a Petro que utilizaba una metáfora para referirse a la inteligencia humana como planteamiento filosófico fundacional de su política igualitaria, cuya bandera enarboló bajo la consigna: “el cerebro es un órgano físico democrático”. El problema es que, desde el punto de vista científico, no presenta ninguna dificultad desmentir tan exótico y original planteamiento político.

“Colombia tiene hoy 50 millones de cerebros, la red básica de la posibilidad de la riqueza social, pero por su desigualdad social inmensa, excluye la mayoría de los cerebros, los bota en la caneca de la basura, los mete en el sifón”, agregó ante una multitud que lo ovacionaba. Un discurso aparentemente inofensivo, hasta que asoma su propuesta revolucionaria: la necesidad de garantizar un acceso igualitario a la educación de calidad exigiría un control absoluto del Estado sobre esta actividad, limitando y extinguiendo progresivamente la iniciativa privada.

Petro, el “Moisés” ateo

Los hacinados asistentes a la Plaza de Bolívar ya habían guardado sus celulares, sobre el filo de las 9:00 de la noche, al tiempo que ondeaban banderas multicolores LGTBI, rojas comunistas y sindicalistas, amarillas de la Unión Patriótica, blancas de la “Nacho”, movimientos que conforman la columna vertebral del proyecto “petrista”. Al costado derecho de la tarima, donde me encontraba, se hacía cada vez más intenso el olor a marihuana, mientras una joven lanzaba de vez en cuando un grito que coronaba con un “guarito”, no precisamente las condiciones ideales, científicamente hablando, para desarrollar el potencial del órgano físico básico del proyecto petrista.

A esa altura de #ElDiscursoHistoricoDePetro todavía le cabía una grandilocuencia más: enmarcar su aventura política dentro de una metáfora bíblica, en la que Petro sería el nuevo Moisés que guía a su pueblo hacia la libertad frente a un gobierno opresor.

En palabras de Petro:

“Y cuenta la Biblia que ahí tuvieron que tomar una decisión: entregarse al Faraón o “partir” el mar. Y partieron las aguas del mar”.

“…escapamos y también estamos entre las aguas y el Faraón, y el Faraón viene cortando cabezas, y tenemos que tomar una decisión: nos entregamos al gran Faraón de la desigualdad social, nos entregamos al gran Faraón de la violencia o partimos las aguas. Les propongo partir las aguas, que no son las del mar, son las de la historia (…) pasar a la tierra de la libertad, de la dignidad, en esta misma tierra hermosa, en este mismo lugar puede existir una democracia, puede existir justicia social”.  

En palabras de la Biblia:

Yahveh peleará por vosotros, que vosotros no tendréis que preocuparos… Luego levanta tu bastón, extiende tu mano sobre el mar y divídelo, para que los hijos de Israel pasen en seco por medio del mar… Que yo voy a endurecer el corazón de los egipcios para que los persigan, y me cubriré de gloria a costa de Faraón y de todo su ejército, de sus carros y de los guerreros de los carros... Moisés extendió su mano sobre el mar, y Yahveh hizo soplar durante toda la noche un fuerte viento del Este que secó el mar, y se dividieron las aguas.” (Ex. 14, 16).

Es eviente el contraste entre la visión teológica judeocristiana y la de Petro, pues mientras en la primera el protagonista del milagro es Dios, la hazaña se hizo para darle gloria a Él y el pueblo no pasó directamente a la Tierra Prometida de Caná, sino que debió caminar 40 años en el desierto para purificarse por sus traiciones; en la segunda el milagro lo haría “el pueblo”, sin necesidad de purificación, sino como resultado de su mesianismo político, y no de cara a Dios, sino con el fin de alcanzar una mejor calidad de vida.

-Para rematar:

“Hablar de justicia social no es cuestión de castrochavismo, ni comunismo, sino de humanismo, de dignidad”.

Pero más allá de estas palabras genéricas, en su discruso se hace evidente su conexión con la corriente marxista que se infiltró en el catolicismo bajo la denominación de “la teología de la liberación”, la cual utiliza como caballo de batalla el concepto de “opción preferencial por los pobres”, no entendido desde la Doctrina Social de la Iglesia, sino desde la visión marxista de construir un “paraíso en la tierra” a través de la “lucha de clases” y la violencia armada como medios legítimos para construir un mundo “igualitario” y, ahora, “en democracia y en paz”.

En efecto, Gustavo Petro finalizó su discurso en un tono más agitador que conciliador, incitando a la violencia por un supuesto fraude electoral que realizaría el Gobierno Santos con el software de la Registraduría para favorecer así a Germán Vargas Lleras. Llamó así a sus votantes a salir a las plazas el próximo domingo 27 de mayo para reclamar por los resultados, otra manera de activar violentamente la “lucha de clases”.

Y al mejor estilo del reality show de la televisión colombiana concluyó: “¡me llamo Gustavo Petro y quiero ser su presidente!”.

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El que sí nombró a Dios: un pastor evangélico por Petro

Al final intervinieron otras figuras públicas como el concejal de Bogotá Hollman Morris, el excandidato presidencial Carlos Caicedo (quien perdió la consulta ante Petro el 11 de marzo) y hasta un pastor evangélico en lo que parecía más una actuación, que un acto real de oración, en medio de actitudes indiferentes y burlescas. Aquí el momento:

*Foto principal: tomada del perfil de Twitter @smilelalis

Sobre el Autor

Alexandra Serna

Comunicadora social y periodista. Especialista en desarrollo personal y familiar.

Sus primeros pasos de periodismo los dio en Semana.com, en Bogotá; caminó con más firmeza, desarrollando el "olfato periodístico", en el periódico La Patria, de Manizales (su ciudad de origen), y regresó a la capital del país para trabajar como periodista de investigación en RCN Radio. Su siguiente paso fue saltar de los medios tradicionales a los medios alternativos de evangelización. Es la directora de Razón+Fe.